Newsweek // 29-07-09 // El fenómeno de Robert Kiyosaki
Filosofía cash
29-07-2009 / Quiénes son y en qué invierten los seguidores de autor en la Argentina. Aciertos y errores del polémico gurú de “Padre rico, padre pobre”.
29-07-2009 / Quiénes son y en qué invierten los seguidores de autor en la Argentina. Aciertos y errores del polémico gurú de “Padre rico, padre pobre”.
Por Matías Loewy
El arquitecto Miguel Ángel Bravo (47) se define como un “emprendedor serial”. A los 14 años manejaba una pequeña organización de fiestas. Cuando se casó, prefirió destinar sus primeros ahorros a montar una fábrica del rubro plástico en vez de comprar una vivienda. “Con una casa no puedo crear fábricas, y con una fábrica puedo tener varias casas”, convenció a su esposa. Seis años atrás, mientras corría en karting con su hijo Ignacio, se le ocurrió crear un vehículo deportivo potente (Bravo lo imaginó como un Porsche más económico) que pudiera dar la misma adrenalina pero con mayor velocidad y seguridad.
La idea podría haber quedado en sueño evanescente. Pero Bravo, un optimista nato —su lema personal recuerda al del Cándido de Voltaire: “todo lo que sucede es lo mejor”—, salió a conseguir financiación para el proyecto. Después de fracasar en la búsqueda de “inversores ángeles” tradicionales, entró en contacto con los miembros de Empresores.com, una activa comunidad de seguidores en la Argentina del gurú de las finanzas personales Robert Kiyosaki.
Fue como juntar la chispa y la mecha. Tras contarles del proyecto y organizar una reunión informativa en su fábrica de La Paternal, Bravo consiguió en diciembre de 2007 reclutar a los primeros 35 socios, en su mayoría jóvenes estudiantes y profesionales, que aportaron cada uno entre US$ 2.000 y 3.000. En los meses subsiguientes, el emprendedor decidió diversificar “para disminuir el riesgo del grupo” y largó tres nuevas empresas para desarrollar eventos deportivos, teléfonos celulares y emprendimientos inmobiliarios. Un año y medio después, los socios de la aventura ya rozan los trescientos y el valor de la acción creció un 2.500 por ciento, desde US$ 2,40 hasta 60. Los primeros autos, bautizados Nach One, salen a la venta el año próximo, con un valor de US$ 25.000. “Kiyosaki me cambió la vida”, enfatiza el director de Bravo Motor Company. “Si los socios no lo hubieran leído, jamás hubieran invertido en un proyecto de riesgo como el mío”. Si el negocio marcha como sueñan, todos ellos van a ser ricos. O, en el “mantra” de los acólitos de Kiyosaki, habrán alcanzado la ansiada “libertad financiera”.
Por estos días, Bravo y sus socios van a conocer en persona a Kiyosaki, quien hace una escala de sus vacaciones en la Patagonia para dar su primera conferencia en la Argentina. Nacido en Hawai en 1947, Kiyosaki adquirió fama mundial y cosechó millones con la publicación, en 1997, de “Padre rico, padre pobre”: un libro de educación financiera básica donde plantea estrategias movilizadoras, aunque en rigor inespecíficas, para ganar dinero y hacerse rico. Se publicó en 51 idiomas y vendió 28 millones de copias.
Acceder a las palabras de Kiyosaki, deslizan sus adeptos, produce una suerte de epifanía. “Su filosofía le cambia la cabeza al 90 por ciento de la gente que lo lee”, sostiene el contador Oscar Uncal, un socio de Bravo. El licenciado en publicidad Mariano Cabrera Lanfranconi (23), administrador de Empresores.com, tenía 17 años cuando se devoró “Padre rico, padre pobre” en cuatro días. Y afirma que desde entonces empezó a ver la vida con otros ojos. “Quedé fascinado”, recuerda. Cabrera Lanfranconi sostiene que comprendió entonces que el futuro no se reduce a estudiar duro, conseguir un empleo y jubilarse, sino que conviene tener otros ingresos para no depender el 100 por ciento del sueldo.
