Veintitres // 31-03-10 // Vendedores de ilusiones
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31-03-2010 / Los fraudes científicos a lo largo de la historia y los hombres que los protagonizaron. A contramano del boom de la divulgación, Matías Alinovi cuenta casos fraudulentos. Ameghino, los ingleses, la santificación y los nuevos engaños universales.
Por Raquel Roberti
Es licenciado en física pero prefiere escribir. En estos días está terminando una traducción de un libro de Galileo, Dos lecciones infernales, que habla sobre el infierno que imaginó Dante. Aunque confiesa que le gustaría dedicarse a la ficción, Matías Alinovi, físico de 37 años, es autor de La historia de la energía y La historia de las epidemias (Capital Intelectual), y de
Historia universal de la infamia científica (Siglo Veintiuno). Desde la ilustración de Daniel Santoro –una ironía sobre el proyecto atómico de la isla barilochense Huemul durante la presidencia de Juan D. Perón– el último libro convoca la atención. La idea de que la ciencia puede ser fraudulenta va a contramano del boom de la divulgación científica. “El fraude plantea una reflexión más general sobre la ciencia, sus métodos y sus motivaciones –explica Alinovi–. Me molesta la idea de que algo demostrado científicamente es verdadero, como si no fuera una experiencia humana. La divulgación científica, planteada con casos literarios, puede servir para hablar sobre las tradiciones de la ciencia. Si hablo de la física de la pelota, el fútbol es más interesante. Si transmito la idea de que los objetivos de la ciencia son enormes y que su importancia estratégica es definitiva, convoco a algo grande.”
Tan grande como la estatura de Florentino Ameghino en el marco histórico del país. Alinovi relata en su libro cómo la primera gran figura de la ciencia nacional y la que alcanzó mayor proyección internacional, propuso que el origen del hombre estaba en la Argentina, más precisamente en Miramar.
–Suena un tanto descabellado...
–Pero no lo es. La investigación de Florentino parte de una idea previa, y el objetivo es parecido al de otras paleontologías. En ciencia no importa de dónde se viene ni qué se propone, sino cómo lo hace y si se atiene al método científico y la evidencia material. Florentino se planteó eso como cualquier otra cosa, y está bien, el problema es que después se obnubiló teóricamente, las evidencias no corroboraron lo que él creyó al principio.
–¿Por qué se le ocurrió esa idea?
–Había nacido en Luján, cerca de un arroyo, donde empezó a desenterrar fósiles. Ahí encontró la megafauna típica de la pampa argentina, los impresionantes megaterios. Las paleontologías nacionales daban sus primeros pasos y publicó algunas cosas que fueron acogidas con interés en Europa. Ahí se le ocurrió que si esa megafauna había existido en territorio argentino y era muy antigua, quizá también lo era el hombre argentino. Y se propuso profundizar esa conexión basado en los descubrimientos de Charles Darwin: el hombre procede de los primeros mamíferos placentarios, que también son muy antiguos en América... Esa es una convicción del joven Florentino sobre la que no tenemos nada que objetar. En 1878 escribió La antigüedad del hombre en el Plata, con el cual creyó demostrar que el hombre emigró a Europa desde Sudamérica. Fue a Europa con una colección de fósiles que lo consagró como un gran paleontólogo internacional y se abocó a demostrar, de una mejor manera, que el hombre era argentino.
–¿Cuál era esa mejor manera?
–Buscar las evidencias en el terreno. Con el método de Georges Cuvier, el francés que a partir de los restos óseos de animales extinguidos estableció la edad geológica de las capas de terreno, estableció la estratigrafía argentina. Pero tenía que adaptarlo porque las capas alrededor de París no son iguales a las de aquí; les asignó antigüedad y nombre y a partir de esa seguridad, dijo: “Ahora voy a demostrar, además, que el hombre es argentino”. Fue un pionero y creo que siempre tuvo la idea de estar cumpliendo una misión. Nosotros, argentinos modernos, podríamos reprocharle lo desmesurado de esa misión, preguntarle cómo se le ocurrió hablar de “El hombre de Miramar”, pero la verdad es que se les ocurrió a todos los paleontólogos del mundo.
–¿Cómo se descartó la teoría de Florentino?
–No se descartó. Los huesos que había presentado Ameghino estaban enterrados en un terreno datado según la estratigrafía que él había establecido, pero estaba desplazada en el tiempo. Florentino creía que era más antiguo de lo que realmente era. Por eso consideró que esos toxodontes de las barrancas de Miramar habían vivido hace dos millones de años, cuando se extinguieron hace diez mil y pudieron convivir con el hombre. No hubo que descartar la teoría como fraudulenta, se entendió que la estratigrafía era errónea.
