Newsweek // 10-09-09 // 20 verdades (no tan evidentes)

Publicado en por Opiniones Creadas

10-09-2009 /  De los extraterrestres y la gripe “A” alriesgo país, la nueva guerra fría y la derechización de américa latina. ¿Qué cosas son ciertas aunque no lo parezcan?
 
Los E.T. existen
 
Por Andrew Romano

Desde “El día que paralizaron la Tierra” y “Encuentros cercanos del tercer tipo” hasta “Pequeños invasores” y “District 9” (se estrena en la Argentina el 24 de septiembre), los extraterrestres de Hollywood siempre hacen una gran entrada. Pero aun si E.T. existe fuera de la pantalla, las posibilidades de que nos descubra en un futuro cercano son muy escasas.  A fin de cuentas, los proyectos SETI  de búsqueda de inteligencia extraterrestre esperan en vano desde 1960 que los extraterrestres establezcan contacto. La buena noticia, sin embargo, es que algunos científicos se están concentrando en la otra cara de la ecuación: una serie de misiones de alta tecnología concebidas para ayudarnos a encontrarlos. Al fin de cuentas, es probable que no estemos solos en el Universo.
Esto es lo que sabemos. En 1995, astrónomos suizos localizaron el primer planeta extra solar. Por desgracia, era una enorme bola de gas que orbitaba tan cerca de su sol que brillaba con suficiente calor y radiación como para vaporizar al alienígena más resistente. Unos pocos años más tarde, empezaron a aparecer “súper Tierras”, más pequeñas, firmes, a una distancia discreta de las estrellas que las acompañaban. Aunque estos planetas son mucho más grandes y menos templados que el nuestro, permitieron a algunos astrónomos estimar que tal vez la mitad de los 200.000 millones de soles que hay en la Vía Láctea sustenten mundos terrestres, similares a la Tierra.
También descubrimos que el agua, el ingrediente esencial de la vida, existe en otros lugares del Universo. Los robots divisaron cauces abiertos hace poco en las laderas de las colinas marcianas, evidencia de flujos recientes. En junio, los astrónomos observaron géiseres de vapor de agua en Encélado, una de las lunas de Saturno. Hasta el terrible Júpiter es candidato, o al menos sus lunas Ganímedes, Calisto y Europa, la última de las cuales tiene océanos más grandes que los nuestros ocultos bajo una capa de hielos perpetuos.

La pregunta que nos hacemos ahora es cuántos de esas más de 100.000 millones de Tierras en potencia podemos esperar que hayan almacenado H2O y servido como cunas para la vida, inteligente o no. La respuesta quizá la tenga Kepler, una ambiciosa nueva misión de la NASA.

Lanzado en marzo, el telescopio espacial Kepler, de US$ 600 millones, usa un sofisticado fotómetro para observar las 100.000 estrellas ubicadas en una región de la Vía Láctea particularmente promisoria, midiendo el tamaño y la órbita de cada planeta que pasa delante de ellas. Cuanto mayor es la sombra, mayor es el planeta; cuanto más seguido aparece, más cercana es la órbita. ¿El propósito? Encontrar por primera vez otros mundos que orbiten otros soles a distancias en las que las temperaturas sean adecuadas para que haya agua en estado líquido y la vida sea posible.  “Esta misión es como el primer viaje de Colón”, afirma el investigador principal Bill Borucki.
El concepto detrás de Kepler no es nuevo. Borucki empezó a pensar en la manera de aplicar la tecnología a la búsqueda de vida extraterrestre poco después de llegar a la NASA, en 1962, hasta que la agencia “se dio por vencida”. Tras sólo 10 días en órbita, el satélite midió una depresión en la luz de una estrella de sólo unos dígitos en un millón causada por un Júpiter distante, demostrando su capacidad de detección. Para 2013, dice Borucki, es probable que Kepler haya localizado “cientos o miles” de mundos potencialmente habitables.
El siguiente paso todavía no está claro. Podríamos lanzar un telescopio diseñado para observar los planetas con más posibilidades procurando detectar la presencia de CO2 y ozono, y luego inventar un dispositivo más intrincado para verificar si esas atmósferas contienen isótopos de oxígeno compatibles con sistemas vivientes. El último paso, dice Borucki, sería “una sonda que viaje a una velocidad cercana a la de la luz y llegar allí, mostrarnos fotografías, oír sus estaciones de radio y televisión, y darnos una comprensión mucho mayor de este nuevo planeta”. Las posibilidades, piensa Borucki, son ilimitadas. “Después de Kepler, no me imagino a la gente diciendo: ‘No me interesa la vida. Ni esas maravillosas civilizaciones que quizás existan allá afuera’”.
 
