Newsweek // 05-05-10 // Por qué Europa ganará

Publicado en por Opiniones Creadas

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En contra de lo que muchos suponen, las empresas europeas crecen más rápido, son más rentables y mejores en la globalización que sus rivales de EE. UU.


Por Stefan Theil

 

 

Se volvió una obviedad decir en  EE. UU. que ese país está lleno de gente y firmas que “pueden hacerlo”, mientras que los lentos europeos son más del estilo “sí, pero...” cuando enfrentan un reto. Las compañías estadounidenses marcan la pauta de la excelencia corporativa, o al menos eso se cree, sacando los nuevos productos e ideas de mayor aceptación, y luego haciendo el mejor trabajo para venderlos en todo el planeta. Aunque la crisis financiera generada por EE. UU. empañó la apariencia de sus bancos, ello no hizo mella en la supremacía de las multinacionales estadounidenses ni en el modelo corporativo del país. De hecho, las preocupaciones sobre la capacidad de Europa para competir globalmente aumentan por el hecho de que, después de la crisis, Europa todavía está por detrás de EE. UU. en crecimiento económico, incluso cuando trata de contener sus propios problemas
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Pero como a menudo sucede, una revisión cuidadosa de las cifras muestra una historia muy distinta. En la última década las principales compañías de Europa les ganaron a las de EE. UU. (sin mencionar a las de Japón) por un margen muchas veces sustancial. A pesar del ascenso de China y otros, Europa mantuvo más o menos firme, con alrededor de un 17 por ciento, su proporción en las exportaciones mundiales desde 2000, mientras que EE. UU. cayó casi un tercio, de un 17 a un 11 por ciento, un indicador rudimentario pero significativo de la competitividad global. Desde principios de la década de 1990, Europa expandió sin cesar su proporción de las 100 mayores multinacionales del mundo compilada por la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (CNUCYD), de 57 en 1991 a 61 el año pasado, mientras que la cantidad de EE. UU. cayó de 26 a 19. Europa escaló éstas y otras clasificaciones corporativas con empresas nuevas y de rápida expansión en sectores como la energía (E.On, de Alemania; y GDF Suez, de Francia), las finanzas (HSBC, del Reino Unido; y UniCredit, de Italia) y las telecomunicaciones (Telefónica de España y Vodafone, de Gran Bretaña), mientras que la lista de grandes firmas estadounidenses está en general estática y en declive, con estrellas como Google como excepción, no como regla.
Aun más: el crecimiento de Europa fue altamente redituable. Según un estudio de las principales 3.000 compañías globales hecho por la consultora alemana Roland Berger, las empresas europeas en el grupo aumentaron sus utilidades a una tasa promedio de 13 por ciento por año en la década de 1998 a 2008, casi el doble de la tasa de 7 por ciento de sus rivales de EE. UU. El director ejecutivo de Berger, Burkhard Schwenker, dice que la Europa corporativa tiene un mayor poder que “EE. UU. Inc.”, con ganancias brutas que promedian un 19,8 por ciento de los ingresos de 2008 en Europa, contra un 13 por ciento en EE. UU. Obviamente, algunas de estas cifras no deben ser tomadas al pie de la letra: por ejemplo, las ganancias en 2009 (una compilación de Berger) muestran un repunte significativo de las firmas de EE. UU. contra sus rivales europeas, que fueron afectadas después y más fuertemente por la recesión.

Pero en medio de toda la incertidumbre por las perspectivas económicas que resulten de la crisis, estas cifras ofrecen un punto de partida importante. En el centro del debate está la cuestión del “reequilibrio”, si economías con déficit como la de Estados Unidos necesitarán alejarse del consumo impulsado por la deuda y las importaciones y competir más fuertemente en los mercados mundiales, como dijo Barack Obama en su discurso sobre el Estado de la Unión en enero, cuando prometió duplicar las exportaciones de EE. UU. en los próximos cinco años. Hasta ahora, ese debate se centró en datos macroeconómicos: balances, cambios fijos de divisas y flujos de capital. Pero cuando uno escarba hasta el nivel de las compañías reales, en muchos sectores las firmas europeas aventajan a sus rivales de EE. UU.

Esto obliga a revisar algunos viejos clichés norteamericanos sobre la economía europea. “La Europa esclerótica y sin crecimiento que está condenada a fracasar es un mito”, dice Charles Roxburgh, director del McKinsey Global Institute en Londres. De hecho, el PBI per cápita europeo creció un poco más rápido que el de EE. UU. desde 2000. Esa medida es crucial: debido a su más acelerado crecimiento demográfico, EE. UU. debe generar 1 punto porcentual de crecimiento más que Europa cada año para que los estadounidenses puedan conservar su nivel de prosperidad. Roxburgh atribuye la ventaja europea a un aumento marcado en el empleo después de una serie de reformas al mercado laboral a finales de la década de 1990 y principios de la de 2000.

Aunque la crisis griega y sus implicaciones para el euro oscurecieron las buenas noticias provenientes del continente, las cifras recientes muestran una recuperación más fuerte de lo esperado, lo que parecería confirmar las revaluaciones de McKinsey y Berger sobre el rendimiento europeo. En marzo, un índice clave que mide las órdenes de exportación llegó a su nivel más alto en 10 años. La producción industrial —el rendimiento total de las fábricas de Europa— también superó las expectativas, aumentando al ritmo trimestral más rápido que se tenga registrado. Un promedio de pronósticos del PBI muestra un crecimiento de un 1 por ciento en 2010, similar en términos per cápita al 2 por ciento de EE. UU.

