Revista Debate// 16-03-10 // El fantasma de Marx
Por Gustavo
Marangoni A 127 años de su muerte, su obra conserva contemporaneidad y algunas de sus tesis se convierten en necesarias para pensar el mundo de hoyEl 14 de marzo se cumple el aniversario 127 de la muerte de Carlos Marx.
Su espíritu sigue recorriendo el mundo. Su fantasma ya no es el de antes, pero continúa dando que hablar. Y también sigue interpelando al capitalismo. Ya no con la fuerza para hacerlo temblar, porque la utopía comunista quedó definitivamente enterrada bajo los escombros del Muro de Berlín y desmembrada junto con la ex Unión Soviética, pero sí con la capacidad incisiva de quien sabe aun indagar en la esencia de la lógica que rige los destinos del planeta.
Muchos aspectos de su descripción del funcionamiento del sistema económico mantienen una contemporaneidad y merecen una relectura. Basta con acudir al Manifiesto Comunista para dar cuenta de ello: “La burguesía no puede existir sino a condición de revolucionar incisivamente los instrumentos de producción y, por consiguiente, las relaciones de producción y con ello todas las relaciones sociales”. Cualquier parecido con la actualidad no es casualidad alguna.
De la Revolución Industrial a la digital, muchas cosas han cambiado, pero no la innovación incesante, el afán de lucro como móvil dominante y el carácter sagrado reservado únicamente para la propiedad privada. Porque, como afirmaba el filósofo de Treveris, bajo el imperio del capital: “Todas las relaciones estancadas y enmohecidas con su cortejo de creencias y de ideas veneradas durante siglos quedan rotas, las nuevas se hacen añejas antes de llegar a osificarse. Todo lo que se creía permanente y perenne se esfuma, lo santo es profanado y, al fin, el hombre se ve constreñido, por la fuerza de las cosas, a contemplar con mirada fría su vida y sus relaciones con los demás”.
Sí, aunque cueste creerlo, estos párrafos datan de 1848.
Murió. Pero vive. Porque Marx pensó el capitalismo como ninguno hasta entonces y como pocos hasta ahora. Descubrió en su estructura una liberación de las alienaciones de los sistemas anteriores. Bregó por el librecambio y la globalización, para así establecer un capitalismo universal al que veía como paso previo al establecimiento de la revolución proletaria. El fracaso de sus utopías al respecto (y la desgraciada experiencia denominada, eufemísticamente, socialismo real) no invalida la vigencia de su lectura para comprender (e intentar limitar) un sistema que “no deja subsistir otro vínculo entre los hombres que el frío interés, el cruel pago al contado”.
De todas sus obras, la que tuvo más influencia no ha sido El Capital, su trabajo cúlmine, sino el Manifiesto Comunista, un encargo elaborado en días que se convirtió en un “evangelio” para el trabajador, en un mundo en el que no existían derechos ni oportunidades para los asalariados.
Marx, con sus 29 años, traía esperanzas con palabras que se mostraban comprensibles y redentoras. Esa obra, (“la” obra), estaría llamada a ser el texto político, económico y social más influyente por más de un siglo, al definir a los trabajadores como una unidad que debía conquistar el poder político para elevar, junto a su propia condición, el destino de la humanidad toda. Comprendió a la mayoría explotada como una fuerza que debía comenzar a pensarse a sí misma y como un grupo que era lo suficientemente importante como para acelerar el curso de la historia hacia un estadio definitivo de justicia. Aun para las corrientes no adscriptas al socialismo científico, sus aportes fueron fundamentales para dar la organizada bienvenida a la era de las masas. El propio capitalismo debió darse un régimen de bienestar y el Estado reinterpretarse para ser algo más que una herramienta de la clase dominante. Ni el hegeliano Fin de la Historia, pregonado por Francis Fukuyama, quita fuerzas al fantasma que evocamos aquí. Porque, como el otro fantasma (el del muy argentino Quiroga) que evocara Sarmiento en su inmortal Facundo, hay espíritus que no descansan ni nos dejan hacerlo a nosotros. Nos fastidian, nunca aceptan su muerte ni su suerte. Y, con ello, nos prestan un gran servicio a todos.* Director de la Escuela de Ciencia Política de la Universidad del Salvador.
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