Hasta ahora, el mensaje no suena muy distinto a la clásica aspiración del pequeño burgués argentino: vivir de las rentas. La diferencia es que Kiyosaki sostiene que “todos tenemos un rico adentro” y solamente se requiere disciplina y conocimientos financieros para sacarlo afuera. Y cuando habla de educación, no se refiere a tener un MBA o un doctorado, sino a la calle. “Educación es lo que uno aprende cuando deja la escuela”, respondió días atrás en una entrevista de Time.com. De acuerdo al especialista, las universidades son buenas para la formación de una persona, pero no tanto para los negocios.
“Saber en qué y cómo invertir no se logra con recetas de sobrecitos de azúcar”, suscribe Cristian Abbratte, un licenciado en administración y magíster en consultoría de empresas que dirige la Escuela de Riqueza, un club asociado de la organización de Kiyosaki (Rich Dad) en Argentina.
En su ópera magna, Kiyosaki cuenta la historia de sus dos padres. El biológico, el “pobre”, un doctor en educación de la Universidad de Stanford, que alcanzó un alto puesto en el gobierno de Hawai pero (¡horror!) nunca logró independizarse de su salario mensual y murió empobrecido. El otro, el “rico”, el padre millonario de un amigo, que le alumbró el camino para transformarse en un inversionista exitoso.
Algunos detractores de Kiyosaki, como el bloguero John T. Reed, sugieren que ese mentor adinerado sólo existió en la imaginación del autor. Kiyosaki nunca reveló su identidad y lo único que señala es que ya murió, como su padre biológico. “Si hubiera escrito el libro cuando mi papá real vivía, ¡me hubiera asesinado!”, agrega.
El Kiyosaki básico ilustrado trae otros principios. El quebranto puede ser el punto de partida del éxito personal. “Perdí todo tres veces, pero fueron las mejores experiencias de mi vida”, pregona. No hay que tener aversión al paso en falso. En todo caso, el autor sugiere que no se invierta más que aquel monto que —en caso de perderse— cambiaría el estilo de vida que se lleva.
Otro mandato de Kiyosaki es librarse de lo que llama “la carrera de la rata”: el empleo asalariado. Su padre pobre le decía: “Tenés que ir al colegio para conseguir un buen trabajo”. El rico, en cambio, le explicaba que “si querés ser rico, nunca consigas un trabajo”. El objetivo es que el dinero trabaje para uno, y no que uno deba trabajar para obtenerlo, predica.
Kiyosaki inventó un juego, el Cashflow, una especie de “Monopoly” donde los participantes deben escapar de una pista que atrapa a la mayoría de la gente, la “carrera de la rata” (trabajar, cobrar sueldo y pagar las cuentas), para entrar en la pista rápida de las inversiones, los negocios y las rentas inmobiliarias que producen cash y conducen a la libertad financiera. El juego, dicen, enseña a leer el mercado, a estudiar oportunidades y asumir o no riesgos. “¡No tiene desperdicio!”, asegura Cabrera Lanfranconi en su blog Inteligencia Financiera. “Quizás se sienta grande para juegos, pero es un retrato de la vida misma”.
Aunque invertir en la vida misma, sobre todo en nuevos emprendimientos, es distinto a mover fichas sobre un tablero. Bravo lo reconoce. Según estadísticas internacionales, el 93 por ciento de los start-ups fracasa en la etapa de capital de riesgo. Y sólo un 7 por ciento logra un retorno del 30 al 50 por ciento anual en una estadía promedio de cinco años. El punto es definir qué significa “sacar provecho”. “Si ganás festejás. Y si perdés, te queda una experiencia valiosa que sale más barato que un MBA”, compara Bravo, quien también es investigador en la Facultad de Arquitectura en la UBA.
No obstante, más allá de los sinsabores ocasionales, los seguidores de Kiyosaki sienten que la fortuna los espera al final del camino. Ariel Martínez, técnico electrónico y director de Empresores.com, sostiene que las reglas de Kiyosaki son tan básicas como “mágicas”. “Si uno aprende a aplicarlas, interiorizarlas y hacerlas parte de uno, casi todo lo que uno haga tendrá grandes posibilidades de éxito”, afirma. Y recuerda una cita de su referente, la versión “kiyosakiana” del dilema filosófico del dinero y la felicidad: “Fui feliz e infeliz siendo tanto pobre como rico, pero puedo asegurarles que cuando fui pobre e infeliz fui mucho más infeliz que cuando era rico e infeliz”.
