Newsweek // 18-11-09 // La psicopatía del jefe

Publicado en por Opiniones Creadas

18-11-2009 /  En la población general hay un uno por ciento de psicópatas, pero en las empresas la proporción se triplica. Y suelen ocupar los cargos jerárquicos. ¿Cómo identificarlos y sobrevivir a ellos? 
Por Mónica Soraci

En la cultura de las organizaciones, los ejecutivos que son carismáticos, decididos, implacables, imperturbables frente al estrés y orientados sólo a los resultados pueden tener más allanado el camino al éxito. El problema es que, como ironizaba Quino, su lema a veces es: “No se puede amasar una fortuna sin hacer harina de los demás”.  María Marta T., empleada de una multinacional en Buenos Aires, podría suscribirlo. Cada día amanece con angustia, porque su jefe, a veces encantador, casi siempre manipulador y hostil, “va poniendo el eje de su resentimiento según como se levante”, precisa. Otra de las víctimas admite que por lo menos una vez por semana sale llorando de la oficina de su jefe: “Me humilla, habla mal de mí, de todos. La vida acá es un suplicio”. Y añade que a veces, cuando llega a la esquina del edificio de la compañía, siente una opresión en el pecho y ganas de volver a su casa.

No son casos aislados. Como versiones en la vida real del señor Montgomery Burns, el propietario de la planta de energía nuclear de Springfield que hostiga a Homero Simpson, o Miranda Priestly, la despiadada editora de la revista Runway en “El diablo viste a la moda”, los jefes acosadores o “tóxicos” siguen prosperando en contextos laborales que —en teoría— propician estilos de liderazgo más horizontales y de mayor sensibilidad grupal. En la Argentina, una encuesta de la consultora Dale Carnegie reveló en 2005 que el maltrato de los superiores es responsable de un quinto de los casos de estrés laboral. Y en Estados Unidos, un estudio reciente muestra que un 37 por ciento de los trabajadores tiene jefes que les gritan, los menosprecian, sabotean su tarea o los pueden agredir de otra forma. Según evidencia creciente, muchos de estos jefes podrían reunir las características de “psicópatas”, aunque la palabra tradicionalmente se haya asociado más a los asesinos seriales que a los gerentes con traje y despacho.
El primero en alertar sobre la presencia de psicópatas exitosos en puestos jerárquicos fue Robert Hare, un psicólogo criminalista de 73 años y profesor emérito de la Universidad de Columbia Británica, en Canadá. Hare es el autor de la popular “Psychopathy Checklist”, un test de personalidad usado por profesionales en todo el mundo para evaluar y diagnosticar psicopatías. Hace pocos años, Hare simplificó la herramienta para permitir la detección de los “psicópatas corporativos”, cuyos rasgos centrales, asegura, son la mentira patológica, la manipulación, el engaño, el egocentrismo, la indiferencia al sufrimiento de los otros, la falta de remordimiento y la incapacidad de asumir responsabilidad por los propios actos. También pueden mostrarse seductores o encantadores, pero al final las víctimas se sienten usadas o traicionadas. Mientras en la población general se calcula que hay un uno por ciento de psicópatas, en las corporaciones la proporción puede llegar a un tres por ciento. “Donde se pueda obtener dinero, poder o prestigio, siempre habrá un psicópata bien vestido e inteligente que se desempeñará muy bien para conseguirlo”, sostiene Hare.    

La patología se subsume en las circunstancias. Y la cultura de las organizaciones puede avivar o crear el caldo propicio para que se exprese el rasgo individual. La psiquiatra y psicoanalista francesa Marie-France Hirigoyen, autora del libro “Acoso moral”, sostiene que en las empresas “en que los métodos de dirección son especialmente groseros y poco considerados, los individuos perversos se aprovechan del ambiente general ofensivo y poco respetuoso para hundir o perjudicar a un colega o subalterno”. Los psicópatas, sostienen otros expertos, también prosperan en ambientes empresarios turbulentos, como cuando hay reestructuraciones, recortes y fusiones. “El caos organizacional provee tanto la estimulación que busca el psicópata como la cobertura suficiente para sus manipulaciones y abusos”, resume en la revista “Fast Company” el psicólogo y consultor neoyorquino Paul Babiak, coautor junto a Hare del libro “Snakes In Suits: When Psychopaths Go To Work” (“Serpientes de traje: cuando los psicópatas van al trabajo”).  

