Veintitres // 31-07-09 // Del terrorismo económico al retorno de la política

Publicado en por Opiniones Creadas

Durante muchos años los argentinos fuimos prisioneros de un discurso dominado por los mandarines del lenguaje económico; fuimos pasivos receptores de un discurso terrorista en el que se clausuraba de una vez y para siempre cualquier alternativa diferente a la del neoliberalismo. Los economistas profesionales, aquellos en especial que oficiaban de gurúes de los grandes grupos económicos y que estaban a la vanguardia de la especulación financiera, habían logrado introducir una palabra mágica: inexorabilidad, que quería decir precisamente eso: que el triunfo de la economía de mercado y de la globalización constituían no sólo la expresión del éxito del capitalismo más concentrado y liberal sino, en un sentido más amplio y decisivo, el fin de la historia, el arribo a una época en la que quedaban para siempre cerrados los conflictos políticos, las luchas ideológicas y cualquier alternativa a las leyes sacrosantas del mercado. Nada quedaba por hacer, apenas esperar que algo de la riqueza infinitamente producida en los países centrales se derramase sobre nuestras pobres sociedades tercermundistas. Un clima de resignación y desasosiego dominó la escena hasta vaciar de contenidos antiguas y venerables posturas intelectuales que se resistían a esta clausura de la historia. Lo que quedaba herido de muerte era la posibilidad de imaginar alternativas políticas y económicas capaces de introducir demandas de equidad en el interior de sociedades brutalmente desiguales.

Lo inesperado, aquello que no estaba en el manual de nuestros economistas ortodoxos de los noventa, ocurrió al girar el siglo en Latinoamérica cuando desde la Venezuela de Chávez, pasando por el Brasil de Lula, la Argentina de Kirchner, la Bolivia de Evo Morales, el Uruguay de Tabaré, el Ecuador de Correa y el Paraguay de Lugo comenzaron a hacerse sentir no sólo nuevas perspectivas que parecían olvidadas sino que regresó con insistencia lo que quisiera definir como la cuestión de la política allí donde se iniciaron procesos complejos, de acuerdo a cada país y a cada proyecto, de redefinición del papel del Estado en la regulación de las respectivas economías asociado todo esto a ciertos modos de la participación popular que podían aparecer como anacrónicos respecto de los vientos dominantes de la época.

América latina, y Argentina no fue la excepción, giró hacia posiciones que muchos calificaron de “populistas” pero que, en líneas generales, tenían más que ver con un freno al abusivo dominio del neoliberalismo que con el retorno efectivo a modelos que hundían sus raíces en el primer peronismo, en el varguismo brasileño o en el cardenismo mexicano de los cuarenta. Se trató, más bien, de la introducción de políticas gubernamentales en disonancia con la retirada del Estado y fuertemente inclinadas a redefinir la lógica de la distribución de la riqueza en un continente que había visto cómo en los últimos veinte años las cifras de la desigualdad alcanzaban niveles escandalosos, los más altos del planeta, acrecentando exponencialmente la pobreza y la marginación. Frente a ese cuadro algo comenzó a sacudirse en el cuerpo sudamericano y eso que se inició tímidamente pasó a convertirse en insoportable para la lógica del establishment.

Hugo Chávez se transformó en el diablo, en el nuevo come niños una vez derrotado el comunismo; Evo Morales tuvo y tiene que lidiar con las conspiraciones separatistas de los nuevos ricos de Santa Cruz de la Sierra mientras profundiza la política de nacionalización de los hidrocarburos y avanza en muchos otros terrenos; a Lula, eso parece olvidarse hoy cuando tanto se lo reivindica, la corporación mediática brasileña intentó desbancarlo pero no lo lograron; Correa fue jaqueado por la invasión colombiana –vanguardia de la política de Estados Unidos hacia nuestro continente–; el gobierno de Cristina Fernández sufrió la poderosa embestida de los dueños de la tierra acompañados por los grandes medios de comunicación que asumieron, claramente, un rol de oposición (de derecha) allí donde esta última carece de cualidades y condiciones para serlo, y ahora vemos de qué modo en Honduras se experimentan alternativas para clausurar el avance de políticas distribucionistas y populares apelando a un dispositivo de seudo legalidad institucional, mientras lo que efectivamente se está llevando adelante es un golpe de Estado que busca no sólo quebrar a Zelaya sino, más grave todavía, sentar un peligroso antecedente para el resto de América latina.

