Debate // 01-04-10 // Las cosas por su nombre
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Por Carlos Leyba
La peste del olvido nos borra cada tanto la memoria de la inflación
Gabriel García Márquez relata, en Cien años de soledad, las consecuencias que tuvo la peste del olvido cuando llegó a Macondo. José Arcadio Buendía
le puso el nombre a las cosas y a ellas una etiqueta. Habría sido muy útil si la peste no hubiera liquidado la memoria de la lectura. Leer es comprender. ¿De qué vale el nombre si no comprendemos lo que significa?
Por ejemplo, entre nosotros, la peste del olvido nos borra cada tanto la memoria de la inflación. Y también la peste del olvido nos borra de la memoria las consecuencias que han tenido las intenciones de curarla. Olvidamos los costos y pesares de la inflación; y también nos olvidamos de los dramáticos e insuperables pesares de los intentos de curarla.
Puede que el olvido nos lleve a repetir una y otra vez la inflación. ¿Nos hemos olvidado cómo se anuncia o cómo se propaga?
Pero peor; la peste del olvido hace que demos vía libre a los intentos de repetir los mismos infructuosos y destructivos métodos de cura. ¿Nos hemos olvidado el nombre de los falsos remedios? ¿Y también de los argumentos de los brujos que con sus pociones mágicas nos llenan de estropicios? La experiencia argentina, en este campo, hace irrefutable que “el remedio es peor que la enfermedad”.
Hay inflación y, peor, hay retorno del discurso de los brujos y sus conjuros primitivos y fatales. ¡Hasta el FMI está de vuelta!
¿Será cierto que no existe remedio que cure la inflación minimizando los efectos colaterales que son más negativos que los propios daños de la inflación?
¿No existe manera de combatir la inflación que no implique la desintegración del aparato productivo? ¿Necesariamente toda medicina eficaz tiene que pasar por frenar la actividad y generar desempleo, desarticular la industria y endeudar a las futuras generaciones?
Por ejemplo, la convertibilidad y sus tentáculos opresores (el retraso cambiario, la renuncia a la moneda propia y al banco de última instancia, la entrega de los bienes de la sociedad a una oligarquía de concesionarios siniestros, la extranjerización del patrimonio, la destrucción de la industria nacional, el endeudamiento sin límite, etcétera) terminaron con la inflación. Pero inundaron las calles de desocupados y pobres; y de nuevos ricos escandalosos. Hasta que estalló el sistema por saturación de endeudamiento y regresión distributiva. Y el estallido multiplicó los pobres y la abundancia de esa nueva clase de apropiadores concesionarios. Como no han sido cortados todos los tentáculos otra vez nos amenazan con el retorno del anclaje, la deuda, y la destrucción de la industria. Los vicios profundos, la estructura frágil de la economía, están en el origen de la inflación y las políticas estabilizadoras practicadas son, finalmente, hijas de los vicios y por eso los multiplican. ¡Estabilidad, cuántos crímenes se realizan en tu nombre!
No es cierto que las alternativas que ofrece la disciplina económica sólo sean o mantener la inflación en niveles que erosionan la distribución del ingreso y desalientan la inversión reproductiva; o, como alternativa, eliminar la inflación aplastando la economía, aumentando la desocupación y generando escenarios patéticos de pobreza. Ese remedio multiplica la causa y ataca los síntomas. El vicio de la inflación reclama una transformación de una estructura que es en sí misma inflacionaria.
Dice Edgard Morin: “No hay ciencia sin conciencia”. Los brujos de la economía que pululan en el oficialismo y la oposición, en lugares de peso y exposición, y también de decisión, carecen de conciencia de las consecuencias de sus prescripciones. Cuidado.
Detener la actividad es proponerse el destrozo de la organización del capital productivo, la bandera de remate de los pedazos de las plantas mutiladas de producción y exponerse a la marea del desempleo. Pero no es todo.
El mayor destrozo de esas cirugías inconscientes y acientíficas, es inmaterial. Es el daño silencioso y acumulativo del olvido de la cultura del trabajo de las masas de desocupados que produce la cirugía del ajuste antiinflacionario. Esos desocupados no pueden transmitir la cultura del trabajo a sus hijos. Y a éstos se les hace muy costoso darle un entusiasmo por la vida misma.
Esta nueva peste destruye la capacidad de emprender o el espíritu empresario; e incuba la cultura del miedo al riesgo y a la innovación. Hay más.
El olvido de las consecuencias de los remedios contra la inflación, incluye el olvido de que de la destrucción de la cultura del trabajo y de la cultura del emprendimiento, se pasa, sin solución de continuidad, a la destrucción de la cultura del Estado para el desarrollo. En cada proceso estabilizador se ha vaciado al Estado y se lo ha vaciado de la cultura para el desarrollo. Se ha mimetizado con la ausencia de la cultura del trabajo.
