Revista Debate // 11-04-10 // Operativo reconciliación

Publicado en por Opiniones Creadas

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Por Luis Tonelli

 

El crecimiento en las encuestas y la estrategia de posicionamiento internacional de Néstor Kirchner para mejorar su imagen.

 

Las hojas con encuestas de toda índole rebalsaban la no tan pequeña mesa de la sala de reuniones de Olivos. Más del 70 por ciento de apoyo a la estatización de las jubilaciones. Igual número para la cuestionada Aerolíneas -“apoyan los que no viajan”, deslizó alguien, que fue inmediatamente fulminado con la mirada-. Apoyo casi absoluto a la Asignación Universal por Hijo. Apoyo al programa Fútbol para Todos.
Al fin de cuentas todos son kirchneristas”, exclamó un habitué de la mesa chica. “Sí, pero sólo una fracción de ellos dice que nos votaría. Hay que soldar esta brecha”, dijo otro. Así nacía el “Plan Reconciliación”. Reconciliación del Gobierno con los votantes que coincidían con el oficialismo y ya no lo hacen. Reconciliación entre cosmovisiones colectivas y cosmovisiones individuales dentro de ese vasto e indefinido espacio que suele denominarse progresismo.
El kirchnerismo es consciente de que durante el conflicto con el “campo” el círculo virtuoso que significa exhibir capacidad de gobierno con altos índices de apoyo en la opinión pública, y alto nivel de confianza de los agentes económicos, se rompió. Mucho de ello tuvo que ver con el comienzo de otra beligerancia, esta vez con la corporación empresarial mediática más importante de la Argentina.
Tampoco demostró un cambio de tendencia la audacia que significó, en su momento, el llamado al consenso que naturalmente irradiaba la gramática de un “gobierno dividido”, y la apuesta por la saturación y cansancio popular que genera un “gobierno bloqueado”. A lo sumo, la táctica del conflicto, el clinch institucional, la judicialización de la política hacía que también los pulcros opositores se hundieran en el barro de la confrontación permanente. Y, encima, sin poder evitar una demostración impúdica de su impotencia para cumplir con su promesa electoral de “gobierno del Congreso”.
El kirchnerismo necesitaba algo más y la cuestión representaba una cuadratura del círculo. ¿Cómo mejorar la imagen pública sin mostrar debilidad? Esa señal que espera, desde la derrota electoral de Kirchner en la provincia de Buenos Aires, ese conato de impaciencia que es el peronismo disidente.
La pregunta, que no tenía resolución dentro del contexto en que era planteada, encontró un atisbo de respuesta ante el consejo marechaliano de que de los laberintos se sale por arriba, o por lo menos con la incorporación de las relaciones internacionales a la ecuación.
El Plan Reconciliación se apoya entonces, primordialmente, en acrecentar la figura de Néstor Kirchner en términos internacionales, con el fin de neutralizar algunas críticas que por no haber tenido las contramedidas pertinentes desde el oficialismo se han transformado en verdades.
Por ejemplo, la de que el país se encuentra aislado, especie que tuvo abono nada más que a las pocas horas de asumir Cristina Fernández cuando su predicada normalización de las relaciones con Washington se vino abajo con el episodio, todavía no aclarado, de la valija de Antonini Wilson.
Al Plan Reconciliación no le fue ajena la visita relámpago e imprevista de nada menos que del presidente de Uruguay. Un primer mandatario, por más campechano que sea, no cruza el charco sólo por tomar un mate con su colega presidenta y nada más, cuando lo hacen tan rico allí en Montevideo.
El anuncio, al finalizar la reunión, permitió entrever por dónde venía la cosa: “Acataremos el fallo de la Corte de la Haya respecto a la papelera, cualquiera él sea”. Fallo que los bien informados dicen que no sentenciará la obligación de que Botnia levante campamento. Compromiso de la presidenta argentina, que en buen romance significará “hasta aquí llegamos”, postura que se extenderá a los asambleístas de Gualeguaychú, instándolos, de un modo u otro, a buscar otra forma de protesta que no sean los cortes de ruta.

