Revista Debate // 22-03-10 // La mala prensa del acuerdo politico

Publicado en por Opiniones Creadas

Por Edgardo Mocca

En un momento de debilidad de sus apoyos sociales y sin mayorías propias en ninguna de las dos cámaras, el Gobierno es, paradójicamente, el único factor ordenador de la vida política del país. El sello característico de las últimas semanas es la oscilación -por momentos vertiginosa- entre dos escenas superpuestas: la de la unidad opositora en el rechazo a las principales iniciativas oficiales y la del incesante desmembramiento de las facciones que componen el mosaico que enfrenta al kirchnerismo.
A cualquier observador insuficientemente informado podría sorprenderlo la facilidad con que las bancadas de oposición llegaron, por ejemplo, a un acuerdo para repartirse las presidencias de las comisiones parlamentarias y, al mismo tiempo, el desarrollo de una cada vez menos disimulada batalla campal entre los aspirantes a disputar la presidencia en la elección del año próximo.
Ya puede decirse que las dos grandes coaliciones que enfrentaron al kirchnerismo en la elección legislativa de junio último -el peronismo disidente aliado con la centroderecha y el panradicalismo agrupado en el Acuerdo Cívico- han entrado en un franco proceso de desagregación. Elisa Carrió y Julio Cobos no irán juntos a la elección; Mauricio Macri y Francisco de Narváez, tampoco. Ninguna de estas divisiones obedece, claro está, a razones programáticas. En rigor, de programas casi no se habla. El “casi” vale porque Eduardo Duhalde y Rodolfo Terragno hablan de programa, aunque el guión del tan agitado Pacto de La Moncloa criollo permanezca en el más absoluto misterio.
La hoja de ruta de la frágil unidad opositora se elabora, de modo cada vez más visible, desde los principales medios de comunicación. Los columnistas ponen el libreto y controlan rigurosamente su ejecución premiando a quienes sostienen la pelea y castigando a quienes sufren vacilaciones negociadoras. Cobos, largo tiempo mimado por los estados mayores mediáticos, fue amenazado con la expulsión del paraíso cuando votó a favor de la destitución de Martín Redrado del Banco Central. Gerardo Morales sufrió severas amonestaciones en las columnas dominicales después de entrar en negociaciones con el oficialismo sobre los tiempos parlamentarios de tratamiento de la cuestión del uso de reservas del Banco Central para el pago de deuda.Se entiende más o menos fácilmente por qué Elisa Carrió se sitúa a la vanguardia de los halcones opositores: además de razones de temperamento, la empuja en esa dirección el complejo horizonte que enfrentarían sus expectativas electorales en el caso de que el sistema político alcanzara algún equilibrio en el tramo que queda hasta la elección presidencial. La diputada no se siente parte de ningún dispositivo moderador; su partido depende exclusivamente de ella, que ya demostró en la experiencia del ARI cuánto está dispuesta a admitir disidencias internas. La persistencia del Acuerdo Cívico solamente le preocupa si la coalición se convierte en el punto de apoyo de su candidatura. También es comprensible que Duhalde aparezca sistemáticamente fogoneando las recurrentes minicrisis políticas: tampoco el caudillo de Lomas de Zamora tiene mucho para esperar de un curso relativamente estable; lo suyo es ser “piloto de tormentas”, oficio innecesario cuando hay buen tiempo.
Es menos sencillo entender la belicosidad del radicalismo. Si una virtud no ha mostrado la UCR desde 1983, es la de pilotear exitosamente las tormentas. En cambio, con dosis parejas de perseverancia y fortuna ha logrado sostener una estructura territorialmente extendida, aun en tiempos en que sus performances electorales resultaron insólitamente pobres. Ahora tiene, además de la estructura, un candidato como Cobos, expectable en la medida en que pueda justamente sobrevivir a las tormentas sin necesidad de pilotearlas. La situación del radicalismo -además de su talante político histórico- lo presupone más predispuesto al pacto que a la confrontación. Sin embargo, el radicalismo luce con frecuencia en sintonía con los halcones. ¿Cómo explicarlo?
