Ventirtes // 10-06-10 // Volver

Publicado en por Opiniones Creadas

Se fueron entre 2001 y 2003. Vivieron tiempos esplendorosos. Terminaron desocupados. La mayoría vive con los padres y lucha por reinsertarse. Historias de allá y de acá.


Por Deborah Maniowicz

 

 

Tengo que partir mi corazón, antes que yo otros se fueron. Todos saben que las aves migratorias siempre encuentran el camino de regreso.” Como en la canción de Ismael Serrano, “Zamba del emigrante”, un nuevo movimiento migratorio agita los aires del país. Pero esta vez el viaje no es desde el interior a la Capital ni de los países limítrofes a territorio argentino. Tampoco llegan barcos cargados de españoles o italianos buscando “hacer la América”. Los que llegan, con todos sus bártulos a cuestas, son argentinos. Los mismos que ocho o nueve años atrás partieron hacia Europa para escaparle a la crisis argentina y con la ilusión de integrarse a un primer mundo de crecimiento y prosperidad. Ahora vuelven desde España, seis mil en lo que va del año, corridos por la crisis económica europea que llevó a Grecia a jornadas de caos y violencia y al país de José Luis Rodríguez Zapatero a un ajuste salvaje. Volvieron, como dice el tango, “a la casita de los viejos”, donde tampoco encuentran cómo concretar sus sueños y luchan por reinsertarse en la realidad del país.

Las historias de estos hombres y mujeres se parecen y marcan una tendencia: cuando se fueron consiguieron trabajos con sueldos altos; pudieron visitar a los parientes que quedaron aquí todos los años; compraron autos, laptops y recorrieron Europa; con el tiempo vieron disminuir sus ingresos; no lograron ejercer su profesión; terminaron desocupados y viviendo del paro, y al volver, tuvieron que vivir con sus padres.

“En 2002 decidimos con mi pareja irnos a probar suerte a España porque acá estábamos sin laburo. Empezamos alquilando un modesto departamento en las afueras de Madrid y al mes él estaba trabajando en servicio técnico y yo como secretaria en una inmobiliaria”, cuenta Vanesa Cecchetti, de 32 años, quien volvió hace dos meses y todavía no reunió el coraje necesario para desarmar la enorme valija roja en la que guardó sus cosas.

Es una de las 73 mil personas que viajaron a la península entre 2002 y 2003, para elevar el número de residentes argentinos a 192 mil, contra los 119 mil del año anterior. Eran tiempos duros en la Argentina: la salida de la convertibilidad había disparado las cifras de pobreza y desocupación a límites insospechados: 12 millones de personas en el primer rubro, y un 18,3 por ciento de habitantes sin trabajo. Eso sin mencionar el descreimiento y la desconfianza hacia la dirigencia política. Por aquel entonces, España ofrecía oportunidades de empleo y crecimiento, dos perspectivas tentadoras que permitían escaparle al desconcierto local.

Vanesa dice que al principio les fue bien: “Logramos comprar un auto, nos casamos y adquirimos un departamento con una hipoteca a pagar en treinta años. También viajamos mucho: recorrimos Europa y África, algo que no hubiéramos podido hacer desde acá por la distancia y los precios”. Pero los tiempos de bonanza se terminaron en 2008, cuando la empresa en la que trabajaba entró en concurso de acreedores y la despidió. Para ese entonces ya se había separado y, por unos meses, vivió “del paro”, el sistema español de Protección por Desempleo. Después se mudó a Málaga, donde vivían unos amigos, con la esperanza de mejorar su situación. “Estuve siete meses sin conseguir trabajo, angustiada porque había dejado currículum en varios lugares y no me llamaban. Empecé a disminuir los caprichos: primero la ropa y los viajes, y el último tiempo incluso el teléfono y el cable. Me deprimí tanto que decidí vender lo poco que me quedaba, hacer las maletas y regresar a la Argentina donde al menos está mi familia para contenerme”, relata de un tirón, con los ojos repletos de lágrimas. Si bien empezó a trabajar en la ferretería familiar a los dos días de regresar, no logra tomar conciencia de que volvió para quedarse.