Los libros no murieron

La cantidad de libros publicados en 2008 en EE. UU. aumentó un 38 por ciento comparada con la del año anterior (y en la Argentina, con 20.000 títulos por año, la tendencia es creciente). ¿De dónde salen tantos libros? Las grandes editoriales, así como los autores independientes, contribuyen a esta oleada. Pero la verdadera respuesta está en las bibliotecas de las universidades, que de repente reclaman derechos para editar los contenidos de sus pilas de libros, o al menos de los que están descontinuados o son de dominio público. El ejemplo más reciente: la Universidad de Michigan (junto con Google para la digitalización y con un derivado de Amazon llamado BookSurge para la impresión) tiene la intención de ofrecer más de 400.000 títulos para venta bajo pedido. Cornell planea hacer lo propio con 500.000 libros, y la Universidad de Pennsylvania pretende agregar otros 200.000. Pareciera ser que aún no es el momento de escribir el obituario del mundo editorial.  - Malcolm Jones

 
En las crisis, mejor quedarse
 
Solemos pensar que la vida en el Primer Mundo suele ser mucho más amable. Y es cierto, aunque no del todo. Para el sociólogo del CONICET Osvaldo Battistini, autor de “El trabajo frente al espejo” (Prometeo, 2004), es mejor vivir  en Europa que en Latinoamérica sólo con un trabajo estable y un buen salario. “Pero hay que tenerlo”, sostiene. “Con trabajos temporarios y salarios bajos, alquilar o comprar una casa es casi imposible. Y ante una crisis, entran en pánico. En la Argentina, en cambio, existe la costumbre del rebusque. Tenemos una cultura de salvarse, de tener dos o tres trabajos distintos y sobrevivir”. Una ventaja adaptativa, diría Darwin.         -Juan Morris
 
No hay alimentos “verdes”
 
Hasta hace poco, los consumidores con conciencia ambiental sólo tenían la opción de elegir alimentos “orgánicos”, producidos sin pesticidas y otras técnicas no contaminantes. Sin embargo, eso es sólo el comienzo de la historia. Cada vez más, en el mundo se empieza a valorar de un alimento (y de cualquier producto) su “huella de carbono”, un indicador del nivel de CO2 de las emisiones que genera, desde su manufactura hasta su desembarco en las góndolas. Lo que implica que unos tomates cherry orgánicos que se envían por avión pueden ser menos “verdes” que unos comunes despachados por barco, que despide seis veces menos gases de efecto invernadero. En Inglaterra, por caso, la cadena de supermercados Tesco anunció que va a informar la huella de carbono de 500 productos antes de fin de año.
En la Argentina, la primera empresa de alimentos que calculó la huella de carbono y la incluye en su estrategia de marketing es La Posta del Águila, que fabrica un agua mineral “premium”. Hay bodegueras que piensan emularla. ¿Una clave? Despachar el vino a granel en vez de envasar en origen. 
—Matías Loewy
 
El tren bala no sirve
 
Aunque demorado por la crisis internacional, el proyecto de la construcción del Tren de Alta Velocidad entre Buenos Aires, Rosario y Córdoba continúa en pie, y parece haber dejado atrás las críticas recibidas por sus altos costos.
Sin embargo, muchos economistas dicen ahora que los costos de la construcción de una de estas redes superan con creces sus beneficios. Edward Glaeser, de Harvard, estudió las supuestas ventajas ambientales, guiado por los datos de emisiones de carbono utilizados por los defensores del medio ambiente. Se cataloga los beneficios medioambientales anuales de una la línea de alta velocidad ferroviaria de 385 kilómetros que atrae a 1,5 millones pasajeros en US$ 4,2 millones, un retorno pequeño, dados los miles de millones que costaría. El especialista Randal O’Toole, en tanto, observa que en Francia y Japón los trenes bala recorren menos de 650 kilómetros por año, y estima que una red en EE. UU. sacaría de las calles sólo un 3,5 por ciento de los coches. 
—Suzanne Smalley
 
