Ventitres Internacional // 04-06-10 // Deuda, deficit, y el euro en peligro

Publicado en por Opiniones Creadas

Con un déficit fiscal que se triplicó entre 2008 y 2009, la relación deuda-PBI superior al 100 por ciento en algunos países, y economías de baja productividad, Europa busca sostener la Unión y a su moneda. Alemania, que es la mitad del bloque económico, impone regulaciones y condiciones a cambio de su aporte. Una crisis más larga que la originada en Estados Unidos, pero con menos impacto global.


Por Lucio Di Matteo

 

 

“El euro está en peligro, y si no lo evitamos (su caída) las consecuencias para Europa serán incalculables. Si el euro cae, Europa cae.” En boca de un analista, hubiera sido una frase más. Pero como la pronunció Angela Merkel, canciller de Alemania, el 19 de mayo último, es una confesión de la profundidad que tiene la crisis del Viejo Continente.

Además, todos los factores políticos y económicos indican que será mucho más larga, y de resolución más difícil, que el cimbronazo que afectó a los Estados Unidos. En la potencia americana explotó una burbuja especulativa cuya gota que rebalsó el vaso fueron las hipotecas sub-prime, y que además afectó especialmente a bancos y automotrices. Pero Estados Unidos cuenta con algunas ventajas de las cuales Europa carece: mayor rapidez de decisión institucional y económica, una moneda que es reserva de valor mundial desde hace más de dos siglos (y no once años, como el euro), y una economía competitiva (a pesar de ciertos desequilibrios macroeconómicos).

Mientras que en Europa todo es más complejo, lento y estructural. Desde un sistema de decisión con 27 naciones de distintos grados de desarrollo, hasta la desigual relación entre los que aportan más euros al fondo de salvataje y los que más reciben, pasando por el déficit fiscal que supera el 10% en casos como los de España y Grecia. “La crisis es de largo plazo y estructural, porque las diferencias entre los países de la Zona Euro son muy profundas. Allí conviven Alemania, el segundo exportador mundial y productor de alta tecnología, con Grecia y España, naciones incapaces de crecer según la productividad de su economía”, señala el analista internacional Jorge Castro.

Para algunos, la raíz del problema es esencialmente económica, pero sus efectos pueden ir más allá. Europa representa, para los internacionalistas más fervientes, el ideal de la cooperación entre naciones, un modelo capitalista de inspiración diferente al que reina en los Estados Unidos, y hasta el equilibrio necesario en el bloque NAFTA y los gigantes del sudeste asiático.

“Mientras que el espíritu americano languidece, está naciendo un nuevo sueño europeo”, escribió Jeremy Rifkin en El sueño europeo, publicado en español durante el 2004. “Es un sueño mucho más adecuado para la próxima fase del viaje del ser humano –uno que prometa dar a la humanidad una conciencia global acorde con una sociedad cada vez más interconectada–”, escribió el estadounidense Rifkin, activista de los ’60 y autor de best sellers como El fin del trabajo.

Apenas seis años después, en el actual panorama de incertidumbre, por lo menos hay un consuelo en relación a la crisis europea: su efecto de arrastre sobre el PBI global no será tan pronunciado como el que se vivió desde septiembre de 2008, a partir de la quiebra de Lehman Brothers. Entre otros factores, porque la demanda china de alimentos y petróleo sigue firme. Ello permitirá que no se derrumbe el precio de los dos commodities que hoy marcan el ritmo de la economía mundial: la tonelada de soja y el barril de crudo.
El piso está lejos. Con cada medida económica importante que se toma dentro de la Unión Europea, suelen aparecer los análisis más optimistas, que los mercados financieros derrumban en apenas uno o dos días. Así ocurrió primero con el salvataje anunciado para Grecia, luego para la deuda de los países en general –el plan de 750.000 millones de euros–, y también con los recortes anunciados en España, Portugal o Gran Bretaña.

