SUR // 03-02-10 // Que gane la mejor teoría
03-02-2010 / La crisis obligó a los economistas a revisar la biblioteca para comprender por qué se equivocaron tanto.
Por Rana Foroohar
Los economistas no suelen ser un grupo emocional. esta sombría ciencia atrae a más sabihondos matemáticos bien vestidos que a investigadores poéticos. Pero a principios de enero, la reunión anual de la Asociación Económica Estadounidense (AEA) tuvo más que ver con la meditación que con los cálculos. Cientos de los pensadores más eminentes de la profesión que asistieron para escuchar un panel tras otro discutían sobre cómo pudieron haberse equivocado tanto. ¿Por qué muchos de los principales economistas del mundo no lograron pronosticar la crisis financiera? ¿La enseñanza de la economía en las universidades debería ser reconsiderada por completo? Mientras las antiguas estrellas de la AEA habían sido conservadoras, los intelectuales orientados a las finanzas como Eugene Fama, este año perteneció al grupo de los realistas liberales, junto a Paul Krugman, Robert Shiller, y el hombre del momento, el ganador del Premio Nobel Joseph Stiglitz. Este último presentó una idea fundamental que desacreditaba el dogma clave de la profesión.
Concretamente, que es posible confiar en los mercados. Dijo Stiglitz: “Los mercados no fueron eficientes ni se autocorrigieron, y ahora los enormes costos, que ascienden a billones de dólares, son asumidos por cada parte de la sociedad”.
El alarmismo continuó en el Foro Económico Mundial en Davos, Suiza. El año pasado los rumores en Davos se centraron en cómo evitar que el mundo cayera al precipicio. Pero esta vez, el tema clave fue la crisis de conciencia en la economía misma. Por primera vez en décadas, la profesión está reconsiderando todas las grandes cuestiones. ¿Cómo lograr crecimiento? ¿Cómo aumentar el empleo? ¿Cómo extender la riqueza? Por lo menos desde Reagan, el consenso era que sólo resultaba necesario hacer que la torta creciera, y la mejor manera de lograrlo era dejar libres a los mercados y a los inversionistas. La riqueza, y por lo tanto, la salud, la felicidad y todo lo bueno, finalmente llegarían a todos.
Ahora que se demostró que esa opinión es falsa, una gran cantidad de nuevas teorías compiten para tomar su lugar. Todas se basan, en una u otra medida, en la idea de que las personas son actores irracionales, y de que los mercados no siempre son eficientes. Y en muchos casos, las nuevas teorías mezclan la economía con disciplinas completamente diferentes. La hipótesis de los mercados adaptables, por ejemplo, propone una nueva manera de considerar a la economía, en particular a los mercados financieros: a través del prisma de la biología evolutiva. La idea es simple: sus partidarios consideran a la economía y a los mercados financieros como un ecosistema, con distintas “especies” (fondos de protección, bancos de inversión) que compiten por los “recursos naturales” (ganancias). Estas especies se adaptan unas a otras, pero también atraviesan períodos de mutaciones repentinas (léase: las crisis), que cambian drásticamente la configuración del ecosistema. Para los defensores de esta teoría, la biología celular podría ser la clave para una nueva teoría unificadora de la economía; ellos sugieren que los políticos a cargo de la economía de un país podrían crear mejores medidas si consideran a todos los participantes en los mercados como partes de un organismo vivo.
La teoría, que apareció por primera vez en 2004, pero que adquirió mayor importancia desde la crisis, fue anunciada en la prensa internacional de negocios, y fue utilizada recientemente por la Reserva Federal de EE. UU. para explicar la conducta de los mercados de divisas. La idea de unir a Darwin con Adam Smith cautivó a muchas de las mejores mentes de la profesión. “Ahora mismo, los biólogos celulares me resultan mucho más interesantes que los economistas”, señala Robert Shiller, catedrático de Yale, y uno de los pocos que pronosticaron la crisis.
Otro campo híbrido que está ganando impulso es la neuroeconomía, que combina la ciencia cerebral y la economía: los investigadores correlacionan las pautas cerebrales de las personas para confirmar la manera en que se toman las decisiones económicas. Su trabajo proporciona una base científica para el campo más familiar de la economía conductual. Esta escuela de pensamiento trata de explicar la imperfecta toma de decisiones económicas de las personas reales (como los que malgastan dinero al manejar más lejos para conseguir nafta “más barata”). Esta teoría tiene unos 30 años, y produjo recientemente grandes best seller, como “Freakonomics” y “Predictably Irrational”. Pero después de la crisis, está siendo tomada mucho más seriamente por los economistas académicos, incluso los más conservadores, y comenzó a tener un impacto medible en la política durante el gobierno de Obama.