El riesgo país aún nos afecta
 
1036 Ésos eran los “puntos básicos” del riego país de la Argentina el pasado lunes 7 de septiembre. ¿Alguien se enteró? Muy pocos, seguro. El dato está a mano, en varios sitios de Internet, pero ya no se lo encuentra tan fácil como hace unos años, cuando el vaivén del índice que elabora el JPMorgan —y que establece la capacidad de repago de un crédito entre países, inversores u organismos por parte de una nación— era tapa de los diarios y sus variaciones se anunciaban al ritmo de la sensación térmica o la humedad. ¿Qué pasó? ¿dejó de importarnos? ¿Afecta o no a la economía local? “Afecta, y mucho”, asegura el economista Manuel Solanet. El experto indica que el índice impacta en las tasas para colocar títulos del país, y esto tiene que ver directamente con el costo de lo préstamos y el flujo de inversiones. “Si es alto, las oportunidades de inversiones, extranjeras y locales, bajan”, dice.
¿Y por qué en 2001 era tan importante? Entonces, con la Convertibilidad, había menos variables. Hoy tenemos el dólar, el volumen de reservas y la inflación.
—Sebastián Catalano
 
La democracia no siempre es la solución (para países en  conflicto)
 
Las imágenes son ciertamente estremecedoras: un dedo índice morado en Irak, una línea de mujeres vistiendo burkas en Afganistán. Los funcionarios internacionales que supervisan la reconstrucción de los países por lo general intentan llevarlos hacia la democracia lo antes posible. Pero los científicos políticos ahora están convencidos de que ése no es el mejor camino. Paul Collier, profesor en Oxford y autor de “The Bottom Billion”, realizó muchos estudios sobre sociedades post-conflicto, para determinar cuáles son los factores que llevan a la paz. ¿Y cuál fue su conclusión? Las elecciones no ayudan. Si bien el riesgo de violencia disminuye durante un año electoral, durante el siguiente aumenta más del doble, de 5,2 a 10,6 por ciento. Y, a grandes rasgos, una elección incrementa levemente las posibilidades de que un país recaiga en una guerra civil.
“Lo que genera una elección es un ganador y un perdedor”, dice Collier. “Y el perdedor, enemistado”. Las urnas no reemplazan a los cohetes y los AK-47 por mucho tiempo.
 
—Barrett Sheridan
 
La homosexualidad se trata como enfermedad
 
A pesar de que hace más de 30 años que la Organización Mundial de la Salud (OMS) quitó a la homosexualidad de su lista de enfermedades, todavía sigue habiendo expertos en salud mental que tienen la idea de tratarla como una patología. Los más visibles son, sin duda, los psiquiatras y psicólogos que integran la Asociación de Investigación y Terapia de la Homosexualidad de EE. UU. (NARTH, por sus siglas en inglés), que en noviembre próximo realizarán en Denver un nuevo congreso anual. La entidad sostiene, entre otros postulados, que los homosexuales deben tener la libertad de hacer terapia para cambiar su orientación, y defienden la unión hombre/mujer como única base de composición familiar.
Bajo la postura de que la homosexualidad es una enfermedad subyace la idea de que no es normal. Es decir, que manifiesta un desorden, y como tal debe corregirse. Los expertos de NARTH, criticados por el establishment médico, sostienen que la terapia “reparativa” o “de conversión” tiene una eficacia de 25 a 50 por ciento para cambiar la orientación sexual. Pero los estudios no son concluyentes. Este marcado anacronismo en la concepción de la homosexualidad radica, en gran parte, en una idea muy aferrada en el inconsciente colectivo, y que aparece incluso en muchos pacientes de terapias psicoanalíticas.

El psicólogo clínico Jorge Raíces Montero, coordinador del Departamento de Docencia e Investigación de la Comunidad Homosexual Argentina (CHA), señala que tiene recuerdos de experiencias como paciente, de tiempos en que la psiquiatría apelaba a tratamientos hormonales que “provocaban una exacerbación de la libido pero no modificaban la orientación sexual”. Nada de eso sirve. Para Raíces Montero, detrás de la postura aún vigente que interpreta la homosexualidad como una enfermedad subyace la  homofobia. “No estamos tratando con profesionales que quieren indagar sobre la homosexualidad como patología —dice—, sino con profesionales homofóbicos que cursan con una enfermedad que, desde la psicología, es grave: la homofobia”. Y, para tratarla, la única solución es la terapia.
—Cristian H. Savio
 
La gripe "A" fue distinta en la Argentina
 
La epidemia de gripe A(H1N1) terminó en el país, al menos por este año. Así lo anunció el ministro de Salud, Juan Manzur, quien infiere que hubo más de un millón de infectados y confirmó 512 muertes en 20 provincias: uno de los primeros lugares en el ranking de víctimas fatales por cantidad de habitantes. ¿En qué otros aspectos la epidemia en la Argentina tuvo características particulares? El análisis genético del virus revela, por lo pronto, que la cepa es la misma que circula en otros lugares del mundo.