¿Hay evidencias de que los consejos del gurú funcionen? Las opiniones son dispares y no existe un estudio controlado que compare la evolución patrimonial de los lectores fieles de “Padre rico, padre pobre” y sus múltiples secuelas con la de quienes jamás siguieron sus propuestas. Para el analista financiero argentino Marcelo Elbaum, autor de “Hombre rico, hombre pobre” y “Ser rico es posible”, los libros de Kiyosaki están hechos para un público estadounidense y no son aplicables a nuestra cultura. “Es un gran marketinero”, lo minimiza (ver pág. 32).
El director de la maestría y el major en Finanzas de la Universidad de San Andrés, Gabriel Basaluzzo, rescata de Kiyosaki su intento de inspirar cierta disciplina financiera, no pensar tanto en el consumo y en cambio ahorrar para invertir. Sin embargo, considera que otros de sus postulados son erróneos. “Que la persona que trabaja dentro de una compañía no puede ser rico es falso, y tampoco es cierto que a un emprendedor siempre le va bien”, sostiene.
Para Basaluzzo, es verdad que algunas personas tienen cierto espíritu o “fuego sagrado” para los negocios y pueden prosperar sin una educación superior. Pero la universidad es efectiva para “moldear” las condiciones innatas o brindar herramientas que fomenten la actitud emprendedora.
“Por supuesto, una escuela de negocios que brinde sólo conocimientos teóricos no va a ser útil en el mundo real. En eso Kiyosaki tiene razón”, acepta, en tanto, Carlos Steiger, decano de la Escuela de Negocios de la Universidad de Belgrano. “Pero hay que encontrar el equilibrio. Quien sólo se basa en el olfato o la práctica, puede acertar como en la ruleta. Y en el largo plazo está demostrado que no va a tener herramientas para lograr un crecimiento sustentable”.
Otra tormenta más reciente sobre el ideario de Kiyosaki fue el derrumbe de las hipotecas en Estados Unidos y la crisis económica global. Para los críticos, el gurú se equivocó al recomendar invertir en bienes raíces cuya cotización se desplomó, o alentar el cuentapropismo cuando la mayoría de las empresas y personas debió recortar gastos. Elbaum, sarcástico, dice que todavía está esperando que Kiyosaki explique qué hacer ahora con los negocios de real state que promueve.
Pero Kiyosaki y sus adeptos esquivan prestos las balas. Y aseguran que la crisis en EE. UU. no la originó la inversión razonada, sino la falta de disciplina y el afán desmedido de ganancias fáciles. “A la gente que invirtió en propiedades para tener una renta mensual en efectivo todavía le va bien”, sostiene el autor. El lunes 27, en un diálogo con periodistas en un hotel porteño con vista panorámica a la villa 31 de Retiro (“sin educación financiera, la Argentina tendrá cada vez más villas miseria”, pronosticó), Kiyosaki se mostró pesimista respecto de la crisis financiera global. “La situación se va a poner peor. En cinco años, Estados Unidos será tan pobre como un país del tercer mundo”, avizoró. También criticó a Cristina Kirchner por la falta de estímulo al campo y la nacionalización de las AFJP, desalentó la compra de dólares y recomendó en cambio optar por el oro y la plata. “En diez años la onza de plata va a subir de US$ 15 a 1.000”, predijo.
El jueves 30, cuando Kiyosaki dé su conferencia en el Gran Rex, uno de los espectadores va a ser Fernando Bliman. Abogado y consultor en real estate, Bliman sostiene que leer a Kiyosaki produce un efecto similar al de las pastillitas de Matrix: cuando uno conoce cómo funciona el mundo de las finanzas, ya no se puede volver a la ignorancia. En lo personal, le ayudó a sextuplicar sus ingresos. “La libertad financiera es lo que más me fascina”, dice. “Poder generar ingresos pasivos para mantener una calidad de vida y estar más tiempo con la familia”.