La clave del modelo europeo fue la globalización. Las compañías europeas se movieron mucho más rápido y más lejos para tomar los mercados fuera de sus fronteras. Las ventas al extranjero —incluso tras considerar a toda Europa como un solo mercado local— están en un 39 por ciento, contra aproximadamente 30 por ciento de las compañías de EE. UU. y Japón, y sólo un 20 por ciento para las grandes compañías de los países en desarrollo. Los últimos, lejos de conquistar al mundo, se mantienen principalmente enfocados en sus mercados locales. Si uno ve los mercados estrictamente nacionales (por ejemplo, las ventas de Volkswagen en Alemania contra las que se hacen fuera de Alemania), el efecto globalizador es aún mayor. Hermann Simon, un empresario alemán que estudió  a los “campeones ocultos” —las manufactureras pequeñas y medianas altamente especializadas que dominan las economías de Alemania, Italia y Escandinavia—, dice que no es inusual tener una proporción de exportaciones superior a 80 por ciento.

Ello significa que una proporción mucho mayor de crecimiento de la UE va en hombros del dinamismo económico en los mercados emergentes de Brasil, Rusia, India y China (los BRIC), pero también de Europa Oriental y los grandes consumidores de la OPEP. Si estos mercados siguen generando una proporción creciente de crecimiento global, como lo cree la mayoría de los economistas, entonces las compañías europeas están en una mucho mejor posición de arranque. Las empresas europeas “escribieron el manual” sobre cómo crecer y prosperar en estos mercados, y no sólo mediante el outsourcing, como lo muestra el sano balance comercial de Europa. Los fabricantes de autos europeos, desde Volkswagen hasta Renault y Fiat; de trenes de alta velocidad, como Alstom, de Francia; sin contar los altamente especializados para nichos específicos, ya dominan el comercio con los BRIC, y podrían hacerle la vida difícil a EE. UU. La destreza globalizante de Europa no es tanto una cuestión de decisión gerencial como de destino geográfico. Mientras que las firmas estadounidenses se concentran tradicionalmente en su gran mercado local, dice Simon, las europeas que provienen de mercados más chicos se ven obligadas a hacerse globales a una etapa mucho más temprana en su desarrollo, lo que les da una ventaja en los mercados internacionales. Este proceso despegó en la década de 1990 y a principios de la de 2000, conforme la Unión Europea removió las barreras de comercio interno para crear su mercado único, y luego se expandió para incorporar las economías recientemente capitalistas de Europa Oriental. Los países se enriquecieron y fortalecieron, y construyeron amplios vínculos comerciales con los mercados emergentes en Asia, Latinoamérica, Rusia y Oriente Medio. Según James Zhan, economista de la CNUCYD, fue esta rápida fase de expansión global lo que impulsó a las compañías europeas a las filas de las mayores transnacionales del mundo, desplazando a compañías de EE. UU. más enfocadas en su mercado local. Durante este tiempo, la española Telefónica se volvió la mayor de su rubro en Latinoamérica, la alemana Deutsche Post montó su imperio global de logística, y la francesa GDF Suez construyó su negocio energético en África, Asia y demás. Al reestructurarse pasando la producción de trabajo intensivo al extranjero y concentrarse en bienes más sofisticados, las compañías europeas conservaron su ventaja competitiva. Según el índice de competitividad global compilado cada año por el Foro Económico Mundial, 10 de las 15 economías más competitivas del mundo son europeas, y no hubo deterioro en su posición desde que el foro empezó a medir. En vez de verse desplazados por China y similares, los europeos se subieron al ascenso del mundo proveyendo infraestructura,  fábricas y bienes de vanguardia.

Lo que hace más sorprendente el éxito corporativo europeo son las desventajas que las firmas europeas tienen que superar, especialmente en casa. Las regulaciones laborales y el estigma de la bancarrota dificultan mucho más el mover a trabajadores a actividades más productivas, lentificando el cambio estructural que lleva a una economía hacia adelante. EE. UU. sigue siendo un lugar más dinámico para la innovación, y hace un trabajo mucho mejor que Europa para aumentar la productividad, ello sobre todo debido a una mayor infusión de tecnología informática, así como por un despiadado recorte de personal (que luego es compensado mediante una creación de empleos más rápida en sectores más productivos de la economía). Pero tres cuartos de la ventaja productiva de EE. UU. están en los servicios, que sólo suman un 20 por ciento del comercio global.

Si Obama está en lo correcto y reequilibrar significa hacer crecer el sector manufacturero de EE. UU., entonces la ventaja productiva estadounidense será mucho más difícil de apalancar. En cambio, significa que Europa tiene frutos que cuelgan muy bajo si quiere crear crecimiento: abrir los sectores de servicios improductivos y regulados del continente. Países como Grecia ahora se ven forzados por la crisis a hacer exactamente eso, lo que debería dar a la economía de Europa un nuevo empuje.

¿Cuál modelo es el mejor? El jurado aún está deliberando sobre cuánto del crecimiento europeo o estadounidense es sostenible. Henning Kagermann —ex director ejecutivo de SAP, la compañía de software más exitosa de Europa— se pregunta hasta qué grado el éxito europeo está basado en reestructuración y avances tecnológicos graduales, en vez de la innovación radical que puede parar industrias completas, en la cual compañías estadounidenses como Apple y Google todavía se destacan.

Por otra parte, mucho del crecimiento estadounidense todavía es impulsado por el gasto de deuda, esta vez público en lugar de privado. Europa también tiene sus problemas de deuda, pero sus economías centrales (Francia y Alemania) todavía tienen finanzas públicas más sanas.
En cualquier caso, dentro de algunos años, dice Roxburgh, de McKinsey, la verdadera competencia no será entre Europa y EE. UU., sino entre empresas occidentales y los nuevos gigantes del mundo emergente. En esa carrera, la lenta Europa podría resultar la tortuga que gana.    


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