Ni a Palos // 18-06-10 // Tirar el achique
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Por Iván Heyn
La idea que el mercado podía ser el eje organizador de la vida de la sociedad estallaba por los aires allá por la década del 30. Millones de desocupados en Estados Unidos y Europa hacían necesario repensar el sistema de gobierno de la economía mundial. Los Estados salían a salvar a sus sociedades a como diera
lugar, se desataba la segunda Guerra Mundial y 50 millones de personas morían en Europa. Dicen que las catástrofes y las crisis ayudan a pensar. Y esto fue lo que ocurrió en un complejo hotelero de Inglaterra llamado Bretton Woods. En ese lugar se iniciaba una nueva forma de organizar el mundo que se extendería hasta mediados de la década del 70. Las Naciones Unidas decidían crear un esquema para evitar que se repitieran los hechos que habían generado las catástrofes de los primeros 40 años del Siglo XX. El resultado en la práctica fue la creación de 2 instituciones que se convertirían en los puntales de la arquitectura financiera y económica del mundo en los próximos 50 años: El Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM). El objetivo del FMI era simple: todos los países hacían un aporte de capital para la constitución de este fondo, la idea era que aquellos países que exportaban más de lo que importaban, utilizaran este superávit comercial para financiar a aquellos que tenían saldo negativo en su comercio. Esto permitía evitar el proteccionismo ya que aquellos que no generaban divisas para importar, podían financiarse a través de este fondo con tasas de interés muy bajas. El Banco Mundial por otro lado tenía como objetivo financiar la reconstrucción de la infraestructura, es decir, que se dedicaba no tanto a los desequilibrios macroeconómicos sino a todo lo relacionado con la economía real. Los años pasaron y después de los años 70 el avance del neoliberalismo en la concepción de la política económica mundial puso nuevamente al mercado como el eje de la articulación de las relaciones económicas del mundo. Estas dos instituciones se aggiornaron, convirtiéndose en punta de lanza para la liberalización de las economías subdesarrolladas. Para financiar las situaciones de crisis que vivían los estados de África y América Latina, el BM y el FMI exigían mayor liberalismo económico y una menor participación del Estado en la economía. No hace falta recordar los procesos de privatizaciones, ajuste y apertura comercial que llevaron al debilitamiento de nuestras economías, con aumentos de pobreza, endeudamiento y desempleo. Desde distintos sectores políticos y técnicos pensábamos que estas políticas propuestas eran sólo para nuestros países, que si estos organismos hicieran recomendaciones al mundo desarrollado las propuestas serían muy distintas. Sin embargo, a partir de la crisis financiera que se desató en 2008, estamos viendo que la concepción que reina es la misma, las catástrofes que vivimos en América Latina hoy se repiten en el centro de Europa y las recomendaciones del FMI y el BM son las mismas: Ajuste y achicamiento del Estado. También como en aquellos años, los líderes del mundo se reunieron para discutir y llegaron a una serie de definiciones interesantes. En el centro de las conclusiones estuvo la necesidad de repensar las instituciones que forman la moderna arquitectura económica del mundo. Se ha planteado reformar el FMI y el Banco Mundial con el fin de que abandonen los requisitos de ajuste y reducción del Estado para financiar a países en crisis. También se ha planteado la necesidad de coordinar las medidas de regulación de los mercados de capitales en todo el mundo. Esto significa por ejemplo aumentar el control de las agencias que califican a los países, la eliminación de los paraísos fiscales y la regulación de los flujos de capitales especulativos. Otro de los esquemas que se planteó fue la necesidad de discutir en la Organización Mundial de Comercio reglas de juego claras. Sin embargo han pasado casi dos años de aquellos debates y encuentros y más allá de las proclamas de buena voluntad se observan pocos avances. La propuesta de los organismos financieros sigue siendo el ajuste (y más ajuste), los paraísos fiscales siguen siendo terrenales y el control de flujos de capitales continúa siendo una decisión voluntaria de cada país, sin que existan mecanismos de coordinación. Tampoco en materia comercial se han alcanzado acuerdos ya que los países desarrollados insisten en que se abran todos los mercados menos los propios. Esto genera un crecimiento en las medidas de protección de los mercados internos. Hoy, la lógica mundial imperante, es el sálvese quien pueda. ¿Será necesario que existan nuevas catástrofes como las que el mundo vivió tras la crisis del 30 para que estos acuerdos se plasmen en acciones concretas? Esperemos que Ni a palos.
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