Para la epidemióloga Ángela Gentile, directora de Promoción de la Salud del Hospital Gutiérrez, en la Argentina, al igual que en otros países del Hemisferio Sur, la gripe “A” se combinó por la época del año con otras infecciones respiratorias circulantes, como las bronquiolitis. “Pero es demasiado pronto para señalar diferencias en la región”, señala.
 
En el último número de la revista “Medicina”, Pablo Bonvehí, presidente de la Sociedad Argentina de Infectología, informa que la gripe “A” en el país produjo síntomas similares a los de la influenza estacional, “mientras que otros países tuvieron más casos de diarreas y vómito”.     —Matías Loewy
 
Los mayores innovan más
 
Las generaciones anteriores de científicos no tenían que lidiar con todo el trabajo preexistente mucho antes de hacer una contribución original. Ahora, los innovadores crean mucho más tarde en sus vidas. Durante el último siglo y medio, la edad promedio de un ganador del Premio Nobel en el momento de su gran descubrimiento aumentó más de cinco años, de 34 a casi 39 años de edad. Los inventores comunes y corrientes también son mayores: la edad promedio para el registro de la primera patente importante saltó siete meses por década —Tony Dokoupil
 
América Latina va a la derecha
 
Aunque parece que América Latina se inclinó a la izquierda, lo cierto es que en algunos casos parece ser una izquierda testimonial. Fernando Lugo, el sacerdote de izquierda que fue elegido presidente de Paraguay prometiendo tomar la tierra de los ricos para dársela a los pobres, hasta ahora es muy medido. Tres países  (Chile, Uruguay y Brasil) tendrán elecciones presidenciales en 2010, y no está muy claro que la centroizquierda vuelva a ganar.  Mientras tanto, en la Argentina, el PJ y la oposición buscan el mejor candidato con perfil de centroderecha para suceder a los Kirchner.   
- Marc Margolis
 
Las computadoras serán cerebrales
 
En 1965, el cofundador de Intel, Gordon Moore, predijo que la industria de los semiconductores podría duplicar el número de transistores dentro de un chip cada 12 meses (y luego corrigió el lapso de tiempo a 24 meses). Por medio siglo, la Ley de Moore probó ser cierta, con las computadoras cada vez más rápidas y poderosas. Casi el mismo tiempo que llevan los expertos advirtiendo que la predicción va a terminar chocando con las leyes de la física. No pasó todavía. Justin Ratt, máximo responsable tecnológico de Intel —líder mundial en la venta de chips—, insiste en que la compañía puede seguir duplicando el número de transistores durante la próxima década.
El problema no es la capacidad, sino la velocidad. Hace unos pocos años los microprocesadores alcanzaron los 3 GHz. No se los puede hacer más veloces, o se recalientan y se empiezan a derretir. Para solucionar el problema, la industria empezó a hacer chips que pueden hacer muchas tareas al mismo tiempo, en lugar de hacer sólo una por vez más rápido. Por estos días estamos viendo chips de dos y cuatro núcleos (“dual-core” y “quad-core”, respectivamente): en esencia, un procesador con dos o cuatro diminutos motores de computación. Dentro de una década vamos a ver probablemente chips con 100 núcleos, o quizás más, afirma Ratt.
Pero eso genera un problema: cómo poner esos pequeños motores en buen funcionamiento. Los sistemas operativos que usan las computadoras no parecen preparados para eso. Tampoco los lenguajes de programación. Ni, de hecho, los mismos programadores, que crecieron desarrollando softwares para un solo motor en serie, no en paralelo. “Durante 50 años, hicimos las cosas de una manera, y ahora estamos cambiando a un modelo diferente”, afirma Craig Mundie, jefe de investigación y estrategia de Microsoft. Es el mayor cambio que Microsoft alguna vez haya enfrentado, sostiene Mundie.
La computación en paralelo existe desde hace un tiempo, aunque hasta ahora fue mayormente confinada a supercomputadoras. Desarrollar programas para ellas es increíblemente difícil y demanda mucho tiempo. Pero si la tarea fuera más simple, las consecuencias serían impresionantes. El cerebro, en definitiva, es como una enorme computadora en paralelo. Y desarrollar programas para ese tipo de computadoras es la clave para que se vuelvan menos máquinas y más parecidas a nosotros, los seres humanos. “En algún sentido, creo que estamos tratando de hacer una aproximación cruda a lo que la naturaleza hace con nuestros cerebros”, dice Mundie. “Y el paralelismo es la única manera de llegar ahí”.
—Daniel Lyons
 
