Diagonales // 13-01-10 // ¿Es normal lo anormal?
13-01-2010 /
El ex presidente Néstor Kirchner disparó con todo contra Clarín y muchos lo tomaron como un round más de la dura pelea por el poder entre la política y los grupos concentrados de la información. Fue contundente el esposo de la Presidenta cuando sostuvo que "antes de insubordinarse al decreto presidencial, Redrado se reunió con Héctor Magnetto".
Fue en una entrevista al diario Página 12 el último domingo. La referencia era para alguien muy popular por estas horas, el ex presidente del Banco Central de la República Argentina, y para alguien no tan conocido, el CEO de Clarín, el hombre que maneja todo en el gran pulpo del periodismo nacional.
Kirchner volvió así a vincular la supuesta crisis que vive el gobierno de su esposa Cristina con los intereses de medios de comunicación, ya que Magnetto es la máxima autoridad del Grupo Clarín.
Nadie salió a desmentirlo. Se tomó la denuncia como algo normal, algo que está aceptado, algo que no sorprendería a nadie.
Obviamente, no era de esperar que el Grupo Clarín saliera a contestarle al ex presidente. En todo caso, hasta le debe haber gustado a sus popes este rol de quedar como quienes digitan cosas importantes en la vida del país.
Y eso que medios le sobran (Clarín, La Razón, Olé, TN, Canal 13, Magazine, Radio Mitre, FM 100, Diarios y Noticias, por citar algunos) para salir a negar tal especie, grave para la institucionalidad que tanto defienden y por la que clama la oposición opositora (vale el eufemismo para los grupos políticos que dicen siempre “no” cuando el Gobierno dice “sí” y afirman cuando el oficialismo niega).
Cuando Kirchner dijo lo que dijo, alguien debió haber dicho que mentía, que fabulaba, que era producto de una enferma imaginación dispuesta a ver enemigos donde no los hay. Pero no. Nadie lo desmintió. Fue la prueba contundente de que el ex presidente no mentía y, evidentemente, manejaba información veraz.
Aquí es cuando empieza a plantearse la dudosa frontera entre lo normal y lo anormal, entre lo que está bien y lo que está mal.
Kirchner dijo lo que dijo, pero en realidad lo que quiso decir es que Redrado o bien fue a consultar o bien fue a pedir permiso. O, en el mejor de los casos, mostró una extraña tibieza para tomar una decisión trascendental previa charla con el “capo” de Clarín.
No es inocente que una persona que ha sido echada por un decreto firmado por la máxima autoridad del país anuncie su decisión de resistir la orden y atrincherarse en su cargo, apenas y sólo un rato después de hablar con el CEO de Clarín.
Si no quiso quedar como un sometido del poder mediático, debió de andar por otro camino. Si no se dio cuenta, es mucho más grave. Si no, sólo resta pensar que se sintió extrañamente seducido por las mieles del poder mediático, que quedó convencido de que no hay vida más allá de Clarín y que sintió que enfrentarse con semejante monstruo le podría costar su vida pública.
En cualquier caso, obró de manera inapropiada, anormal.
Para muestra valen, en este caso, varios botones. Tanto Redrado como un par de días después la diligente jueza María José Sarmiento hablaron sólo para TN.
Las coincidencias de Clarín con el ex presidente del Banco Central alcanzaron hasta un punto del que no hay retorno: el mismo abogado que representa al diario en el pedido de inconstitucionalidad de la Ley de Medios fue quien patrocinó a Redrado en la inconstitucionalidad del DNU que lo destituyó.
Por último, el propio Redrado recibió a cuatro periodistas de Clarín la semana anterior al enfrentamiento final con el Gobierno y eso, dicen, provocó el enojo final de la Presidenta.
Es allí donde lo anormal se mezcla, caóticamente, con lo normal.
Es anormal que alguien tenga que decidir qué hacer en la función pública, mucho más en un cargo relevante como el que desempeñaba Redrado, con el CEO de Clarín. Pero se lo convierte en normal cuando nadie dice nada, cuando todos lo callan, cuando se lo justifica: “Es así, todo es así en este país”.
Es normal que una jueza decida una causa importante en dos horas y se ausente el fin de semana para descansar. Pero se transforma en anormal, aunque a muchos no los sorprenda, que lo haga para evitar las apelaciones y cuando los plazos legales la cercan, la convierta en una causa normal, desnaturalizando el origen del problema. Y es más anormal que los defensores de la institucionalidad justifiquen todo cuando les conviene y batan las cacerolas cuando les juega en contra.
Es normal, en cambio, que el titular del BCRA reciba a periodistas. Pero se transforma en anormal cuando va al despacho del dueño del medio al que representan esos trabajadores de prensa y solicita adhesión para hacer lo que va a hacer.
Quedan de lado las intenciones éticas y republicanas que están en la conciencia de cada uno de los actores y podrían ser más provechosas en su debate. Las conductas públicas de los protagonistas son las que están en discusión. Y la anormalidad de las mismas troca por normalidad cuando la inacción se hace presente. Si nadie protesta, entonces zafan. Y lo anormal se convierte en normal.
Hasta que alguien destapa la olla. Pero sus palabras vuelven a estar tamizadas por la política de la conveniencia. Si conviene, se les da espacio. Si no, mejor dejarlo en un costado hasta que, de a poco, vayan perdiendo vigencia. Hasta que todo se haga normal, ¿no?
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