Debate // 22-08-10 // ¿De qué hablamos cuando hablamos de retenciones?

Publicado en por Opiniones Creadas

Por Carlos Leyba Vence

 

la delegación de facultades legislativas en el Poder Ejecutivo. La oposición pretende recuperar funciones parlamentarias y el oficialismo impedir que ello ocurra.
Una ley por caer es el Código Aduanero, donde moran las retenciones. Sectores de la oposición reclaman, para el Parlamento, el derecho de establecerlas o reestablecerlas o derogarlas.
En la práctica, las retenciones han sido una baliza para evitar el derrape inflacionario pos devaluación; y el núcleo duro de este período de superávit fiscal. Las retenciones no son cosa nueva. Cada vez que ellas se instalaron con “tipo de cambio alto” (por ejemplo, con Adalbert Sully Krieger Vasena), generaron una mejora fiscal. A la que debe sumarse el efecto positivo de los términos del intercambio favorables.
Además del peso fiscal de las retenciones, cuya reducción atemoriza al Gobierno, está en la memoria el conflicto del campo y del interior rural versus Cristina Kirchner. Esta discusión pública, con enormes movilizaciones populares, pesó -y mucho- en la derrota de Néstor Kirchner, en 2009. Además, están los intereses cruzados de grandes exportadoras y productores rurales; e implícito el carácter de pilar de esta discusión en el diseño de la política agropecuaria; y, por último, lo más importante, la estructura de la política económica.
La discusión sobre las facultades delegadas tienden a concentrarse en las retenciones, y éstas en el debate agrario, y afinando la puntería, en la soja. ¿Por qué?
El perfil exportador neto de la Argentina, en 2010, nos define como un país primario. En el Bicentenario, a pesar de las arengas denegatorias del modelo del Centenario, estamos logrando dólares debido a la productividad del sector primario y la emergencia china. En buen romance, estamos lejísimos de ingresar en una etapa de sustitución de exportaciones. Y ésta es la primera tarea que debe cumplir un programa cuyo eje sea la mejora en la distribución del ingreso. ¿Alguien puede sostener seriamente que la distribución del ingreso es independiente de la estructura productiva? No.Por eso es consistente que no registremos avances relevantes en la progresividad en la distribución del ingreso. La regresión distributiva no se modifica con asistencialismo (necesario por cierto); ni con políticas tributarias (convenientes por cierto). Sólo se modifica con transformaciones de la estructura productiva; las que (por cierto) requieren de una política a largo plazo que hoy está ausente, ignorada y ninguneada (por cierto), especialmente (por cierto) por los sectores autodenominados progresistas, fueren de la oposición o del Frente gobernante. Los une la izquierda cultural, que nubla la vista en la lectura de la estructura productiva y calma la culpa de la falta de compromiso en transformar. Hechos.
En 2010, el sector  primario (agropecuario, combustibles, minería) generará, más o menos, 26/28 mil millones de dólares de ingresos de exportación. Es una buena noticia. La mala es que la industria tendrá un balance comercial externo negativo de entre trece y quince mil millones de dólares. El resultado será un estupendo superávit de entre once y quince mil millones de dólares: “Lo exacto es insignificante” (René Tom), y si se trata de previsiones, es pedantería.
Primera aclaración: el resultado es eficaz; pero no eficiente. El “costo”, en términos de estructuración económica de ese resultado, es mucho mayor que el de obtener ese mismo resultado en divisas con otra estructura productiva.
El saldo comercial se aplicará (si no hay cambios de “modelo”) a aumentar reservas, cancelar deuda externa y financiar la fuga de capitales. Es lo que se viene haciendo con éxito, si el éxito es la estabilidad nominal del tipo de cambio.
Lo hace posible la soja. Sembradas 18/19 millones de hectáreas (eran doce cuando llegaba Néstor Kirchner), que con un rendimiento de treinta quintales en cada una permite recoger entre 54 y 57 millones de toneladas, que sumándole procesamiento (aceites, biodiesel, etcétera) y un toque de oleaginosas, reportarán, a la balanza comercial, dólar más dólar menos, entre 19 y veinte mil millones de dólares. Sin soja somos deficitarios.
En el primer semestre de 2010, tuvimos una atropellada importadora que, en lo industrial, no está formada por bienes de capital reproductores. Ésa sería una estupenda noticia porque anunciaría un boom inversor. La atropellada de los últimos meses está asociada al dólar nominalmente quieto, atado a la moneda americana, en un “uno a uno” virtual, pero con erosión por costos o productividad (falta de inversión). La pregunta es si el tipo de cambio sigue siendo alto. Atención, las retenciones, como herramienta de política económica transformadora, deben estar asociadas a un tipo de cambio alto y carecen de sentido sin esa cotización administrada.