Bliman afirma vivir según la filosofía Kiyosaki, y que en lugar de pagar $ 180 para ver “El fantasma de la ópera” en Buenos Aires, prefiere usar ese dinero para registrar cuatro sitios web para sus emprendimientos. “Pero se queda sin ver ‘El fantasma...’”, acota este cronista. “En el futuro, lo voy a ver en Broadway. Ésa es la idea”, responde.
El arquitecto Miguel Ángel Bravo (47) se define como un “emprendedor serial”. A los 14 años manejaba una pequeña organización de fiestas. Cuando se casó, prefirió destinar sus primeros ahorros a montar una fábrica del rubro plástico en vez de comprar una vivienda. “Con una casa no puedo crear fábricas, y con una fábrica puedo tener varias casas”, convenció a su esposa. Seis años atrás, mientras corría en karting con su hijo Ignacio, se le ocurrió crear un vehículo deportivo potente (Bravo lo imaginó como un Porsche más económico) que pudiera dar la misma adrenalina pero con mayor velocidad y seguridad.
La idea podría haber quedado en sueño evanescente. Pero Bravo, un optimista nato —su lema personal recuerda al del Cándido de Voltaire: “todo lo que sucede es lo mejor”—, salió a conseguir financiación para el proyecto. Después de fracasar en la búsqueda de “inversores ángeles” tradicionales, entró en contacto con los miembros de Empresores.com, una activa comunidad de seguidores en la Argentina del gurú de las finanzas personales Robert Kiyosaki.
Fue como juntar la chispa y la mecha. Tras contarles del proyecto y organizar una reunión informativa en su fábrica de La Paternal, Bravo consiguió en diciembre de 2007 reclutar a los primeros 35 socios, en su mayoría jóvenes estudiantes y profesionales, que aportaron cada uno entre US$ 2.000 y 3.000. En los meses subsiguientes, el emprendedor decidió diversificar “para disminuir el riesgo del grupo” y largó tres nuevas empresas para desarrollar eventos deportivos, teléfonos celulares y emprendimientos inmobiliarios. Un año y medio después, los socios de la aventura ya rozan los trescientos y el valor de la acción creció un 2.500 por ciento, desde US$ 2,40 hasta 60. Los primeros autos, bautizados Nach One, salen a la venta el año próximo, con un valor de US$ 25.000. “Kiyosaki me cambió la vida”, enfatiza el director de Bravo Motor Company. “Si los socios no lo hubieran leído, jamás hubieran invertido en un proyecto de riesgo como el mío”. Si el negocio marcha como sueñan, todos ellos van a ser ricos. O, en el “mantra” de los acólitos de Kiyosaki, habrán alcanzado la ansiada “libertad financiera”.
Por estos días, Bravo y sus socios van a conocer en persona a Kiyosaki, quien hace una escala de sus vacaciones en la Patagonia para dar su primera conferencia en la Argentina. Nacido en Hawai en 1947, Kiyosaki adquirió fama mundial y cosechó millones con la publicación, en 1997, de “Padre rico, padre pobre”: un libro de educación financiera básica donde plantea estrategias movilizadoras, aunque en rigor inespecíficas, para ganar dinero y hacerse rico. Se publicó en 51 idiomas y vendió 28 millones de copias.

Acceder a las palabras de Kiyosaki, deslizan sus adeptos, produce una suerte de epifanía. “Su filosofía le cambia la cabeza al 90 por ciento de la gente que lo lee”, sostiene el contador Oscar Uncal, un socio de Bravo. El licenciado en publicidad Mariano Cabrera Lanfranconi (23), administrador de Empresores.com, tenía 17 años cuando se devoró “Padre rico, padre pobre” en cuatro días. Y afirma que desde entonces empezó a ver la vida con otros ojos. “Quedé fascinado”, recuerda. Cabrera Lanfranconi sostiene que comprendió entonces que el futuro no se reduce a estudiar duro, conseguir un empleo y jubilarse, sino que conviene tener otros ingresos para no depender el 100 por ciento del sueldo.
Hasta ahora, el mensaje no suena muy distinto a la clásica aspiración del pequeño burgués argentino: vivir de las rentas. La diferencia es que Kiyosaki sostiene que “todos tenemos un rico adentro” y solamente se requiere disciplina y conocimientos financieros para sacarlo afuera. Y cuando habla de educación, no se refiere a tener un MBA o un doctorado, sino a la calle. “Educación es lo que uno aprende cuando deja la escuela”, respondió días atrás en una entrevista de Time.com. De acuerdo al especialista, las universidades son buenas para la formación de una persona, pero no tanto para los negocios.