El clima de opinión pública, fuertemente condicionado por la guerra mediática contra el Gobierno, tiende a premiar la combatividad opositora. Por lo menos ése es el cálculo que parece predominar entre los actores políticos. Cualquier negociación razonable puede ser estigmatizada como una componenda, como un nuevo Pacto de Olivos y, en consecuencia, dañar gravemente las expectativas electorales de sus promotores. Vale recordar, por ejemplo, que, cuando se lanzó el proyecto de reestatización de las jubilaciones, las primeras declaraciones partidarias anunciaron la disposición a sostener una actitud positiva en el Congreso. Unos días después, la vocinglería sobre el “robo de los ahorros” y la “caja kirchnerista” encabezada por Clarín y Carrió era adoptada como línea por el partido. El otro elemento que neutraliza los intentos negociadores es la actitud del oficialismo. Los Kirchner no confían en que ningún acuerdo político con sector alguno de la oposición sea una herramienta útil para reforzar su gobierno. Creen que lo que la oposición está buscando es la rendición incondicional: no quieren, piensan, que se gobierne con el Congreso, sino desde el Congreso. Los Kirchner prefieren, literalmente, cualquier otra salida a esa licuación pasiva del poder. La apuesta que parece abrirse paso es a que sea el propio temor de la oposición -particularmente del radicalismo- a una crisis institucional terminal lo que lleve a una reconsideración de la actual estrategia de bloqueo parlamentario. Los sectores más responsables del radicalismo suelen quedar desairados cada vez que sus intentos apaciguadores quedan entre los fuegos de la oposición intransigente, y los medios por un lado y el juego a todo o nada del Gobierno, por el otro.
¿Será correcto el cálculo de unos y otros que aconseja dureza confrontativa en lugar de sensatez política? Nada es menos seguro. Casi todos coinciden en el grado de fatiga social que produce la confrontación permanente y en que no es solamente el Gobierno el que se deteriora con la continuidad de esa forma de hacer política. En la medida en que se vaya acercando el momento de las elecciones no será, probablemente, la iracundia declarativa sino la sensación de viabilidad política de los liderazgos la que condicione el éxito electoral. Con frecuencia la opinión pública premia con el aplauso y la simpatía a los más expresivos, pero vota a quienes ve en condiciones de gobernar. Es cierto que, en 2007, Carrió consiguió el segundo lugar situándose en el terreno de la oposición más encarnizada y poniendo a Roberto Lavagna y a la UCR en el lugar de la tibieza; pero el triunfo de Cristina Kirchner aparecía casi como un dato duro mucho antes de la elección y, en consecuencia, la opción mayoritaria de la oposición fue de carácter expresivo y premió a quien interpretó mejor el desagrado con el Gobierno.
Del mismo modo, no es descartable que las chances electorales del kirchnerismo pudieran crecer en un contexto en el que se combinara la recuperación económica después de la crisis y un clima político un poco menos agobiante. La exploración de un camino de diferenciación dentro de la oposición entre quienes están jugados a la desestabilización y los que, aun en el disenso, privilegian la estabilidad institucional no equivale a la claudicación política. Por el contrario, podría ser una fórmula más promisoria que la que funciona actualmente.
Pero todo esto es mera especulación analítica. Por ahora, nada indica que estemos en presencia de un cambio duradero en el clima político. Lo más probable es que siga el espectáculo de las mayorías parlamentarias cambiantes, las mutuas incriminaciones y la desesperación por lograr que los costos de la polarización los pague el adversario. De ser así, los beneficiarios últimos serán quienes actúan desde fuera del sistema político formal; los que no solamente quieren cerrar el ciclo de un gobierno sino asegurarse de que la política nunca más vuelva a intentar poner en cuestión su poder.

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