Veintitres // 08-04-09 // La revancha racista contra el Mundial 2010

Publicado en por Opiniones Creadas

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El país está en alerta por el asesinato de un agitador ultraderechista. A dos meses del comienzo del torneo, vuelve a estallar el conflicto racial. Los seguidores del asesinado Eugene Terreblanche prometen venganza y el gobierno de Jacob Zuma está preocupado, y con razón.

 

Por Alfredo Grieco y Bavio

Apenas diez semanas antes de que arranque el primer Mundial de fútbol en suelo africano, la nación más rica del continente y el país que superó el régimen de segregación racial enfrenta algo que puede llamarse el retorno de lo reprimido. En la superficie, son de nuevo malas noticias sobre la violencia y el conflicto entre blancos y negros en la República Sudafricana. El brutal asesinato de un agitador ultraderechista afrikaner (blanco que habla afrikaans, una lengua descendiente del holandés) ha removido una vez más los cimientos de la “nación del arco iris” multirracial. Eugene Terreblanche (literalmente, “bien nacido” y “Tierra blanca”) predicaba la supremacía de la raza blanca y era el máximo defensor abierto, en la actualidad, del apartheid. Murió en una disputa salarial de sus empleados en una de sus explotaciones agrarias. Sus seguidores han jurado venganza, y han prometido aniquilar el gran triunfo que buscaba ser el Mundial de este año.

El presidente Jacob Zuma se preocupa, y con razón, por las sombras que puedan arrojar el asesinato y sus consecuencias sobre el primer Mundial de fútbol que se celebra en tierra africana. La muerte de Terreblanche vuelve a abrir las heridas en una sociedad que tan sólo 16 años atrás acabó con el régimen del apartheid. Y amenaza además la imagen un tanto idílica de una Sudáfrica pacífica y reconciliada, que justo ahora pretende atraer a miles de turistas de cara a la copa de fútbol que se jugará en junio y julio.

Cuando dos trabajadores mataron con un machete y un palo, según la policía, al granjero ultraderechista de 69 años, probablemente no anticipaban el terremoto político que podían desencadenar. Los atacantes, jóvenes de 15 y 21 años, sellaron con una muerte su discusión con Eugene Terreblanche sobre su salario. El mundo que vendrá al Mundial se entera así de que es la misma forma con que se dirimen muchos diferendos en el país extremo africano: con violencia. La tasa de asesinatos de Sudáfrica es entre un 20 y un 30 por ciento más alta que en Europa occidental.

Otro elemento empaña también a la joven democracia sudafricana. La sociedad sigue sufriendo la tensión interracial de manera que no puede cuestionarse. Y esto a pesar de todas las políticas de reconciliación del Premio Nobel de la Paz Nelson Mandela, cuya voz ya apenas se escucha debido a su edad nonagenaria.

Al menos para la oposición, el principal instigador del actual contexto de “guerra racial” tiene nombre y apellido oficialista. Poco después del asesinato del líder supremacista blanco, los principales grupos de la oposición relacionaron los discursos “incendiarios” de Julius Malema, el secretario general de las juventudes del partido de gobierno, con lo que fue un violento ataque de trabajadores negros contra un granjero blanco.

Malema, un importante aliado de Zuma, no sólo exige la nacionalización de la industria minera o la expropiación de tierras, sino que pide también que se vuelva a cantar la “tradicional canción combativa” del ANC (Congreso Nacional Africano, el partido gobernante desde 1994), en la que se clama por la muerte de los Bóer: Kill the Boer (Mata al –granjero– Bóer).

La semana pasada el político sudafricano visitó Zimbabwe como invitado del ZANU-PF, el partido del octogenario presidente Robert Mugabe, quien –además someter con puño de hierro el país– ha promovido las expropiaciones forzosas de granjeros blancos así como de empresas cuyos dueños son blancos. Malema es un personaje temido por los cerca de nueve millones de blancos y asiáticos que viven en Sudáfrica y que desde 1948 eran los favorecidos por el apartheid. Miedo a que el protegido del presidente sea el precursor de una Sudáfrica en la que los negros se apropien del poder y arruinen el país, tal como hizo Mugabe en una Zimbabwe (la ex Rodhesia del Imperio Británico) que dejó de ser una próspera nación tabacalera y minera, vecina justamente de Sudáfrica.
Para Sudáfrica, no obstante, hay ahora una cuenta regresiva que parece importar más que cualquier otra: los días y semanas que faltan para el Mundial. El asesinato de Terreblanche, tan casual que parece un golpe de teatro, llegó con puntualidad para ensombrecer esa fecha. El Afrikaner Weerstands Beweging (Movimiento de Resistencia Afrikaner, AWB), que lideraba el carismático Terreblanche, ya juró que habrá “venganza”. Con un símbolo que asemeja la esvástica nazi, la organización ya ha mostrado en varias ocasiones que sus amenazas saben ir con eficacia más allá del discurso verbal. Al presidente Zuma se le agolpan las preocupaciones. En los barrios más desfavorecidos de las ciudades, la atmósfera se enrarece. Como otro símbolo, hay montañas de basura que no se han retirado, mientras tampoco llegan muchas ayudas prometidas y los servicios sociales siguen en deterioro.

También Chile se blanquea los dientes

 

Durante los últimos años del apartheid, el régimen sudafricano sufría un ostracismo diplomático casi universal. Entre los países que no excluían de su amistad al Estado constitucionalmente racista se contaba el Chile pinochetista. Esta semana, el gobierno del presidente chileno Sebastián Piñera apoyó sin condiciones al recién nombrado jefe de la guardia de prisiones, el ex policía Iván Andrusco, luego de que fuera vinculado a un crimen de lesa humanidad por organismos de derechos humanos. La portavoz del gobierno, Ena von Baer, instó a los denunciantes a acudir a la Justicia para zanjar el tema. En particular, desafió al presidente de la Comisión de Hacienda de la Cámara de Diputados, el abogado de derechos humanos Hugo Gutiérrez: “Si el señor Gutiérrez tiene algún antecedente serio, nosotros le pedimos que se dirija a tribunales”. El conflicto estalló luego de que Gutiérrez pidiera la cabeza de Andrusco, vinculándolo al asesinato en 1985 de tres profesionales de izquierda en la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990). No es la primera denuncia contra el gobierno derechista chileno actual. Otra fue la del gobernador de Bíobio, José Steigmeier, quien fue alejado del cargo antes de que asumiera, luego de ser vinculado a una secta pedófila.

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