Además, las reacciones políticas que se disparan en cada país muestran la falta de consenso social sobre las medidas para enfrentar la crisis. En Grecia, un gobierno socialista vio cómo el plan de ajuste provocó disturbios y tres muertos en medio de un paro general. En España el jefe de gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, soportó en el Parlamento que el líder del Partido Popular –Mariano Rajoy– lo corriera por izquierda. “Usted acomete un gran recorte de los derechos sociales. Nunca más lo quiero escuchar hablar aquí de derechos sociales. Su incapacidad la vamos a pagar todos los españoles”, apuntó el “popular” Rajoy en su intervención ante el Congreso de los Diputados del 12 mayo.

Las desventuras políticas del gobernante Partido Socialista Obrero Español (PSOE) no terminan allí, pues el 2 de junio enfrentará un paro general decretado por la Unión General de Trabajadores (UGT). Aunque las comparaciones pueden ser odiosas y simplificadoras, es como si la CGT de Hugo Moyano tomara la misma medida durante la presidencia de Néstor o Cristina Kirchner.
Como si ello no fuera suficiente, Zapatero está presentando –al cierre de esta edición– un impuestazo para 2011, enfocado en las rentas más altas. Es decir, en los ciudadanos de mayor poder adquisitivo. El caso de España es emblemático de la situación europea: ningún ajuste resulta hasta ahora suficiente, y las consecuencias políticas son imprevisibles.

Rodríguez Zapatero ya anunció la reducción de los salarios para trabajadores estatales (un 5% promedio), para funcionarios públicos (15%), el congelamiento de jubilaciones y pensiones luego que desde hace 25 años aumentaran por ley, recortes en obra pública y la eliminación del cheque-bebé: 2.500 euros para cada hijo de un empleado estatal. Como no alcanzó con este ahorro de 15.000 millones de euros, ahora viene el impuestazo. Y nadie pronostica que será la última medida.

Además, la forzada política económica deteriora la ya declinante fortaleza del oficialismo ibérico. Se menciona con más insistencia la posibilidad de un recambio del máximo responsable del Poder Ejecutivo español. El sistema parlamentarista (aunque monárquico) de ese país lo permite, y el adjetivo destituyente no se repite hasta el hartazgo (como en la Argentina), pero no deja de ser un cimbronazo político.

Pero ello no sería nada si los peores pronósticos se cumplieran en Alemania. Junto al francés Nicolas Sarkozy, Angela Merkel lideró la resistencia contra una ayuda sin condicionamientos a Grecia. Y a pesar de ello, perdió las recientes elecciones legislativas, junto a la mayoría en el Senado. Los 146.000 millones de euros que pondrá Alemania en el plan de salvataje deberían ser aprobados sin problemas en la Cámara baja, pero los pronósticos son más difíciles en el Senado que Merkel ya no controla.

Mientras tanto, la discusión sobre los gastos públicos “innecesarios” gana espacio en los diarios y la opinión pública. Por ejemplo, que España destinó 74 millones de euros para montar su stand en la Expo de Shangai, casi el doble que Estados Unidos. También tuvo gran difusión el tamaño que tiene la flota oficial de automóviles en Italia. Son 630.000, menos de los 0 kilómetro que se vende por año en la Argentina, y casi 10 veces más de las 72.000 unidades oficiales disponibles en los Estados Unidos.

En una Italia que se resiste a bajar el gasto público, el dato difundido por la Asociación de Contribuyentes generó una gran polémica. Este tipo de debates será moneda corriente en el grupo PIGS, ahora rebautizado PIIGS, sigla de Portugal, Irlanda, Italia (la nueva I), Grecia y España (la S de Spain). Es decir, las naciones europeas de alto déficit fiscal, que en algunos casos se combina con una peligrosa relación deuda/PBI.

 
Efecto Dominó. El déficit fiscal europeo es un problema de corto, mediano y largo plazo. En lo más inmediato, porque se triplicó (en relación al PBI) entre 2008 y 2009, pasando del 2 al 6,3%. El caso más escandaloso fue el de Grecia, porque terminó en 13,6% aunque el gobierno de ese país escondió el número real (al estilo Indec con la inflación) hasta hace poco. Pero también hubo pronunciados rojos fiscales en Irlanda (14,3%), el Reino Unido (11,5%), España (11,2%) o Portugal (9,4%).

