Revista Debate // 23-06-10 // Ocho años después

Publicado en por Opiniones Creadas

Por Marcelo Capurro
 
Kosteki y Santillán, Gualeguaychú y un país sin represión
 
El sábado que viene, 26 de junio, se  cumplirán ocho años de los asesinatos de los militantes sociales Maximiliano Kosteki y Darío Santillán.
El hecho, como se recuerda, ocurrió en la estación Avellaneda, del ex ferrocarril Roca, y sus autores materiales fueron un comisario y un suboficial de la Policía Bonaerense, ambos ya condenados a prisión perpetua. Los autores ideológicos fueron legión.
El origen de los hechos estuvo en un corte del tránsito en el Puente Pueyrredón, el repliegue de los militantes perseguidos por la policía hacia la locación ferroviaria mencionada y el posterior ingreso de los efectivos en esas instalaciones.
En lugar de las balas de goma que se suelen usar en estos casos, los bonaerenses de este relato cargaron plomos con el propósito -se probó en el juicio gracias a testigos presenciales- de matar (cargarse, habría sido el verbo empleado) a un par de estos negros.
Desde ese día aciago -que, dicho sea de paso, precipìtó la salida de Eduardo Duhalde de la Casa Rosada y la presurosa convocatoria a elecciones presidenciales-, la memoria de estos dos jóvenes, muertos a los 25 y a los 21 años, se aparece en sueños a todo aquel que evalúe aplicar algún tipo de represión en la Argentina.
Tanto el gobierno de Néstor Kirchner como el actual de Cristina Fernández han hecho culto de la no represión de la protesta callejera.
Y esto -es imprescindible subrayarlo- pese a los miles de reclamos de la oposición, tanto de derecha como de centro, expresados con frases que van desde el algo hay que hacer, porque así no se puede seguir hasta un si no se meten palos y se liquida unos cuantos negros, esto no se resuelve. En esto, la izquierda más izquierda no se anota.
Afortunadamente, ni Kirchner marido ni Kirchner mujer cedieron a la demanda de extremo rigor.
Continuaron las manifestaciones y las interrupciones del tránsito de vehículos y, en mucho menor medida, los cortes ruteros que, vale decirlo, fueron cómodamente liderados por la protesta campesina antigobierno y por el bloqueo del puente Gualeguaychú-Fray Bentos.
Tiraran de la derecha o tiraran de la izquierda, en una paráfrasis de Perón, desde 2003 hasta hoy no hubo ni muertos ni heridos graves en choques entre policías y militantes, con la única excepción del maestro Fuentealba, abatido en Neuquén bajo el gobierno de Jorge Sobisch.
Néstor Kirchner definió una vez que el problema piquetero “no se resuelve con palos”, y Cristina Fernández, muy recientemente y hablando del caso entrerriano ante el presidente uruguayo José Mujica, afirmó que la represión no está en su ADN.
En la noche del miércoles 16, en el recinto del Club Frigorífico, en Gualeguaychú, una mayoría de asambleístas decidió pacíficamente el levantamiento del corte del puente internacional.
Todo lo que pasó está en los diarios.
Y todo lo que pase dependerá de los gobiernos, de la diplomacia, del sentido común de los vecinos y de la empresa privada comprometida en el tema.
Ya que hemos llegado hasta aquí sin represión, hay que preguntarse si alguno de los políticos y periodistas que predicaron tres años y medio en favor de expulsar de la ruta 136, por la fuerza, a los asambleístas, será capaz de reconocer que valió la pena esperar.
Me atrevo a asegurar que no.
De todos modos, en el fondo, no es lo que interesa.
Lo importante es que este balance a favor de la paz y de la vida permite concluir que las muertes de Kosteki y Santillán sirvieron para que algo cambiara.
Y algo cambió.


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