Reducir las emisiones de carbono no funciona
 
Cuando los líderes mundiales se reúnan en la Cumbre para el Cambio Climático en Copenhague, en diciembre, tomarán decisiones que afectarán al mundo. Tres meses antes de esa reunión, aún existe una falta de análisis sobre cuáles serán esta decisiones.
El trabajo de los científicos climáticos muestra que la actividad humana está calentando al planeta. Pero las investigaciones también indican que muchas de las situaciones más alarmantes son improbables. Además, la única política disponible parece ser la que llama a las naciones ricas a hacer reducciones en sus emisiones de gases de carbono, un enfoque está destinado al fracaso, mientras que otras ideas ni siquiera están consideradas.
La reducción de emisiones de gases falló en el pasado. En Kioto, en 1997, los líderes mundiales prometieron reducir para 2010 las emisiones de gases en un 5,2 por ciento por debajo de los niveles de 1990, pero fallaron en hasta un 25 por ciento de la meta.
Al prepararse para la cumbre de Copenhague, algunos líderes piden reducciones de 80 por ciento para 2050 con respecto a los niveles actuales. Existen pocas razones para pensar que este objetivo se alcanzará. En EE. UU., el proyecto de ley de límite máximo y comercio de emisiones (si es aprobado por el Senado) hará muy poco por el clima: aun si todo el mundo industrializado pusiera en marcha la misma ley a partir de mañana, las temperaturas se reducirían únicamente en 0,22 grados centígrados para 2100.
De la misma forma, incluso si todos los países industrializados lograran satisfacer los objetivos más drásticos de emisiones de gases, es muy probable que ello se produjera con un sacrificio en cuanto a la prosperidad. El uso de reducciones de carbono para limitar el aumento en la temperatura mundial a 2 grados, según la promesa de la Unión Europea y el G8, costaría un 12,9 por ciento del PBI al final del siglo, de acuerdo con el economista Richard Tol, del Instituto de Investigación Económica y Social de Irlanda. Eso equivale a US$ 40 billones por año, más de US$ 4.000 por persona. Y tales medidas evitarían “sólo” US$ 1,1 billones en daños atribuibles al aumento en la temperatura.
La investigación de Tol, que forma parte de una serie de artículos encargados por el Centro de Consenso de Copenhague para explorar los beneficios y costos de las diferentes respuestas ante el calentamiento global, podría parecer contraria al publicitado informe de 2006 del economista Nicholas Stern. En ese documento se utilizaron cálculos menores del costo de los recortes de emisiones de gases que en el informe de Tol, y cálculos más altos de los daños provocados por el calentamiento global. Sin embargo, Stern aceptó que los costos reales serían el doble de lo que él había calculado, lo cual coincidiría con el informe de Tol.
Parece haber dos opciones. Una es una pequeña inversión e

n ingeniería climática. Por ejemplo, botes automatizados podrían rociar agua de mar en el aire para hacer que las nubes fueran más blancas, y por tanto, más reflejantes, acrecentando un proceso natural. Gastar unos US$ 9.000 millones en investigar esta tecnología podría ahorrar US$ 20 billones en daños climáticos. 