Después de tantos experimentos destructivos de la lucha contra la inflación nos quedamos sin cultura del trabajo, sin cultura del emprendimiento y sin cultura del desarrollo. ¡Nos estamos convenciendo de que es virtuoso el Estado asistencial! Es cierto, hoy es lo inevitable, lo que hay que hacer. Pero ése no es el papel del Estado de Bienestar ni del Estado de desarrollo. Cuidado. Le estamos quitando el aire a parte de la oferta.
Cuando el desempleo o el subempleo o la marginalidad laboral, están entre las probabilidades fuertes de la vida, contagian estrategias de supervivencia, pero no formación para el trabajo; la quiebra o el estancamiento de las empresas, quiebra o estaciona el espíritu emprendedor y achica el horizonte de toda actividad de riesgo; el Estado mirando para atrás, a fin de reparar daños y rescatar lo que ha quedado, abandona el ejercicio del proyecto, la búsqueda de las oportunidades, el desarrollo del potencial. Todos se ponen a la defensiva. Y el país cae en las garras de un proyecto ajeno, minúsculo y de alguna manera colonial.
La inflación es una peste que debemos combatir. No hay duda. Pero una vez instalada y si hay indolencia o chapucería ante ella, dispara la interpretación, el diagnóstico y las recomendaciones del ajuste de los brujos. Ellos vuelven como el Satanás de René Girard crean el conflicto y “la solución” generadora del siguiente conflicto.
Hablan los brujos. Interpretación, la causa de la inflación es el déficit fiscal o su amenaza, la expansión monetaria o su amenaza, la rigidez de los mercados o su amenaza y así. Diagnóstico, todo está tomado, todo está comprometido y todo será peor. Recomendación, primero, frenar el gasto público y luego reducirlo, no es bueno que el Estado crezca a expensas del mercado; segundo, contener la expansión monetaria, aumentar la tasa de interés y revaluar el tipo de cambio; y tercero, profundizar la apertura de la economía para combatir, con el mercado, las rigideces institucionales y flexibilizar el mercado de trabajo para que logre un equilibrio antiinflacionario.
Un discurso con adeptos. Doña Rosa y fracciones del empresariado creen en ese camino. Pero el peaje, el combustible y las vituallas del viaje lo pagarán los trabajadores, el Estado y el país. ¡Quién no se resiste a pagar una factura por una rotura ajena!
Los consultores, y muchos miembros de la política, coinciden en el valor “ciencia”
de esa mecánica.
Paradoja, la inflación es una guerra contra el salario o lo que cobran los asalariados; y la política del ajuste es una guerra contra el ser asalariado porque culmina cuando ellos se convierten en desocupados.
¿No perciben que es siempre más caro para el Estado compensar el desempleo
que ayudar a crear trabajo productivo, productivo, productivo?
¿ A qué viene todo esto? “El nombre es arquetipo de la cosa /En las letras de rosa está la rosa/Y todo el Nilo en la palabra Nilo”, Jorge Luis Borges. ¿Las cosas son su nombre? ¿Dejan de serlo por llamarlas de otra manera?
Al grano. El Gobierno y sus funcionarios se empecinan en no llamar a la inflación por su nombre; y se han enredado en numerosas alquimias. La más ostensible ha sido la manipulación del índice estadístico de los precios. Y ahora estamos en un clima de “estadísticas emocionales”. Las que el Gobierno “quiere” y las estadísticas que la oposición “cree”. “Cree”, porque todos los números que refutan al Indec son artesanales. Sí, marcan una tendencia. La “creencia” tiene fundamento. Pero sin acuerdo no cumple la función de orientación que tienen las estadísticas. El oficialismo “quiere”, porque los números que utiliza son más producto de la voluntad de estabilidad y crecimiento, que del reflejo de la realidad. Tampoco gozan del acuerdo.
El Gobierno cambió el nombre del movimiento ascendente de los precios y no lo llama inflación. Eso no modifica la percepción de daño, adormece y confunde la reacción ante el flagelo.
No llamar a la inflación, inflación, y ponerle otro nombre, desenfoca la posibilidad de pensar en ella, tal cuál es, aquí y ahora; e impide administrar una medicina que sea capaz de no generar daños colaterales.
Negar la palabra inflación, el silencio del gobierno, alimenta la euforia de sus brujos y de los que hibernan afuera.
Ponerlo claro. O el Gobierno reconoce la inflación y se propone una estrategia profunda contra los vicios que la producen, o estamos condenados a que los brujos, de adentro y afuera, vuelvan al embrujo del ajuste.
La condición necesaria para tratar el problema, sin que el remedio sea peor que la enfermedad, es reconocer a la inflación por su nombre y medida verdadera. La condición suficiente es que el diagnóstico y las recomendaciones no se atengan a alguna de las causas, sino a comprender que la inflación es la consecuencia de un esquema de política económica débil en lo macro y en lo estructural: poco consistente. Y eso es siempre inflacionario, tanto en la heterodoxia como en la ortodoxia. Queda mucho por decir.