Con extraordinaria cintura, los jefes psicópatas se ocupan de trasladar sus errores a sus colaboradores o subordinados. También suelen ser los responsables de casos que, con frecuencia creciente, analizan los psicólogos y sanciona la Justicia: acoso moral en el trabajo o “mobbing”. De todas maneras, el psicópata clásico no necesariamente ejerce violencia física, sino que opera de modos más sutiles. Y no todos los jefes acosadores son psicópatas. 

“El psicópata daña al otro. Tiene resentimiento y envidia: se considera con derecho a beneficios mayores, siente que la vida le está en deuda y que merece más, sin importarle lo que le pasa al otro”, resume Andrés Rascovsky, presidente de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA). Según el experto, los jefes psicópatas desarrollan una forma de especialización en el dominio del ambiente y llevan adelante, sin escrúpulos, sus deseos de poder y omnipotencia.

Ricardo Rubinstein, psiquiatra, psicoanalista y miembro de APA, destaca que un psicópata puede ser “muy seductor, agradable, y así consigue llevar a su víctima al terreno que busca: el de obtener beneficios a costa del otro”. Por otra parte, dice que evita las situaciones de confrontación porque no le conviene que se desarticule su juego. Elsa Wolfberg, presidenta del Capítulo de Psiquiatría Preventiva de la Asociación de Psiquiatras Argentinos, agrega que son narcisistas con toques antisociales y explotadores emocionales.

“Un psicópata sólo busca rédito personal”, puntualiza el psiquiatra y psicoanalista Harry Campos Cervera: “No establece un auténtico vínculo empático ni afectivo. Es injusto, déspota, abusador y desconsiderado”. Y su modo de actuar puede ser devastador. En el III Congreso Latinoamericano de Psicología del Trabajo, realizado en septiembre pasado en Buenos Aires, las psicólogas de la UBA Patricia Novo e Irene Scasserra presentaron el caso de M., de 38 años, empleada en un centro de entretenimiento y madre de un nene discapacitado de 11 que, tras un cambio de puesto, empezó a ser víctima de un supervisor del área de gastronomía. El jefe le ordenaba que “limpiara y relimpiara” el sector todo el día, le decía que su hijo tenía “problemitas” porque se parecía a ella, y le enviaba mensajes de texto para consultarle cuándo había tomado el colectivo, de modo tal de calcular su llegada. Para afuera, podía ser una persona “entradora” y sensible. 

Cuando M. decidió consultar a especialistas, estaba “desesperada, confundida y atemorizada”, recuerdan Novo y Scasserra. No son las únicas consecuencias. Otros estudios revelan que las víctimas de los jefes tóxicos sufren desde dolores de cabeza, contracturas y cansancio hasta taquicardia y arritmias. La reciente ola de suicidios en Telecom Francia, que afectó a 24 trabajadores en un año y medio, también se atribuyó a los efectos de distintas variantes de violencia laboral, incluyendo, quizás, la psicopatía corporativa. Alarmado, el presidente francés, Nicolas Sarkozy, llegó a pedir en septiembre que el mundo dejara de estar tan obsesionado por la producción y la cifra del PBI y que comenzara a adoptar un indicador de riqueza basado en el grado de bienestar de sus trabajadores, incluyendo beneficios sociales y tiempo libre.   