La última vez en que el mundo experimentó esta clase de reinicio fue después de la Gran Depresión. Antes de eso, los economistas consideraban al capitalismo como un sistema perfectamente autorregulado, una idea que fue derribada por la crisis. Fue entonces cuando el economista británico John Maynard Keynes articuló todas las formas en las que el gobierno podía y debía ayudar a sacar de apuros a la economía. La economía keynesiana acabó perdiendo su atractivo a finales de la década de 1970, cuando una crisis petrolera y el descontento político produjeron cifras elevadas de inflación y desempleo, algo que la teoría no explicaba. El cambio de la guardia ideológica se completó cuando Ronald Reagan dejó las manos libres a los ricos, y Paul Volcker, que luchaba contra la inflación, fue reemplazado en la presidencia de la Reserva Federal por Alan Greenspan, un gran entusiasta del libre mercado. La economía liberal de la “escuela de Chicago” —encarnada por Milton Friedman, catedrático de la Universidad de Chicago— fue la dominante durante las siguientes tres décadas.
El consenso no cambió ni siquiera bajo la administración demócrata de Bill Clinton. “Pienso que un par de momentos clave se produjeron cuando James Carville dijo que quería reencarnar como el mercado de valores de renta fija, y el Secretario del Tesoro Robert Rubin y su equipo empezaron a opacar a la facción socialdemócrata dirigida por el Secretario del Trabajo Robert Reich”, afirma Robert Johnson, un ex director de reservas de George Soros, quien dirige ahora la política económica del Instituto Roosevelt en Nueva York. Los economistas financieros desarrollaron modelos complicados que suponían que todo lo que había que saber sobre una acción ya estaba incorporado en su precio. Las burbujas de las divisas, las acciones de tecnología y los mercados emergentes fueron y vinieron, pero fueron vistas como temporales y relativamente inofensivas.
Cuando reventaron, el trabajo de los banqueros centrales consistió en relajar la política monetaria y hacer que la fiesta continuara. Dado que la suposición central era que el hombre es racional y que los mercados son eficientes, la preocupación sobre el riesgo tomó un lugar secundario con respecto a las preocupaciones sobre cómo lograr que los buenos tiempos duraran más. Fue una forma simple y elegante de mirar al mundo, pero en la que, como señala Paul Krugman, ganador del Premio Nobel de Economía, la belleza superó a la verdad.
La nueva economía ya tuvo un impacto en el mundo real. Stiglitz, quien ganó su Premio Nobel por señalar desde 1986 que los mercados realmente no eran tan eficientes (lo cual fue una herejía en su momento), actualmente acumula kilómetros aconsejando a los gobiernos de todo el mundo sobre cómo reestructurar sus sistemas financieros. Quizás el país que avanzó más en este tema sea Gran Bretaña. En el punto más alto de los días de las burbujas, Londres estaba posiblemente más desbocada que Wall Street. Ahora, Mervyn King, jefe del Banco de Inglaterra, quiere dividir a los bancos que son “demasiado grandes para fracasar” y habla de su preocupación sobre el “riesgo moral” del problema de los rescates. El regulador Adair Turner, que también dice que la industria financiera de Gran Bretaña es demasiado grande, quiere establecer fuertes controles sobre la innovación financiera. Es un gran admirador de Paul Woolley, un financiero reformado que hoy invierte millones en un laboratorio de investigación que fundó en la Escuela de Economía de Londres (su revelador nombre es Centro para el Estudio de las Disfunciones del Mercado de Capitales). En algunos aspectos, Londres está regresando a los días de la banca británica al viejo estilo, en el que las preocupaciones sobre el riesgo ayudaron a equilibrar las arrebatadas ganancias.
En Estados Unidos, el nuevo zar de las regulaciones del gobierno de Obama, Cass Sunstein, es un economista conductual. El gobierno usó ideas conductuales para estructurar políticas como el paquete de estímulos, y es probable que informen acerca de cualquier nueva regulación bancaria, que de acuerdo con Obama, debe basarse en datos reales y no en modelos abstractos. La economía conductual también está detrás del nuevo impulso a los impuestos prohibitivos sobre los cigarrillos, los alimentos ricos en grasas trans y el uso de energía no ecológica. “La economía conductual no es tan radical para cualquier persona de menos de 40 años”, afirma Richard Thaler, coautor (con Sunstein) del libro “Nudge”. Dado que muchas de las estrellas más prometedoras de la profesión son conductistas, la influencia política de la teoría tenderá a crecer.
Nada de esto significa que las ideas de la escuela de Chicago hayan dejado de ser útiles; incluso la irracionalidad puede y debe ser modelada matemáticamente y estudiada. Pero ya no tienen el dominio completo del que gozaron alguna vez. Nadie sabe qué escuela de pensamiento será la próxima ganadora. Vale la pena recordar que, aunque el New Deal empezó en 1933, Keynes no escribió su Teoría General hasta 1936. Y aquellos que buscan la próxima gran teoría unificadora de la economía quizás deban considerar la posibilidad de que la lección más grande de esta crisis es que no debemos depender sólo de una idea ordenada para abarcar el mundo de la complejidad humana. “Sabemos que la teoría de los mercados eficientes no es totalmente correcta, pero ninguna otra cosa lo es”, dice Thaler. El único consenso real expresado en la reunión de la AEA fue que la economía habrá de atravesar un período difícil, aunque potencialmente muy productivo de cuestionamientos y polinización cruzada. Es probable que lo que surja sea más preciso, y menos racional que lo que vino antes.
* Con Barrett Sheridan en Nueva York, y Stefan Theil en Berlín.
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