Por su parte, el rendimiento fiscal de las retenciones ha financiado al superávit público todos estos años. Los primarios aportan más de cuatro quintas partes de las recaudaciones y el quinto restante corresponde a la industria. Sorpresa. La industria paga retenciones. Las “retenciones”, tal como están, no responden al modelo de la economía a dos velocidades, que teorizara Marcelo Diamand. Tocan a la industria y barren gran parte del nomenclador productivo.
Sorpresa mayor. Hay excepciones espantosas. Por ejemplo, la minería del oro y del cobre. Los años noventa liberaron a la minería, la más agotadora extracción de riquezas naturales, de derechos de exportación. La vergüenza continúa. En el boom de los metales, la protección de los glaciares no garantiza la custodia del patrimonio nacional. Las ganancias mineras seguirán con sus privilegios; la explotación se rige por declaración jurada y sin controles eficaces, en el marco de una “soberanía tributaria” otorgada a los mineros, básicamente capitales extranjeros.
Resumen: la minería no paga, y pagan la industria y el resto del sector primario.
Las retenciones, para la industria, son un despropósito desde el punto de vista del diseño de una política económica de industrialización exportadora. La política tiene un largo examen para hablar de retenciones. Primero, que tienen sentido con tipo de cambio alto (cuando se refieren a actividades productivas como las agropecuarias). Segundo, que deben aplicarse en todas las actividades extractivas y, entre ellas, los recursos minerales que “forman parte del patrimonio del país (…) Sin embargo, en todos los países, las compañías mineras intentan obtener esos recursos gratuitamente… o por el menor precio posible… y no hay razón para que las compañías mineras recojan (los beneficios de la demanda china) esa recompensa para sí mismas (…). Se debería reservar ese dinero para un fondo especial que se debería utilizar para inversiones. El país se empobrecerá inevitablemente, al agotarse sus recursos naturales, a no ser que aumente el valor de su capital humano y físico” (Joseph Stiglitz). Tercero, que las retenciones deben destinarse, en su totalidad, a la transformación productiva que permita sustituir exportaciones. Las retenciones no tienen un carácter fiscal sino que son una herramienta ad hoc de política económica.
Cuatro elementos esenciales:
a) Establecer retenciones implica que hemos decidido tener una economía con “tipo de cambio alto” en relación al que surge del mercado libre de cambios. El actual tipo de cambio es “alto” porque, librado al mercado cambiario, el dólar costaría menos. Para analizar el nivel del tipo de cambio hay que reconocer “la enfermedad” de la falta de inversiones (debilidad de la productividad) y el riesgo de la “enfermedad holandesa” que genera la suma de los términos del intercambio favorables y la ampliación del área sojera y la superación tecnológica.
b) La altura del tipo de cambio debe ser tal que, por una parte, dada la estructura de costos de las producciones primarias, el precio internacional cubra costos, rentabilidad y permita aplicar retenciones sin castigar la producción; y que, por la otra, sea lo suficientemente retributivo como para que -excepto en el balance de bienes de capital hasta que alcancemos la madurez tecnológica- la industria sea externamente neutra o positiva. El “tipo de cambio alto” es uno de equilibrio de pleno empleo y eso es el que genera más industria. Considerando la marcha de los costos internos y de las importaciones industriales, el nivel de empleo y la tasa de inversión reproductiva, este tipo de cambio no es alto, programáticamente hablando.
c) El tipo de cambio alto con retenciones es posible en el agro por la altísima productividad del sector comparada con el resto del mundo. Ése es el patrón de productividad al que debe ayudarse a la industria a alcanzar. Corolario: las retenciones al sector primario y minero son una necesidad del sistema, para que un tipo de cambio alto permita a la industria, con un programa de inversiones, generar la productividad que permita a los trabajadores obtener salarios para consumir producción primaria a los precios internacionales. Sin tipo de cambio alto no hay industria y las retenciones deben regir hasta que la productividad y la distribución de la misma generen capacidades salariales de Primer Mundo. El programa de retenciones tiene sentido con un programa de transformación industrial. No se justifica lo uno sin lo otro.
d) El tipo de cambio alto más retenciones es inevitable como consecuencia de la deserción del uso de los múltiples instrumentos de política económica (políticas activas) mutilados por la Organización Mundial de Comercio (OMC) y el Mercosur.
Lo expuesto es un Apunte para ser destinado a que se tenga en cuenta que, cuando hablamos de retenciones, no podemos mirar sólo la recaudación en juego. Cuando hablamos de retenciones tenemos que hablar de nivel de tipo de cambio, costos internos de producción y programa de inversiones transformadoras. Si excluimos lo principal, estamos hablando de una pelea pasada, y eso no le sirve a nadie. Error. Sí, les sirve a las mineras extranjeras que siguen disfrutando a lo bárbaro de su soberanía tributaria.

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