“Saber en qué y cómo invertir no se logra con recetas de sobrecitos de azúcar”, suscribe Cristian Abbratte, un licenciado en administración y magíster en consultoría de empresas que dirige la Escuela de Riqueza, un club asociado de la organización de Kiyosaki (Rich Dad) en Argentina.
En su ópera magna, Kiyosaki cuenta la historia de sus dos padres. El biológico, el “pobre”, un doctor en educación de la Universidad de Stanford, que alcanzó un alto puesto en el gobierno de Hawai pero (¡horror!) nunca logró independizarse de su salario mensual y murió empobrecido. El otro, el “rico”, el padre millonario de un amigo, que le alumbró el camino para transformarse en un inversionista exitoso.
Algunos detractores de Kiyosaki, como el bloguero John T. Reed, sugieren que ese mentor adinerado sólo existió en la imaginación del autor. Kiyosaki nunca reveló su identidad y lo único que señala es que ya murió, como su padre biológico. “Si hubiera escrito el libro cuando mi papá real vivía, ¡me hubiera asesinado!”, agrega.
El Kiyosaki básico ilustrado trae otros principios. El quebranto puede ser el punto de partida del éxito personal. “Perdí todo tres veces, pero fueron las mejores experiencias de mi vida”, pregona. No hay que tener aversión al paso en falso. En todo caso, el autor sugiere que no se invierta más que aquel monto que —en caso de perderse— cambiaría el estilo de vida que se lleva.
Otro mandato de Kiyosaki es librarse de lo que llama “la carrera de la rata”: el empleo asalariado. Su padre pobre le decía: “Tenés que ir al colegio para conseguir un buen trabajo”. El rico, en cambio, le explicaba que “si querés ser rico, nunca consigas un trabajo”. El objetivo es que el dinero trabaje para uno, y no que uno deba trabajar para obtenerlo, predica.
Kiyosaki inventó un juego, el Cashflow, una especie de “Monopoly” donde los participantes deben escapar de una pista que atrapa a la mayoría de la gente, la “carrera de la rata” (trabajar, cobrar sueldo y pagar las cuentas), para entrar en la pista rápida de las inversiones, los negocios y las rentas inmobiliarias que producen cash y conducen a la libertad financiera. El juego, dicen, enseña a leer el mercado, a estudiar oportunidades y asumir o no riesgos. “¡No tiene desperdicio!”, asegura Cabrera Lanfranconi en su blog Inteligencia Financiera. “Quizás se sienta grande para juegos, pero es un retrato de la vida misma”.Aunque invertir en la vida misma, sobre todo en nuevos emprendimientos, es distinto a mover fichas sobre un tablero. Bravo lo reconoce. Según estadísticas internacionales, el 93 por ciento de los start-ups fracasa en la etapa de capital de riesgo. Y sólo un 7 por ciento logra un retorno del 30 al 50 por ciento anual en una estadía promedio de cinco años. El punto es definir qué significa “sacar provecho”. “Si ganás festejás. Y si perdés, te queda una experiencia valiosa que sale más barato que un MBA”, compara Bravo, quien también es investigador en la Facultad de Arquitectura en la UBA.
No obstante, más allá de los sinsabores ocasionales, los seguidores de Kiyosaki sienten que la fortuna los espera al final del camino. Ariel Martínez, técnico electrónico y director de Empresores.com, sostiene que las reglas de Kiyosaki son tan básicas como “mágicas”. “Si uno aprende a aplicarlas, interiorizarlas y hacerlas parte de uno, casi todo lo que uno haga tendrá grandes posibilidades de éxito”, afirma. Y recuerda una cita de su referente, la versión “kiyosakiana” del dilema filosófico del dinero y la felicidad: “Fui feliz e infeliz siendo tanto pobre como rico, pero puedo asegurarles que cuando fui pobre e infeliz fui mucho más infeliz que cuando era rico e infeliz”.
