Newsweek // 11-05-10 // ¿La Depresión de 2010?
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debacle de Grecia evoca siniestros recuerdos de la década de 1930.
Por Robert J. Samuelson
La sabiduría popular indica que el mundo evitó una segunda Gran Depresión porque los gobiernos y sus asesores económicos aprendieron las lecciones de la década de 1930. Cuando la gravedad de la crisis financiera se hizo evidente, a fines de 2008, la respuesta mundial fue rápida y agresiva. Bancos centrales como la Reserva Federal y el Banco Central Europeo bajaron sus tasas de interés y prestaron a manos llenas a las instituciones financieras más amenazadas y a los temblorosos inversionistas; EE. UU. y muchos otros países aprobaron programas “de estímulo” con recortes fiscales y gasto adicional a fin de contener el pánico; se revirtió la espiral descendente del menguante gasto privado y el creciente desempleo; y aunque la caída económica resultante fue espantosa, al menos no podía calificarse de otra gran depresión. Lo peor ya pasó.
¿O no? La situación griega pone en tela de juicio esta interpretación optimista, pues implica que la celebración fue prematura y que la crisis económica entró en una nueva etapa dominada por las colosales cargas de deuda pública en las sociedades avanzadas. Las comparaciones con la Gran Depresión siguen siendo relevantes y perturbadoras, pues ahora, como entonces, es posible que el sistema económico mundial haya sufrido cambios profundos y mal aplicados.
Infinidad de historiadores atribuye la Depresión a grandes tumultos geopolíticos. Hoy nos topamos con paralelos espeluznantes, aunque más burdos. El estado de bienestar social es el moderno patrón oro. Con el envejecimiento de sus sociedades, los países avanzados prometieron más beneficios de los que pueden sustentar sus bases fiscales, y de allí deriva la elevada deuda. Grecia no es más que el canario en la mina de carbón y, no obstante, los políticos se resisten a eliminar beneficios populares a menos que se vean sometidos a tremendas presiones. Hace falta una crisis y Grecia vuelve a la mente. Otro perturbador paralelo es la economía global. El liderazgo estadounidense desde la Segunda Guerra se erosionó bajo el ascendente de China y ahora, como antaño, existe el peligro de un vacío de poder. Ningún país actuó de manera decidida, aunque los mercados se pusieron nerviosos.
Por supuesto, estos paralelos no predeterminan una Segunda Depresión, pero al menos explican algo del confuso panorama económico actual. Es una especie de “tira y afloja” donde la mecánica normal del ciclo empresarial anuncia la recuperación en tanto que una debilidad económica muy profunda la pone en peligro. Pero las frenéticas intervenciones estabilizaron la confianza e individuos y corporaciones volvieron a soltar dinero en EE. UU. y otros países. El FMI dice que la economía mundial habrá crecido casi 4,3 por ciento en 2010 y 2011, con una expansión de 3 por ciento para EE. UU.
Sin embargo, los problemas persisten, y tres son los más graves: primero, la carga del estado de bienestar social y las poblaciones envejecidas; segundo, la carga de las increíbles deudas privadas; y por último, los enormes desequilibrios del comercio global, donde algunos Estados (particularmente China) producen excedentes masivos mientras que otros (EE. UU.) tienen un déficit igualmente imponente. Cada cual amenaza la vigorosa recuperación, lo cual podría lanzar al mundo hacia una muy postergada recesión.
Para resolver el gran déficit presupuestario, los países desarrollados tendrían que recortar gastos o subir impuestos, medidas que debilitarían la recuperación, pero si no se las implementa ello generaría una crisis financiera. Los prestamistas, espantados por la creciente deuda, insistirían en tasas de interés más altas; el valor de los bonos anteriores, emitidos con tasas de interés menores, se desplomaría; la banca mundial, que es la principal propietaria de los bonos de diversos Estados, sufriría grandes pérdidas, y lo mismo ocurriría con inversionistas e instituciones financieras, haciendo que el sistema financiero volviera a paralizarse.
El dilema de la situación griega nada tiene de singular; la única diferencia es el grado. En 2009, el déficit presupuestario griego ascendía a casi un 14 por ciento de su PBI. La deuda acumulada equivalía a 115 por ciento. Entre tanto, el déficit italiano era de un 5 por ciento de su PBI y la deuda representaba 116 por ciento del mismo; el déficit español era de 11 por ciento del PBI y la deuda, 53 por ciento; en Alemania, el déficit era 3 por ciento y la deuda de 73 por ciento; el déficit estadounidense (calculado de una manera un tanto distinta) era 9,9 por ciento del PBI con una deuda de 53 por ciento del PBI. En suma, casi todos los países desarrollados (casi la mitad de la economía mundial) cayeron en la misma trampa.