El humorista David Rottemberg, coautor del libro “Cómo sobrevivir a un jefe hijo de puta”, de Editorial Sudamericana, sostiene que el fenómeno está extendido. Cuenta que uno de los tantos jefes que le tocaron “en suerte” tenía una relación de amor-odio con él y otro compañero. “Siempre nos decía que nos había inventado, que era nuestro mentor, que todos los trabajos que conseguíamos eran gracias a su intervención”, comenta. Y si alguno de los dos conseguía un trabajo por fuera de su órbita, este hombre no les hablaba por 15 días. “Después se le pasaba, nos invitaba a comer y pagaba todo. ¿Para qué? Para martillarnos la cabeza otra vez con los mismos argumentos: todo se lo debíamos a él”. 
Mister Burns, implacable, se lo transparentó alguna vez a Homero: “¡Simpson!, quiero que sepa que el resto de mi vida lo dedicaré a que sus sueños no se hagan realidad”. Quizás de manera menos explícita, los jefes psicópatas anestesian cualquier reparo moral, recrean la intimidación e ignoran o disfrutan el tormento de sus subordinados. Belinda Board y Katarina Fritzon, científicas de la Universidad de Surrey, en el Reino Unido, realizaron un estudio para comprobar hasta dónde se pueden superponer las personalidades de jefes, pacientes psiquiátricos y criminales psicóticos. Y comprobaron que al menos tres de once desórdenes de personalidad son comunes en managers psicópatas y criminales perturbados.

Las anomalías compartidas resultaron ser el histrionismo, el egocentrismo, las mentiras y la capacidad de manipulación. Las expertas, quienes también observaron una alta incidencia de narcisismo, ostentación, falta de empatía con los demás y capacidad de explotar a otros, sostienen que la mayoría de los trastornos de personalidad está causada o potenciada por maltrato en los primeros años de vida, y en menor medida por la herencia genética.

Los especialistas coinciden. “Posiblemente estos sujetos hayan sido niños tratados con poca empatía o maltratados, con vínculos precarios en cuanto a estabilidad y sensibilidad emocional”, argumenta Wolfberg. “Tal vez sus padres no percibían que esos hijos sufrían, no le prestaban atención, y por esa razón de adultos tampoco registran el sufrimiento de otros”.

Rascovsky explica que el psicópata lleva adelante una reivindicación personal, a veces en forma de revancha o venganza sobre lo sucedido en su infancia, con un doble discurso y segundas intenciones. Con su actitud, dice, busca “compensar una fuerte herida o carencia y trauma infantiles”. Y añade que es una persona no comprometida con la verdad ni con su palabra, que en cambio tiende a la mentira y al engaño en propio beneficio.

Por supuesto, otros factores también contribuyen a transformar el ambiente laboral en una pesadilla. Un mes atrás, dos psicólogos de California revelaron en la revista “Psychological Science” que los jefes agresivos y abusadores surgen de una especie de cóctel letal: el poder mezclado con la incompetencia. Nathanael Fast, de la Universidad de California del Sur, y Serena Chan, de la Universidad de California en Berkeley, condujeron una serie de experimentos para confirmar la teoría. Y comprobaron que las personas que se sentían “inadecuadas” (para un puesto) se volvían abusivas si estaban en una situación de poder, mientras que los poderosos se tornaban egoístas y agresivos solamente si albergaban dudas sobre su desempeño. En síntesis: ni el poder ni la ineptitud por sí solos alcanzaban para transformar a alguien en un jefe “tóxico”, sino la combinación de ambos. En el caso de existir cierta predisposición psicopática, los efectos negativos pueden potenciarse.  

Según los investigadores, la dinámica perversa se refuerza en el lugar de trabajo. Las personas que escalan posiciones se presionan para rendir en el máximo nivel y, por lo tanto, son más propensos a sentirse inadecuados para la función que alcanzan. Esa situación amenaza su ego, se ponen a la defensiva y reaccionan con agresividad. Así salen adelante, y hasta son capaces de darse cuenta de que actuando de esa manera no sólo defienden el cargo sino que también se sienten a gusto.    
 