En el mediano plazo, este abultado déficit fiscal recalentaría una relación deuda/PBI muy por encima del recomendable 50 a 60%. Las peores situaciones son las de Italia (casi 116%) y Grecia (115% en 2009, antes del paquete de rescate por 14.500 millones de euros); además Bélgica tiene casi 97%, en tanto que Francia, Portugal o Alemania se ubican entre el 70 y el 80%. Hasta en los casos donde la relación deuda/PBI es más baja, como el 53% de España, se vaticina en sólo dos años un salto hasta el 70%.

Ante semejante panorama, las preguntas son dos: quién les prestará a los países europeos, y a qué tasa. El 18 de mayo, una emisión de deuda realizada en España mostró cómo empeoran estos dos indicadores. Por un lado, pagó 1,7% de tasa soberana a doce meses, casi el doble que en diciembre de 2009. Además, aunque buscaba 6.500 millones de euros, consiguió algo más de 6.400 millones.

La situación es tan complicada que hasta generó tensiones en el Banco Central Europeo (BCE). Su presidente, Jean-Claude Trichet, estuvo cerca de convertirse en una versión transatlántica de Martín Redrado, porque se resistía a tomar medidas que empujó –y finalmente consiguió– el poder político.

De todas formas, el 6 de mayo se emitió una disposición del BCE en la cual se autorizó lo siguiente: “El umbral de calidad crediticia del Eurosistema no se aplicará a los instrumentos de renta fija negociables emitidos por el Estado griego. Estos activos se admitirán como garantía en las operaciones de política monetaria del Eurosistema con independencia de su calificación crediticia externa”.

Una Decisión (así se llama esta norma), la 2010/3, que siente jurisprudencia para que la excepción se convierta en regla. Sobre todo, porque Grecia no es el único país con problemas para honrar sus deudas. En los próximos tiempos se podrá medir la resistencia de Trichet a los avances políticos sobre un concepto cada día en mayor desuso: la independencia de los bancos centrales.

De todas forma, tanto intervencionismo y generosidad con Estados deudores y deficitarios no sólo se basa en la defensa de un ideal europeo. En otras palabras: el default de algunos países europeos llevaría a la caída de bancos emblemáticos en naciones del mismo bloque económico. Por ejemplo, entidades financieras de Francia y Alemania tienen más de 500.000 millones de euros en deuda soberana de distintos países de la Unión Europea.

Ello explica, en parte, tanta preocupación de la teutona Merkel y el galo Sarkozy. De la misma forma, dos tercios de la deuda soberana de Portugal está en manos de bancos españoles. A diferencia de la Argentina, donde sus dos multinacionales más grandes (Arcor y Techint) tienen una relación entre distante, tensa y fría con el gobierno; los Estados de Europa defienden los intereses de sus compañías más grandes.

Para Merkel, la situación europea “es un desafío existencial y tenemos que estar a la altura”. Si se revisan las deudas cruzadas mencionadas en los párrafos anteriores, cómo el BCE (a pesar de Trichet) compró bonos de países de la región, y los planes de ajuste que comienzan a anunciarse, se encontrará razones de índole más económica que existenciales.

Europa no quiere bajarse del podio de poder mundial en el que también están los Estados Unidos y China. Tiene una desventaja con respecto a ellos: esas economías crecen con productividad y competitividad; en Europa son las menos. La clave pasa por el país que conforma la mitad del producto bruto europeo: Alemania.

Las medidas contra el capital especulativo de corto plazo, en las que ese país hizo punta, así lo demuestran. “Serán más eficaces si son coordinadas a nivel europeo”, apuntó Michel Barnier, comisario continental de Mercado Interior. Pareció una protesta más por la forma que debido al fondo de la cuestión. “La situación es incierta y volátil, por lo cual comprendo las preocupaciones de las autoridades alemanes”, agregó Barnier.

Para algunos analistas, como Jorge Castro, este tipo de regulaciones demuestran que “los intereses alemanes están cada día más fuera de Europa”. Pero también es posible encontrar un ejército que sostenga exactamente lo contrario. Entre una y otra visión estará el futuro de una construcción política, económica, social y conceptual –la Unión Europea– que lleva seis décadas de antigüedad. Pero que ni siquiera pudo cumplir con la meta de déficit fiscal del 3%, y cuya moneda parece desinflarse a diario como reserva de valor.


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