Otra alternativa es un acuerdo mundial sobre la inversión en investigación y desarrollo de fuentes de energía ecológica. Para reducir nuestra dependencia de los combustibles fósiles, necesitamos mucho más energía libre de CO2. Invertir aproximadamente US$ 100.000 millones anuales en investigación en energía ecológica significaría esencialmente que podríamos remediar el cambio climático en el lapso de un siglo, haciendo que cada dólar invertido evitara unos         US$ 11 en daños climáticos.
Si en lugar de ello nos embarcamos en una cruzada quijotesca para reducir las emisiones de gases de carbono, nos provocaremos un gran daño económico sin evitar un aumento perjudicial en las temperaturas. Debemos aspirar a afrontar el cambio climático eficazmente.
—Bjørn Lomborg
 
Se viene una nueva guerra fría
 
Hay un momento en el que un poder creciente se convierte en una amenaza, y la cooperación se vuelve competencia. ¿Podría  estar pasando esto hoy con EE. UU. y China?
En 2007, parecía que ambas naciones estaban tan interrelacionadas que se convertirían en una misma economía. La llamé “Chimérica”. Por un tiempo, pareció un matrimonio perfecto: ambas economías crecieron tan rápido que representaron un 40 por ciento del crecimiento mundial entre 1998 y 2007. La gran pregunta ahora es si el matrimonio está en crisis. Ya no se puede pedir más de los endeudados consumidores norteamericanos. La tasa de ahorro de EE. UU. crece, y las importaciones de productos de China cayeron por debajo de 18 por ciento entre mayo de 2008 y mayo de 2009. ¿Cuál es la alternativa de China si se divorcia de EE. UU.? La opción del imperio. En lugar de continuar con este matrimonio infeliz, los chinos pueden “cortarse solos”, contando con su creciente potencial económico para comprar poder global. Y, en alguna medida, ya empezaron a hacerlo. Su estrategia naval implica un desafío a la hegemonía estadounidense en Asia-Pacífico. Sus inversiones en minerales e infraestructura africana parecen distintivamente imperiales también.
Al mismo tiempo, los chinos necesitan tener sus propios consumidores para reemplazar a los de EE. UU. La China post-“Chimérica” necesita no sólo ser un imperio, sino también una sociedad de consumo.
Las implicancias de este divorcio son enormes. Imaginemos una nueva guerra fría entre dos superpotencias con el mismo tamaño económico. O una nueva versión del antagonismo anglo-alemán de principios del siglo XX. Esta analogía captura mejor el hecho de que un alto nivel de integración económica no necesariamente previene el crecimiento de la rivalidad estratégica y, en última instancia, el conflicto. Estamos muy lejos de la guerra: las placas tectónicas de la geopolítica no se mueven tan rápido. Pero las señales de peligro están ahí.
—Niall Ferguson
 
Lo “GRATIS” ahora cuesta
 
“Podés ganar dinero regalando cosas”, dice Chris Anderson, autor del éxito editorial “Free: The Future of a Radical Price”. “Es verdad que hay cosas gratis”. Sin embargo, existen tendencias económicas poderosas que inclinan la balanza en la otra dirección. Google puede que tenga éxito regalando servicios y datos. Pero la revolución tecnológica que celebra Anderson —y el nuevo y desafiante entorno económico— se contrapone con la tendencia de empresas que, cada vez más, piden a sus clientes que abonen por bienes y servicios que solían ser gratuitos. Lo gratis rápidamente está siendo reemplazado por lo pago.
En agosto de 2007, al comprar The Wall Street Journal, Rupert Murdoch consideró la posibilidad de liberar la parte digital del diario, aun cuando más de 1 millón de personas pagan por una suscripción a WSJ.com. Pero a medida que la publicidad que respaldaba sus muchas plataformas mediáticas se fue secando, el magnate de los medios dio marcha atrás. “Todos nuestros nuevos sitios web serán pagos”, aseguró en agosto. Los clientes de las aerolíneas —una de las pocas industrias más necesitadas de ingresos que los diarios— aceptaron con muy pocas quejas los cargos de entre US$ 15 y 25 dólares por despachar equipaje implementados en 2008. Este año, Michael O’Leary, CEO de Ryanair, planteó la idea de cobrar a los pasajeros £ 1 por usar el baño durante el viaje.
Las instituciones culturales, que recibieron un fuerte impacto por la recesión, se suman alegremente a esta tendencia. ¿Querés ver la hermosa palma de cera en el jardín botánico de San Francisco, o la exhibición de las reproducciones Whistler en el museo de arte de la Universidad de Arizona? Gracias a la nueva política de precios, ahora vas a tener que pagar unos pesos. En julio, la autoridad de parques de un condado de Virginia comenzó a cobrar entrada a lugares paradisíacos como el lago Accotink, cosa que antes era gratuita.