Bernard Madoff, el presidente de una firma de inversión de Wall Street condenado a 150 años de cárcel por una estafa de US$ 50.000 millones, satisface varios ítems del psicópata: fue mentiroso, manipulador, insensible hacia los otros y megalómano. “Son como camaleones”, dijo a The New York Times Gregg McCrary, ex especialista en perfiles criminales del FBI. “Saben manejar la impresión que producen en la gente. Y lo que el otro quiere, y se lo dan”. Ese “otro”, y eso es lo más inquietante, puede ser el jefe del jefe. Y los accionistas y consejos de directores. De hecho, hay evidencias de que muchas empresas no necesariamente desalientan el perfil psicopático de sus ejecutivos. Y la falta de empatía y remordimiento que caracteriza al psicópata puede resultar valorada por compañías que interpretan esos rasgos como habilidad para tomar decisiones duras y resistir el estrés.

Campos Cervera recuerda que cuanto más rinde un empleado, más beneficio tienen las empresas. “Buscan jefes que logren el máximo rendimiento. La búsqueda del mayor lucro lleva a muchas corporaciones a reclamar a sus jefes que vayan más allá de los límites, desbordando normas y leyes sociales, generando actos poco éticos”, denuncia. José Pupillo, consultor y director de HR Business, señala que, pese a los avances del management, aún es posible encontrar “pseudo-teorías informales” de liderazgo, que de un modo más o menos explícito favorecen la contratación de determinados perfiles gerenciales que se estiman funcionales. Y enumera: jefes excesivamente ególatras, individualistas, intrigantes y generadores de rivalidades, que incluso pueden enunciar discursos contradictorios de esas prácticas. Pupillo agrega que quienes sostienen o alientan ese tipo de comportamientos, por lo habitual tienen una mirada de corto plazo y una antropología muy pesimista sobre las personas. Piensan que se obtiene lo mejor de ellas cuando se las presiona, controla o estimula con una lógica “zanahoria-garrote”.

En cualquier caso, los especialistas proponen estrategias para contrarrestar el embate de los jefes psicópatas. Wolfberg es clara: “No hay que someterse. Hay que hacer buenos vínculos con pares, para protegerse del abuso de poder”. Campos Cervera opina que la mejor manera de enfrentar a un jefe psicópata es no tener miedo a perder el trabajo. Rottemberg agrega: “Hay que tratar de entender que ese jefe es sólo un punto en el universo. Nada ni nadie lo va a cambiar. Lo mejor es buscar placer y buenas relaciones en el trabajo, y no llegar a casa con esa carga negativa”.
Otra línea de solución está en el compromiso de las empresas, que deberían darse cuenta de que los psicópatas en sus filas perjudican el clima laboral interno, estimulan la pérdida de talentos y pueden dañar su propia reputación.

Según Pupillo, en los últimos tiempos comenzó a hablarse de liderazgo menos individualista, de mayor sensibilidad grupal y alta capacidad para trabajar en red. “También hay menor tolerancia social a comportamientos destructivos en el ámbito laboral”, agrega. Babiak, en tanto, sugiere que además de mejorar la detección de psicópatas durante la selección de personal, se establezca una segunda línea de defensa que incluya “una cultura de apertura y confianza, especialmente cuando la compañía atraviesa un cambio intenso y caótico”.

El camino de los jefes que se reconozcan como psicópatas, por otra parte, también puede modificarse. En “Los Soprano”, la terapeuta había decidido terminar con Tony Soprano porque pensaba que era un “psicópata clásico” e incorregible. En realidad, aunque no es frecuente que los psicópatas busquen tratamiento, hay estudios que sugieren que la psicoterapia puede ser beneficiosa para atenuar algunos rasgos. Los empleados pagarían con gusto las sesiones.


Con Wray Herbert.


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