¿Hay evidencias de que los consejos del gurú funcionen? Las opiniones son dispares y no existe un estudio controlado que compare la evolución patrimonial de los lectores fieles de “Padre rico, padre pobre” y sus múltiples secuelas con la de quienes jamás siguieron sus propuestas. Para el analista financiero argentino Marcelo Elbaum, autor de “Hombre rico, hombre pobre” y “Ser rico es posible”, los libros de Kiyosaki están hechos para un público estadounidense y no son aplicables a nuestra cultura. “Es un gran marketinero”, lo minimiza (ver pág. 32).
El director de la maestría y el major en Finanzas de la Universidad de San Andrés, Gabriel Basaluzzo, rescata de Kiyosaki su intento de inspirar cierta disciplina financiera, no pensar tanto en el consumo y en cambio ahorrar para invertir. Sin embargo, considera que otros de sus postulados son erróneos. “Que la persona que trabaja dentro de una compañía no puede ser rico es falso, y tampoco es cierto que a un emprendedor siempre le va bien”, sostiene.
Para Basaluzzo, es verdad que algunas personas tienen cierto espíritu o “fuego sagrado” para los negocios y pueden prosperar sin una educación superior. Pero la universidad es efectiva para “moldear” las condiciones innatas o brindar herramientas que fomenten la actitud emprendedora.
“Por supuesto, una escuela de negocios que brinde sólo conocimientos teóricos no va a ser útil en el mundo real. En eso Kiyosaki tiene razón”, acepta, en tanto, Carlos Steiger, decano de la Escuela de Negocios de la Universidad de Belgrano. “Pero hay que encontrar el equilibrio. Quien sólo se basa en el olfato o la práctica, puede acertar como en la ruleta. Y en el largo plazo está demostrado que no va a tener herramientas para lograr un crecimiento sustentable”.
Otra tormenta más reciente sobre el ideario de Kiyosaki fue el derrumbe de las hipotecas en Estados Unidos y la crisis económica global. Para los críticos, el gurú se equivocó al recomendar invertir en bienes raíces cuya cotización se desplomó, o alentar el cuentapropismo cuando la mayoría de las empresas y personas debió recortar gastos. Elbaum, sarcástico, dice que todavía está esperando que Kiyosaki explique qué hacer ahora con los negocios de real state que promueve.
Pero Kiyosaki y sus adeptos esquivan prestos las balas. Y aseguran que la crisis en EE. UU. no la originó la inversión razonada, sino la falta de disciplina y el afán desmedido de ganancias fáciles. “A la gente que invirtió en propiedades para tener una renta mensual en efectivo todavía le va bien”, sostiene el autor. El lunes 27, en un diálogo con periodistas en un hotel porteño con vista panorámica a la villa 31 de Retiro (“sin educación financiera, la Argentina tendrá cada vez más villas miseria”, pronosticó), Kiyosaki se mostró pesimista respecto de la crisis financiera global. “La situación se va a poner peor. En cinco años, Estados Unidos será tan pobre como un país del tercer mundo”, avizoró. También criticó a Cristina Kirchner por la falta de estímulo al campo y la nacionalización de las AFJP, desalentó la compra de dólares y recomendó en cambio optar por el oro y la plata. “En diez años la onza de plata va a subir de US$ 15 a 1.000”, predijo.
El jueves 30, cuando Kiyosaki dé su conferencia en el Gran Rex, uno de los espectadores va a ser Fernando Bliman. Abogado y consultor en real estate, Bliman sostiene que leer a Kiyosaki produce un efecto similar al de las pastillitas de Matrix: cuando uno conoce cómo funciona el mundo de las finanzas, ya no se puede volver a la ignorancia. En lo personal, le ayudó a sextuplicar sus ingresos. “La libertad financiera es lo que más me fascina”, dice. “Poder generar ingresos pasivos para mantener una calidad de vida y estar más tiempo con la familia”.
Bliman afirma vivir según la filosofía Kiyosaki, y que en lugar de pagar $ 180 para ver “El fantasma de la ópera” en Buenos Aires, prefiere usar ese dinero para registrar cuatro sitios web para sus emprendimientos. “Pero se queda sin ver ‘El fantasma...’”, acota este cronista. “En el futuro, lo voy a ver en Broadway. Ésa es la idea”, responde.
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