A medida que los vehículos de Estados Unidos son más ecológicos y consumen menos combustible, y por lo tanto disminuye la recaudación impositiva, las autoridades están encontrando otros modos para solventar la construcción de rutas y puentes. Se está construyendo estaciones de peaje en Texas, Virginia Oriental y Carolina del Norte. Más regiones se centran en poner un precio a las congestiones. En agosto, las autoridades de Rhode Island duplicaron el precio del peaje del puente Claiborne Pell. Y al igual que los conductores pagarán más para manejar, las empresas lo harán por consumir combustible, por ejemplo, con un impuesto a las emisiones de gases de carbono. Los expertos coinciden en que los estadounidenses pronto tendrán que pagar por realizar una actividad que siempre fue gratuita: contaminar. Ésta podrá ser la era del almuerzo gratuito, pero los comensales deberán abonar sus cubiertos. —Daniel Gross
 
La Argentina no tiene sistema de salud
 
Mientras Barack Obama sigue buscando apoyo para reformar el sistema de salud de Estados Unidos (este miércoles 10 se disponía a hablar ante el Congreso), la Argentina no tiene esos problemas. En realidad, lo que no tiene es sistema de salud. “Un sistema se apoya en una estructura, una función y un órgano que lo coordine”, sostiene Ignacio Katz, médico sanitarista. “Y la Argentina tiene un sistema tan fragmentado que no existe como tal”.
De los casi 40 millones de habitantes del país, un 45 por ciento es atendido por el sistema público, un 47 por ciento por las obras sociales y el PAMI y el 8 por ciento restante por prepagas. Por otra parte, la carga y el impacto del gasto sobre el bolsillo, proyectado en $ 26.400 millones para este año, resulta ser asimétrico. Según un informe que analizan esta semana en Ushuaia los participantes del XII Congreso Argentino de Salud, los más pobres (que se atienden en hospitales) son los que tienen que pagar el 100 por ciento de la medicación ambulatoria, mientras que los asalariados y más pudientes gozan de descuentos. Katz, autor de los libros “En búsqueda de la salud perdida” y “La fórmula sanitaria”, propone desde hace más de dos décadas un “sistema integrado de salud” que incluya un gabinete de conducción y tres velámenes: estrategia, estructura y cultura laboral. Cristina Kirchner usó ese término en su discurso inaugural de las sesiones del Congreso en 2008, pero no hubo avances mayores a la enunciación.
Peor: para Edgardo Trivisonno, médico sanitarista y ex Subsecretario de Salud porteño, la economía creció en el último quinquenio a un promedio de 9 por ciento, pero eso no se acompañó de una mejora en los indicadores de desarrollo social, y en cambio recrudecieron enfermedades emergentes y re-emergentes. —Matías Loewy
 
Vamos a ser padres de nuestros padres
 
El aumento de la expectativa de vida, esas pequeñas batallas médicas para ganarle minutos o años a la muerte, está alterando, aún más, las vidas de las familias contemporáneas: la gente vive más tiempo, así que las generaciones se acumulan. Y una nueva tendencia —no tan nueva— está volviendo a instalarse en algunas familias: varias generaciones vuelven a vivir bajo el mismo techo. En EE. UU., el número de familias con tres o cuatro generaciones conviviendo en la misma casa aumentó un 39 por ciento entre 1990 y 2000. En ese año, había alrededor de 4 millones de casas multigeneracionales.

Desde entonces, entre 2000 y 2007, las situaciones de padres viviendo en las casas de sus hijos adultos aumentaron el 67 por ciento. Y en otros casos, hijos adultos con sus propias familias vuelven a vivir con sus padres. Para los expertos, los altos precios de las casas y los bajos sueldos son factores determinantes. “Es mucho más barato mantener una sola casa”, dice Frances Goldscheider, profesor de sociología de la Universidad de Brown.