En definitiva se trató y se trata del retorno de la política, de la instalación en la escena latinoamericana de una gramática que parecía olvidada y que respondía a otra época de la historia. Una rareza en un tiempo dominado por la economía y sus lógicas que suelen, por lo general, desechar lo político en nombre de las más diversas formas de la gestión y de las reingenierías sociales, esas que en los noventa nos dieron un Collor de Melo, un Menem o un Fujimori. Tal vez por eso deberíamos leer los últimos acontecimientos de la escena nacional desde una perspectiva más amplia, entendiendo el papel y el lugar que ocuparon cada uno de los actores a lo largo del conflicto desatado alrededor de la resolución 125 y que se fue desplegando hasta alcanzar una actualidad en la que el kirchnerismo aparece extremadamente debilitado y sin ofrecer perspectivas interesantes que permitan redefinir un rumbo al que claramente le falta una brújula para orientarse en un tiempo de turbulencias. Los acontecimientos dirán si estamos o no entrando en un giro crepuscular de aquello inaugurado en el 2003.

Si esto es así, si en las diversas geografías latinoamericanas se inició, hace unos años, un camino de retorno a la política antes devastada por la hegemonía del discurso económico neoliberal, una hegemonía que desbarrancó la posibilidad misma de pensar desde tradiciones emancipatorias alternativas a la lógica del capitalismo salvaje, lo que es fundamental volver a discutir no es solamente las modalidades de la intervención económica sino los modos a través de los cuales se podrá recrear al mismo tiempo un pasaje a la política de la mano de una reinvención democrática sustentada en algo más que el decisionismo kirchnerista; es decir, de qué modo las políticas de transformación ligadas a la redistribución efectiva de la riqueza, al mejoramiento de las condiciones de vida de los sectores populares y a la ampliación del rol regulador del Estado se conjugan con la emergencia de amplios movimientos sociales que se constituyan en base de apoyo de esas políticas.

Lo que también supone comprender lo que en términos socio-culturales ha significado el neoliberalismo, asumiendo la extremadamente compleja tarea de reinventar tradiciones democráticas y emancipatorias duramente golpeadas en las últimas décadas.

Entre las debilidades del gobierno, profundizadas por la derrota del 28 de junio, quizá la más evidente y problemática sea precisamente la que nos remite a una base de sustentación social de un proyecto que no logró delinearse, que aún permanece vacante pero que tímidamente pareció apuntar hacia una refundación estatal ligada a un modelo económico en disputa con la hegemonía neoliberal. Pero sin esa base social y política de sustentación, que sea capaz a su vez de redefinir una serie de políticas económicas de raíz popular, las perspectivas de salir de la actual encrucijada son muy limitadas. Los acontecimientos del 2008, la ferocidad con la que la derecha mediática asociada con los dueños de la tierra y los imaginarios reaccionarios de amplios sectores de las clases medias embistieron contra el gobierno en una época de bonanza económica, de crecimiento espectacular del PBI y del consumo, puso en evidencia el núcleo de la debilidad gubernamental, una debilidad nacida de la incapacidad de generar, hasta ahora, un genuino acompañamiento popular.

Es en este sentido, que cualquier medida que se tome deberá comprender esa necesidad de interpelación y reconocimiento sabiendo que la profundización de políticas signadas por la búsqueda de mayor equidad se toparán con la violenta oposición de las clases dominantes que no están dispuestas a renunciar a ninguno de sus privilegios ni a aceptar que la historia, ya clausurada de acuerdo a su propia visión del mundo, pueda, nuevamente, ponerse a andar en otra dirección.
Salir de los noventa, de la lógica de la resignación que invadió nuestras sociedades, supone volver a discutir el entramado de economía, política y cultura al mismo tiempo que no se debe ni puede invisibilizar la profunda derrota, en amplios sectores, de las visiones progresistas ante la brutal naturalización del imaginario liberal. Un imaginario que modificó conductas sociales, formas de la sensibilidad, prácticas culturales y modos de ver el mundo pulverizando, en muchos casos, la tradición de los oprimidos.

Por eso no es cuestión, exclusivamente, de insistir con un discurso neodesarrollista o afincado en la lengua de los economistas, un discurso de las cifras y de los escenarios productivos; se trata, por el contrario, de politizar la economía, de inscribirla nuevamente en el interior de un proyecto de transformación que sepa dejarse interpelar por los sujetos de las injusticias, por aquellos sin los cuales todo proyecto será apenas una pura manifestación de deseos altruistas sin base genuina de sustentación y profundización.
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