Pero ese acuerdo de coyuntura se basa en algo más profundo, que quizás estuvo en la base de la escalada y mantenimiento de los cortes: el incumplimiento de Tabaré Vázquez de la promesa de acompañar el incipiente realineamiento latinoamericano liderado por Brasil y la Argentina. Si Brasil era clave en la contención de Venezuela y Bolivia, la Argentina lo era para el cambio en la tradición uruguaya de recrear el virreinato del Río de la Plata -súbdito de la nueva Madrid, Washington- y en contra del neoimperio lusitano, Brasil.
Tabaré, pese al apoyo clave del kirchnerismo durante la campaña electoral que lo llevó la presidencia, prefirió resguardarse en el consejo de notables de los ex presidentes orientales y seguir en esa inercia geopolítica antes que pretender dar el gran salto. Cosa a la que ahora estaría dispuesto el “Pepe” Mujica, que para los componentes más tibios del Frente Amplio se está develando como una especie de Juan XXIII, al que muchos consideraban que iba a ejercer un papado de transición y de reconocimiento, y terminó transformándose en el más progresista e innovador de todos los papas.  
Alineamiento de Mujica que, encima, viene precedido por los elogios que todo el establishment argentino hizo de su discurso para seducir a los inversores en el Conrad de Punta del Este. Aunque nadie se detuvo a reparar que Uruguay no tiene más remedio que depender de las inversiones extranjeras, ya que su estructura primaria y su escuálido mercado interno así lo demandan. Caso diferente de la Argentina, donde se creció todos estos años a tasas chinas sin necesidad de inversión externa y apoyándose totalmente en el ahorro privado y en la inversión pública.
Pero la piedra de toque de toda esta estrategia de entendimiento regional es, ni más ni menos, que el levantamiento del veto que Uruguay mantenía a la candidatura de Néstor Kirchner a la presidencia de la Unasur. Desde el exterior, los comunicadores oficialistas buscarían de mil formas consolidar así un perfil de estadista para el ex presidente. De la misma manera que intentó construirlo antes Eduardo Duhalde, desde la presidencia de la Comisión de Representantes del Mercosur. 
Contribuiría este hecho a mostrarlo respetado por los presidentes en actividad del continente, y también sería muy funcional a la estrategia de permanecer alejado de la fricción permanente que significa la política cotidiana en la Argentina. Resulta destacable que, contra lo que muchos suponían, Néstor Kirchner no oficiara de primera espada contra los opositores en el Congreso, tarea que siguieron desempeñando sus habituales responsables, Agustín Rossi y Miguel Ángel Pichetto.
Desencantado con la postura que juzgan continuista en lo internacional de Barack Obama, el kirchnerismo apuntalaría la batería de proyectos de ley “progresistas” que dicen que se viene (matrimonio gay, aborto) para afianzar su alianza con sectores de la centroizquierda, con una renovada fe latinoamericanista.

Tal decisión no implicaría un choque frontal con los intereses estadounidenses sino todo lo contrario. La presidenta Cristina Fernández y el ex presidente Néstor Kirchner viajaron a Estados Unidos para asistir a la Cumbre sobre Seguridad Global Nuclear. Pero en un by pass a la Casa Blanca, que pareció más una estrategia alternativa que una opción de política exterior, los viajeros se reunieron con empresarios importantes, nada menos que doscientos socios de la American Chamber of Commerce, para dar una fuerte señal de que la administración K tiene continuidad. A su vez, antes de que la comitiva subiera al avión, la emblemática empresa Ford anunció inversiones en la Argentina por 1.000 millones de pesos.
Por supuesto, todo esto sucedió luego de que el juez neoyorquino Thomas Griesa embargara una cuenta argentina porque entendió que las reservas internacionales argentinas se habían trasformado en dinero del tesoro que puede ser, por lo tanto, incautado. Y también, después de que China manifestara que dejará de comprar aceite argentino por valor de 2.000 millones de dólares.
Pero la Operación Reconciliación está lanzada. Sólo que, como advertía Tu Sam, nada asegura que la prueba pueda fallar.

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