Según el futurista Andrew Zolli, las personas nacidas después de 1975 podrían terminar cuidando a sus madres más tiempo que el que sus madres las cuidaron a ellas, desde que las mujeres de esa generación vivirán más de dieciocho años después de jubilarse y necesitarán algún tipo de ayuda de parte de sus hijos. Para el médico, psicoanalista especializado en vejez y coordinador del Departamento de Adultos Mayores de la Asociación Psicoanalítica Argentina, Enrique Rozitchner, seguramente van a ser más años de cuidado, aunque  también es cierto que junto con la expectativa de vida crecen los años de vida útil. “Pero sí empieza a haber una superpoblación de personas mayores, y se da que hijos que ya son abuelos viven con sus padres, bisabuelos. A medida que los hijos envejecen se convierten en viejos cuidando a viejos más viejos. Pronto va a ser común que la generación de gente de la tercera edad cuide a los de una cuarta edad”. —Juan Morris
 
"Slumdog" arruinó los Oscar
 
No porque no mereciera ganar, sino porque es otro caso de cine alternativo que se lleva el premio mayor. Este año, la Academia decidió aumentar el número de nominados al premio a la mejor película de cinco a diez, porque el número anterior estuvo dominado por películas menores. Y al no tener grandes éxitos (“WALL-E”, “El caballero de la noche”) en el grupo, el rating de la transmisión de los Oscar siguió bajando. La última entrega, en febrero, tuvo “sólo” 36 millones de telespectadores. La teoría es que si se abre un poco la puerta, eso permitirá que películas como “Up.  Una aventura de altura” entren al grupo de los nominados, y millones de seguidores verán la transmisión para alentar a su favorita. Pero esto origina dos problemas posibles. Con más nominados, serán necesarios menos votos para que una película gane. Así, un film con muchos seguidores podría inclinar la balanza, aún cuando, por ejemplo, “Star Trek” esté lejos de ser la mejor película del año. El segundo problema: sería nominada al Oscar. -Ramin Setoodeh
 
Los argentinos somos hinduistas
 
Un setenta por ciento de argentinos profesa, en mayor o menor medida, la fe católica. Sin embargo, en los últimos tiempos crecieron algunas actividades relacionadas con la espiritualidad, más allá del credo: desde el yoga hasta la medicina ayurvédica. La tendencia se reproduce en muchos países del mundo.

El dato más llamativo tiene que ver con que cada vez más personas creen en la reencarnación, una cuestión central en el hinduismo según la cual las almas vuelven a la Tierra una y otra vez en diferentes cuerpos.

Según datos de una encuesta de Gallup, un 33 por ciento de los consultados (34% de los católicos, 29% de los protestantes y 20% de los ateos o agnósticos) piensa que hay vida terrenal después de la vida. No es extraño que Brian Weiss, especialista en regresiones, sea bestseller en el país. Colmó la sala José Hernández de la Feria del Libro en abril pasado, y 1.100 adeptos asistieron a su seminario “Almas eternas”. Discípula de Weiss, la psicóloga Liliana Hollmand sostiene que sus talleres de regresión en Buenos Aires duplicaron la afluencia de participantes “católicos, judíos, agnósticos, budistas o hindúes” en un año.  —Cristian H. Savio
 
Los inmigrantes traen mas trabajo del que quitan
 
Hay un lugar común que dice que los inmigrantes le roban el trabajo a la gente del país al que emigran. Sin embargo, es sólo un exabrupto xenófobo: la realidad es exactamente al revés. En EE. UU., se calcula que la diferencia de réditos económicos para el país puede llegar a US$ 250.000 millones, según se apliquen políticas inmigratorias más o menos restrictivas, de acuerdo con un estudio reciente del Instituto Cato. En la Argentina, la situación es similar.

Los bolivianos, por caso, “generan trabajo a su alrededor”, asegura el sociólogo del CONICET y la UBA Roberto Benencia, coautor del libro “La inmigración limítrofe: los bolivianos en Buenos Aires” (Centro Editor de América Latina). “Además, en las áreas hortícolas, que siempre fueron muy demandantes de mano de obra y sufrieron períodos de escasez, la radicación de  bolivianos solucionó el problema y, además, evitó que la verdura se encareciera”, asegura.

Benencia puntualiza otro fenómeno: el ascenso social y económico que tuvieron los bolivianos. “Trabajando a partir de su propia autoexploración, en el area hortícola bonaerense, que da de comer verdura fresca a 15 millones de personas, un 40 por ciento de productores son bolivianos”, asegura. Y es un dato central: porque de ese 40 por ciento, un 25 por ciento es propietario de las tierras que trabaja y el 72 por ciento arrienda las tierras. “Absolutamente todos llegaron como peones”. El caso paradigmático es el de Río Cuarto, donde llevaron nuevas tecnologías, invernáculos, semillas de última generación y equipos de riego que no había. La ciudad, que antes importaba frutas y verduras, ahora exporta.—Juan Morris

 

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