Buenos Aires Económico // 25-08-09 // La Iglesia y la pobreza

Publicado en por Opiniones Creadas

Sólo porque la corporación mediática se lo ha propuesto, la pobreza, que es real y que es mucha, está presente en la “agenda pública”. Sólo porque la corporación mediática ha descubierto que la pobreza, que ha vuelto a crecer, es un buen argumento en su campaña contra el Gobierno es que se ocupa de ella. Sólo porque la corporación mediática ha impuesto el tema, hablan de él casi todos los opositores; incluso aquellos que se suman al reclamo aunque se cuenten históricamente, como los miembros de la Sociedad Rural, entre los mayores responsables del hambre y la miseria.
Y en medio de todo esto aparece la Iglesia. ¿Cuál el sentido de su intervención en el debate? Es cierto que sus antecedentes dejan un ancho margen para la sospecha. Es cierto también que, a diferencia de los medios y los opositores, la Iglesia se ha ocupado tradicionalmente de la pobreza y tiene una elaboración consistente acerca de sus orígenes y sus responsables.
La Comisión Permanente del Episcopado acaba de desestimar, por “redundante”, la publicación de un documento sobre pobreza. Ha hecho saber en cambio que impulsará iniciativas para proteger a sus víctimas principales, los niños.
Esto último debe ser sin dudas felicitado y apoyado. La decisión de no emitir un documento puede ser, en cambio, observada.
El uso del tema, y de las palabras del Papa, que han hecho parte de la prensa y la oposición, ha colocado a la Iglesia en un lugar incierto. Un documento que reitere su doctrina sería una buena forma de salir de ese lugar. Bastará que recuerde que aunque haya también otras causas, la “pobreza no es una etapa casual: sino el producto de situaciones y estructuras económicas, sociales y políticas (…) ‘mecanismos que, por encontrarse impregnados no de un auténtico humanismo sino de materialismo, producen (…) ricos cada vez más ricos a costa de pobres cada vez más pobres’” (Documento de Puebla, 30).
También podría reiterar la advertencia de Juan Pablo II acerca de las “consecuencias desastrosas” de “un mercado salvaje que, con el pretexto de la competitividad, prospera explotando a ultranza al hombre y al ambiente” (discurso a la Academia Pontificia de Ciencias Sociales, 25-4-97) y que por lo tanto “corresponde a la esfera política regular los mercados y someter las leyes del mercado a las de la solidaridad. (Juan Pablo II, discurso a la Academia Pontificia de Ciencias Sociales, 11-4-02).
Sería interesante ver la reacción de muchos de los que hoy reclaman por la pobreza si la Iglesia advirtiera que “resurge en varios lugares una forma de neoliberalismo capitalista que subordina la persona humana y condiciona el desarrollo de los pueblos a las fuerzas ciegas del mercado, gravando desde sus centros de poder a los países menos favorecidos con cargas insoportables (…) De este modo se asiste (…) al enriquecimiento exagerado de unos pocos a costa del empobrecimiento creciente de muchos, de forma que los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres” (Juan Pablo II, homilía en La Habana, 25/1/98).
Lo mismo que si dijera que “no se puede combatir eficazmente la miseria si no se hace lo que escribe San Pablo a los Corintios, es decir, si no se promueve “la igualdad” reduciendo el desnivel entre quien derrocha lo superfluo y quien no tienen ni siquiera lo necesario” (Benedicto XVI, homilía 1-1-09). Palabras del Papa que, a diferencia de otras, los medios concentrados jamás publicaron.
La reacción se tornaría espantosa si, en línea con ese reclamo del Papa, reafirmara que “la justicia y, consiguientemente, la paz se conquistan por una acción dinámica de concientización y de organización de los sectores populares, capaz de urgir a los poderes públicos, muchas veces impotentes en sus proyectos sin el apoyo popular” (Documento de Medellín, Paz, 18), consejo del que podría sacar provecho también el Gobierno.
A los productores lecheros se les podría señalar que “todos nosotros somos solidariamente responsables de las poblaciones subalimentadas (…) Destruir o desperdiciar bienes que son indispensables a los seres humanos para que sobrevivan, es herir a la justicia y a la humanidad” (Mater et magistra, números 41 y 42).
En la relación entre pobreza y propiedad privada, el documento podría repetir que “si la tierra está hecha para procurar a cada uno los medios de subsistencia y los instrumentos de su progreso, todo hombre tiene derecho a encontrar en ella lo que necesita… Todos los demás derechos, sean los que fueren, comprendidos en ellos los de propiedad y libre comercio, a ello están subordinados: no deben estorbar, antes al contrario deben facilitar su realización (…) Es decir que la propiedad privada no constituye para nadie un derecho incondicional y absoluto. No hay ninguna razón para reservarse en uso exclusivo lo que supera a la propia necesidad, cuando a los demás les falta lo necesario” (Populorum progressio, Nº 22)
Como se ve, no sería difícil para la Iglesia, si de verdad lo desea, despegarse de los oportunistas y malintencionados con los que hoy aparece mezclada.

Rodolfo Luis Brardinelli
Sociólogo. Universidad de Quilmes

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