Lo mismo sucede —en menor grado— con los hogares más endeudados del mundo desarrollado. A la vez que reducen gastos y los prestamistas endurecen sus estándares, el gasto minorista será muy moderado y privará a la recuperación de un impulso muy poderoso. Los estadounidenses no fueron los únicos que disfrutaron de años de créditos fáciles. La deuda familiar estadounidense ascendió a 138 por ciento del ingreso descartable en 2007, según informes de la OCDE, pero las cifras de otros países fueron comparables: 138 por ciento en Canadá; 128 en Japón; 186 en Gran Bretaña; 102 en Alemania. No existe un umbral que establezca el límite para evitar una deuda excesiva; no obstante, estos niveles sugieren la necesidad de comedimiento y reducción de gastos, en vez de desembolsos exuberantes.
La solución a estos problemas es sencilla, en teoría. China, India, Brasil y otros “mercados emergentes” habrían de convertirse en el nuevo motor de crecimiento, pues su apetito por bienes avanzados del mundo desarrollado elevaría sus estándares de vida y mantendría la producción y el empleo en los países más avanzados. Y al parecer, es lo que está pasando. Según los pronósticos más recientes del FMI, los países más pobres (emergentes y en desarrollo) crecerán a un ritmo de 6,5 por ciento en 2010 y 2011, contra el 2,4 por ciento en todas las naciones desarrolladas. El problema es que este cambio obliga a que China y otros Estados asiáticos renuncien permanentemente al crecimiento impelido por la exportación, cosa que nadie sabe si pueden o quieren hacer.
En todo el mundo, los países enfrentan grandes retos políticos, de usos y costumbres que están entreverados en sus tramas sociales, políticas y económicas. ¿Es posible que los desarrollados refrenen sus estados de bienestar social? ¿Acaso las implacables economías exportadoras de Asia migrarán a un crecimiento impulsado por el consumo interno? ¿Podrán los estadounidenses ahorrar más y gastar menos, mientras que los chinos hacen todo lo contrario? Como sucedió después de la Primera Guerra Mundial, todo esfuerzo para regresar a lo conocido, cómodo y comprensible puede resultar muy peligroso.
La causa de que hayamos evitado una segunda Gran Depresión es mucho más estrecha: el de que la Depresión podía prevenirse gracias a los nuevos conocimientos económicos adquiridos. Si antaño hubiéramos sabido lo que este año, los Gobiernos habrían evitado la tragedia. No obstante algunos desacuerdos, los especialistas en economía suscriben un amplio consenso en cuanto a lo que salió mal en la década de 1930. Los bancos centrales, como la Fed, pecaron de pasivos y ni siquiera intentaron controlar el pánico bancario. Sin embargo, una intervención en un momento decisivo (por ejemplo, cuando colapsó el Banco de Estados Unidos a fines de 1930 o el austríaco Creditanstalt, en la primavera de 1931) habría cambiado el curso de la historia. En vez de ello, el creciente desempleo y la caída de precios formaron una creciente bola de nieve. A pesar de las críticas, los bancos fueron “rescatados” y los mercados crediticios recibieron inyecciones de dinero para evitar una espiral descendente.
Pero hay una lección menos amable en la Gran Depresión: que los cambios dolorosos y antes impensables sólo se implementaron bajo la arrolladora presión de una crisis aguda. Una causa de la pasividad de los bancos centrales es que se aferraron al patrón oro: relajar repentinamente sus políticas de crédito para rescatar a la banca habría derivado en una pérdida de oro y la gente habría exigido el metal para sustituir el papel moneda. Al final, varios países abandonaron al oro cuando fue imposible de conseguir. Igualmente, el problema de endeudamiento posterior a la Primera Guerra Mundial no pudo “resolverse” sino hasta que fue imposible repagarla.
Con semejante entorno, los problemas no resueltos podrían ser más ominosos, pues indican que no se hará los grandes ajustes necesarios sino hasta que alguna crisis obligue a implementarlos. Esto, posiblemente, define las condiciones del drama económico. ¿Es posible que la recuperación fomente un cambio consciente? ¿O acaso la recuperación brindará un falso sentido de seguridad? Lo que está en juego es enorme porque el sufrimiento económico de la Gran Depresión transformó las políticas de muchos países para mal y eso condujo a la Segunda Guerra Mundial.
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