–¿Ningún hueso podía atribuirse a ese hombre primigenio?
–Ninguno. En Filogenia, Florentino trazó un árbol genealógico de la humanidad en el que estableció, a priori, cuatro escalones evolutivos del hombre en la Argentina que llamó tetraprotomo, triprotomo, diprotomo, protomo y homo. Lo más increíble es que buscó las evidencias de esos homínidos y los encontró. Del tetraprotomo, un fémur y una vértebra cervical, pero en Berlín le dijeron que el fémur era de felino y que la vértebra era de un indio pampa. Algo parecido le pasó con los otros. Con evidencias materiales de hace diez mil años, construyó evidencia para demostrar lo que creía, porque estaba obnubilado. Pero además, encontraba huesos de hombre junto a los de mulitas gigantes, que naturalmente se ven como muy antiguas. Es difícil entender que convivieron con los indios. Hace diez mil años, Europa era igual que ahora, por eso la vida de Florentino fue una adaptación de ideas europeas. Lo grande es que lo hizo con intención argentina.
–¿Se aceptó en algún momento a nivel internacional la teoría de Ameghino?
–Vivió en un período en que la paleontología organizaba árboles genealógicos de la humanidad, la discusión estaba abierta y la suya era una voz importante en el concierto internacional. Es decir, sí. Pero en su vejez, la confianza en sus trabajos se fue opacando y se apagó. En el ápice de su vida, el origen del hombre podría haber sido argentino, aunque las otras paleontologías intentaban demostrar que era inglés o europeo, y acabaron demostrando que era de África, un lugar que nadie se había propuesto.
–Cuando murió Florentino, su hermano Carlos insistió en la idea, ¿fue intencional?
–Es difícil de saber. Carlos consideraba que su hermano había dado numerosas evidencias de que la humanidad era argentina y continuó con su obra. Hay algún episodio de tinte fraudulento, pero menor, con estos hallazgos de Miramar en los que se fuerzan un poco las cosas. Es como si hubiera dicho: “Vamos a desenterrar la evidencia que los haga callar a todos”. Busca la ayuda de Parodi, personaje extraordinario, inmigrante italiano, que excava y encuentra distintas cosas, dudosas. Literariamente, centro ahí la historia, pero científicamente no es importante. Florentino ya había muerto y había trabajado 30 años sin fraude.
–Parodi es increíble y medio chanta...
–Está contado por las publicaciones en los anales de la Sociedad Científica Argentina integrada, en esos años, por hombres de familias adineradas que desarrollaban la ciencia argentina y veían a Parodi y Ameghino como advenedizos. Lo describen como astuto, analfabeto y mentiroso porque era genovés.
–¿Cuáles son los nuevos fraudes?
–En general, están enmarcados en el mandato de la publicación de la ciencia moderna. Las revistas científicas se convirtieron en el último tribunal, si se publica es certero. El coreano Hwang Woo Suk publicó un trabajo fraudulento sobre clonación animal en 2006. El fraude actual es peor que el de hace 50 años porque no está construyendo nada. Habría que preguntarse por qué científicos de trayectoria publican algo delirante. Supongo que es porque efectivamente están a la vanguardia y creen que tarde o temprano ese descubrimiento va a ocurrir e intentan adelantarse. No hay tanta manipulación real de evidencias porque es cada vez más difícil.
–¿Qué otro fraude recuerda?
–El de un psicólogo inglés, Cyril Burt, que supuestamente estudió a cientos de niños para determinar cuáles eran más inteligentes, y propuso una cantidad de cambios, aceptados por la escuela británica, para mitigar esas diferencias. En escritos que se encontraron después de su muerte, él mismo contaba que todas esas muestras eran inventadas. Pero quizás el más llamativo sea el proceso de santificación. Para ser santo el candidato pasa por diversas categorías, y para saltar de una a otra, hay que presentar milagros que son evaluados por una comisión en la que intervienen, entre otros, algunos médicos. En tanto que se juntan para certificar que algo fue un milagro, que ocurrió en base a leyes que no son las que rigen el universo, es un fraude científico. Son fraudes periódicos y modernos. El dolo es manipular las evidencias, porque dicen, por ejemplo, que alguien se curó por milagro, pero en todo caso las evidencias dicen que no se sabe por qué se curó. Es dolo porque son científicos y no se puede validar la fe por la ciencia.
Agradecimiento: Museo de Ciencias Naturales Bernardino Rivadavia.
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