Una situación que posiblemente se repita entre los seis mil argentinos que volvieron en lo que va del año. La cifra surge de las estimaciones del Instituto Nacional de Estadística Español (INE) e indica la reversión de un fenómeno que comenzó en el segundo gobierno de Carlos Menem: desde 1995 la cantidad de argentinos que buscaba en España un nuevo horizonte creció paulatinamente hasta alcanzar los 289 mil que se registran en la actualidad.

“España ya no es lo que era, ni para los autóctonos ni para los extranjeros –reflexiona Matías Exequiel Garrido, titular de la Casa de los Argentinos en Madrid–. Hubo un tiempo en que significó el sueño para muchos argentinos desilusionados con su país. Hoy es el tiempo en que la crisis mantiene insomnes a muchos que antes dormían tranquilos por las noches.”

Ese sueño que menciona Garrido es el que impulsó, tardíamente, a Paola, de 29 años, y su pareja Mariano, de 30, a dejar su casa en Tandil, provincia de Buenos Aires, y volar a establecerse en la Gran Vía en 2007. “Atrapados por la curiosidad de ver cómo se vivía en el primer mundo decidimos partir a España. Nos fuimos a la deriva o, como se dice allá, a la bartola. Yo conseguí trabajo como administrativa y Mariano montando andamios”, relata Paola en conversación telefónica desde Tandil. La ilusión duró poco: para ellos vivir en Madrid fue lo mismo que vivir en Buenos Aires. “En el trabajo de mi marido hicieron un despido masivo de 260 empleados y le tocó a él. Nos arreglamos con el paro hasta que consiguió otro trabajo, pero ya ganando el mínimo de 800 euros. Después yo quedé embarazada y cuando se me terminó la licencia decidimos volver”, explica la joven. Fue en marzo de este año y hoy vive en la casa de sus suegros, en la misma ciudad que abandonó hace dos años. Para la pareja, la Argentina tampoco es la panacea: “Cuando llegamos quedamos horrorizados con los precios: allá pagábamos 20 euros el paquete de 120 pañales y acá no baja de 150 pesos, que serían unos 32 euros. Nos arreglamos con la ayuda de nuestros viejos, pero ahora estamos ahorrando para poder alquilar algo”. No les resultará fácil: Paola está en el hogar cuidando a su bebé, mientras que Mariano trabaja en una herrería. Al menos, dice, tienen los afectos.

Si estuvieran en España, a la nostalgia que todo el mundo siente por el terruño, deberían agregar el clima social de una de las peores crisis económicas. En marzo, el desempleo en ese país ocupó el podio entre los integrantes de la Eurozona, con un 19,1 por ciento. O, dicho de otra forma, se perdieron 4,5 millones de puestos de trabajo en relación al año pasado. Muchos de esos puestos eran ocupados por argentinos, quienes vieron crecer el desempleo entre sus filas de 8,9 por ciento en 2007 al 22,3 por ciento actual.

Un panorama bastante parecido al que reinaba en la Argentina cuando muchos decidieron partir. “Llevaba una semana a base de atún y ensalada, lo único que podía comprar. Fueron días enteros sin dormir, carcomiéndome la cabeza sin saber qué rumbo tomar”, recuerda Claudio Navarro, de 53 años, quien viajó con dinero prestado. Arribó a Galicia y vivió durante meses en la casa de un amigo, sin la documentación que lo habilitaba para estar en la península. En los ochos años que duró su estadía creó una empresa constructora, ganó mucho dinero y giró otro tanto para su ex esposa y su hijo, a quien visitaba unos días cada año. Regresó definitivamente hace seis meses, después de disminuir sus gastos entre un 20 y un 30 por ciento porque, asegura, “con todas las que pasamos tenemos un sexto sentido para percibir cuando las cosas no están bien”. Ahora está instalado en Recoleta junto a su nueva pareja.

El ajuste en los gastos al que se vio obligado Claudio es general para los habitantes de España: según las cifras de recaudación de IVA, el consumo se redujo en casi 30 por ciento. La inflación mensual se ubica en 1,5 por ciento y los sueldos bajaron en abril un 0,5 por ciento, situando el salario medio en las grandes empresas en 2.104 euros. Además, el gobierno español anunció la supresión de 29 empresas públicas (de 106 quedarán 77) en el marco de un plan de ahorro y racionalización del sector público. En contrapartida, el desempleo en la Argentina volvió a bajar para ubicarse en 8,3 por ciento y la inflación es, según cifras oficiales, de 7,7 por ciento anual.

