Blog Orlando Barone // 04-08-10 // Los voluntarios del frío voluntario
Imaginen esta escena: la madrugada en la costa, al borde del río. El espigón, el muelle o la costanera desolada e inclinado con su caña un pescador expuesto al congelamiento. Nadie lo obliga. Ha dejado voluntariamente su casa y su estufa y su habitat protegido, y se ha impuesto ese goce extraordinario: ir a pescar al río. Y está ahí durante horas, solo, cruzado por el viento y por la humedad del aire de hielo. No es un pejerrey o una boga su objetivo. Probablemente no lo quiera saber ni lo sepa. Metido en una campera plástica y envuelta su cabeza en un gorro grueso juega a pescar en un umbral de hielo en lugar de estar en su cama.
Imaginen esta otra escena: una plaza, un banco de piedra bañado de gotitas glaciares, un frío nocturno que cala hasta el fondo del ombligo. Y besándose, mimándose sin premura ni tiempo, dos enamorados desafiando a la intemperie de témpano. A lo mejor no quieren ir a sus casas porque les sienta mejor estar juntos, solos; a lo mejor han elegido el frío porque ellos, abrazados, lo calientan hasta que el calor los abriga.
Imaginen esta otra escena: un ciclista deportivo en la ruta del camino negro. O en cualquier camino.
Pedalea curvada la cabeza sobre el manubrio y su casco atraviesa el aire lleno de estalactitas invisibles de filo de cuchillo.
Ensimismado en su destino, elegido al azar a decenas de kilómetros, no le inquieta que a su lado lo rocen colectivos y camiones soplándole corrientes de viento duro, de Groenlandia. Cada tanto un charco lo salpica, pero él sigue como si estuviera paseando gozoso bajo temperaturas de freezer.
Todas esas son escenas de frío voluntario no de sometimiento. De frío desafiado modestamente por desafío o por placer, y no por pobreza o despojamiento. Hay otros lugares con escenas de frío voluntario de más categoría; es en las montañas y en los centros de esquí. Turistas que practican deportes de invierno. Se va en busca de la nieve porque se tiene asegurado el bienestar en la cabaña vip. Se trata de un tipo de frío selectivo que se paga carísimo. Pero en situación de estatus y de prosperidad los copos blancos y el desliz de los esquíes son divertidos.
Pero también está la contra cara: la del frío que condena. El miserable frío. El que llega a través de la pobreza. Y este sí es un triste, un involuntario e indeseable frío con el que nadie juega.
Carta abierta leída por Orlando Barone el 4 de Agosto de 2o10 en Radio del Plata.
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