A pesar de esos números, Paula Cataldi, de 32 años, continúa creyendo que “acá vivimos en una vorágine, sin estabilidad”. Desde que retornó de España vive en la casa de sus padres “para recibir mimos y porque el sueldo no me alcanza para alquilar. Allá se puede tener un crecimiento sostenido, algunas cosas todavía se extrañan”. En 2002 y con el flamante título de maestra debajo del brazo, Paula y su pareja, Sebastián, recién recibido de arquitecto, partieron a “escribir nuestro camino”. “Acá no conseguíamos trabajo, las maestras no querían jubilarse porque cobraban una miseria, y tampoco había construcciones. Nuestras familias nos bancaban, pero queríamos vivir nuestra experiencia”, recuerda Paula. Allá consiguió un puesto de teleoperadora en una agencia de viajes y Sebastián en un museo. Compraron un auto, ropa y recorrieron Europa. Pero nunca lograron homologar sus títulos y, por lo tanto, desempeñarse en su profesión. Hoy, Paula ejerce como maestra en Ramos Mejía. Se separó de Sebastián, pero ninguno de los dos pudo independizarse con vivienda propia.

Más allá del deseo de los argentinos, lo cierto es que los españoles extremaron las medidas de control para turistas. En el aeropuerto de Barajas se enumeran los requisitos establecidos por el Ministerio del Interior: comprobante de reserva de hospedaje o invitación certificada de un particular; pasaje de regreso, documentación acreditativa del objeto del viaje (invitación a un congreso, circuitos turísticos, etc.) y 63,3 euros por persona y día o su equivalente legal en moneda extranjera. Si se quiere llevar sólo tarjetas de crédito es necesario que estén acompañadas del extracto de la cuenta bancaria al día. Sin esos requisitos cumplidos la advertencia es clara: “Se denegará su entrada en territorio español”.

Es que a la par de la crisis económica, y como suele suceder en todas partes, creció la desconfianza hacia los extranjeros. “Cuando mi jefa se enteró de que era argentina casi le da un ataque –cuenta Paola–, quería que me fuera porque había tenido malas experiencias pero, al final, terminamos siendo grandes amigas. Allá prevalece el prejuicio de que somos ‘vagos’ y soberbios, hay muchas desconfianza hacia los porteños.” Hasta hace algunos años los inmigrantes realizaban tareas que los españoles despreciaban, pero ahora, empujados por la crisis económica, buscan esos puestos. “El caso típico es el de una cajera de supermercado: antes era inmigrante, pero ahora volvió el español a estas posiciones, porque tampoco hay mucho trabajo”, explica Garrido, quien además considera muy probable que la tendencia a regresar “se acentúe a lo largo de este año y el número de radicados aquí siga decreciendo, fundamentalmente por dos motivos: porque son menos los argentinos que deciden venir a vivir y trabajar a España y porque la coyuntura económica no va a mejorar en el corto plazo. Por eso el retorno es una alternativa para muchos de los que están aquí”.

Una alternativa que no siempre resulta como se espera. Para Claudio, por ejemplo, “el contraste en la forma de vida es muy grande. Una tarde salimos en el coche de mi viejo y un colectivo casi se nos tira encima. Uno se desacostumbra a esas cosas. Volver a vivir en lo de los viejos mientras uno busca casa, instalarse laboralmente, acomodarse, son cosas que generan mucho estrés. La pasamos muy mal. Extrañamos mucho a los amigos, y la luna, que allá es enorme y uno piensa que la puede tocar. Al final uno termina desgarrado: siente que no pertenece a la Argentina pero estando allá, el último tiempo, también dejamos de sentirnos parte”.

Claudio expresa con claridad el sentimiento: corridos de aquí por la crisis y de allá por la misma razón. A fin de cuentas, como dice la zamba de Serrano, “no busco el olvido. Sólo busco futuro y horizonte, el faro que orienta al náufrago perdido”


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