Revista Devate // 22-07-09 // Eugenia Almeida: “Los efectos de la dictadura se ven, aún hoy, en los chicos”

Publicado en por Opiniones Creadas

Escritora y docente, es autora de la novela El colectivo, una singular reflexión sobre la vida cotidiana durante el régimen militar 
 
El colectivo narra una historia pequeña y trágica situada en un pueblito de la pampa cordobesa en 1977, típica locación donde “nunca pasa nada”. Resulta que aquello que pasa -el micro- deja de pasar, o mejor dicho, deja de parar: sólo pasa. Algo pasa. Pero “algo habrán hecho” las víctimas de eso que pasa; eso que pasa, que, en rigor, es el poder absoluto orientado a la masacre de la diferencia, apoyado en “la profusión de mezquindades grandes y chiquitas de la sociedad”.
Dice Almeida que le gustaría parecerse a Marguerite Duras (“la brutalidad suave de sus frases secas”) o a Irène Némirovsky (“su capacidad de decir cosas tan profundas con anécdotas comunes”), y la novela tiene un parentesco natural con Cuarteles de invierno, de Osvaldo Soriano.
Cordobesa y comunicóloga, se trata de su primera novela. La escribió en 2003 con una prosa pulcrísima y una poderosa lucidez para detectar las raíces de la atrocidad en las genealogías personales y sociales. Y la mandó, “sin la más mínima esperanza, como quien compra el Loto”, al premio del Salón Iberoamericano de Gijón, con un jurado presidido por el chileno Luis Sepúlveda e integrado por representantes de editoriales de Portugal, Italia, Francia, Grecia y España.
El premio consistía en la publicación en esos países (adelanto monetario incluido); tan poca expectativa tenía la autora que cuenta haber estado a punto de no mandarlo para no gastar el dinero de impresión y anillado de dos copias. Pero lo mandó. Justo ese año el concurso pasó a ser bianual, de manera que fue recién en 2005 que ella vio los títulos seleccionados como finalistas y, al ver que figuraba El colectivo, pensó: “Qué tonta, le puse un nombre tan vulgar que hay otra llamada igual que resultó finalista”. Pero poco después, una voz ibérica en el teléfono le dijo que había ganado. Ése fue el único día de su vida en que literalmente se quedó sin voz. Así fue que, después de recibir numerosos elogios de la prensa y la crítica europeas, a través del sello Edhasa llega a los lectores argentinos este libro que sufre el pasado para sentir el presente.
¿Siempre tuvo la preocupación y voluntad de reflexionar sobre la dictadura?
Sí, creo que es inevitable. Pienso en mi generación, tengo treinta y seis, y me parece imposible haber sido niños en esa época y que eso no sea un tema que nos atraviese. Pero yo también veo consecuencias de la dictadura en mis alumnos de secundario de trece o catorce años. Hay cosas, gestos, actitudes, construcciones, símbolos, en que uno ve hasta qué punto caló aquello. Siento el deber de ser lo más consciente posible de qué cosa es lo que me está marcando. No se podía ir a la escuela primaria en la Argentina de los setenta y salir inmune, más allá de personas cuyo recorrido biográfico las puso en el centro del torbellino, como el caso de Laura Alcoba, que vive desde niña en Francia, exiliada, y decidió escribir su libro (ndr: La casa de los conejos) cuando volvió a visitar su tierra natal. No es mi caso, mi experiencia era en la escuela, oyendo, viendo y aprendiendo a callar. La escuela era el espacio público para los chicos, donde se respiraba el clima de la época, donde percibían el miedo y los silencios, las cosas naturalizadas que no deberían serlo; era común, por ejemplo, que nos hicieran tirar al piso por un tiroteo.
¿Podría ejemplificar esas marcas de la dictadura en sus alumnos del secundario?
La imposibilidad de pensar colectivamente. Aun con buenas intenciones, no surge un pensamiento colectivo, que es más difícil pero más rico y apasionante. También la dificultad para escuchar, cualquiera sea el que hable. La dificultad de comprender la ambigüedad. Es muy fuerte llegar a un aula y encontrar que los chicos se resisten a poner en cuestión cosas, tienen una mentalidad de que “esto es así” y no se piensa. Entonces la única convicción que puedo intentar transmitirles es que las cosas no siempre son lo que parecen, que el mundo es más complejo, que percibimos lo que esperamos ver y hay que tener cuidado con eso. Cuando a mí me mostraban esas complejidades en la secundaria, sentía que me liberaban, me entusiasmaban. Bueno, creo que lo que pasa hoy tiene que ver con que no se borra una generación gratuitamente. No se arranca de cuajo una generación gratuitamente. Yo fui niña cuando lo peor de este país organizó un sistema de terror espantoso, y la gente que no acusa recibo porque no le hicieron nada a ningún afecto cercano es la prueba de la rotura del sentimiento de comunidad; lo más grave es que está en los chicos. Se expresa como una imposibilidad de escuchar al otro.
Pero, el libro muestra que el exterminio fue posible apoyándose en esas pequeñeces que ya existían en 1977.
Sí, se montaron en esas pequeñeces, en la difusión de mezquindades. Esos señores, los militares, que tenían sus familias, sus casas, eran miles. ¿Qué pasó? ¿Era un país fascista, y la gran mayoría estaba conforme con el exterminio? Y ahí hay una batalla ganada, porque todos aquéllos que necesitan eliminar a otro, de alguna manera, para poder vivir en paz, ven la vigencia de ese mecanismo, porque todavía hoy los valores democráticos no son lo común en el trato cotidiano, en el tránsito callejero, en una cola para pagar las cuentas, etcétera. Frente a este estado de cosas, todos tenemos responsabilidad política. Incluso, o más aún los que éramos niños en aquella época. Pienso en la edad de las Abuelas, por ejemplo. El valor de una Estela Carlotto, luchadora eterna, que nuca tuvo un desborde, siempre apostando a la construcción. Espero que cuando le toque morir se vaya con la tranquilidad de todo lo que le ha dado a la democracia argentina; dudo que tenga el reconocimiento a la altura que se merece. Es gente que está grande y su ejemplo es necesario para contrastar con cosas que son efecto de los años de dictadura, como por ejemplo los discursos de los productores rurales que proponían, literalmente, bajar al gobierno democráticamente elegido. Pero la vigencia está también en las pequeñas cosas.
¿Para eso existe el personaje llamado Victoria, que da trabajo en su campo santafesino a todos los que llegan huyendo del régimen?
No hay nada deliberado en la novela. La fui escribiendo sin tener idea de a dónde iba; de hecho empieza como la historia de un personaje que luego resulta ser espectador de la historia central. Y no siento míos a los personajes: siento que se presentaron y los describí como aparecieron. Victoria para mí es un personaje paradójico, porque sí, hace lo suyo, pero no dice nada. Es uno de los dos personajes que ven lo que pasa, pero no encuentran cómo decirlo. Nadie puede decir nada, no hay nadie heroico, porque el contexto social era de una mezquindad asfixiante.
Volviendo a lo que decía de las Abuelas, ¿cree que en las gestiones kirchneristas se estableció un reconocimiento real a los organismos de derechos humanos?
Sí, pero yo me refiero a lo que pasa en la calle. No creo que los gestos del Gobierno expresen cambios de opiniones masivas. Creo que, a pesar de que el Gobierno es criticable en mil cosas, todavía no se ha valorado como corresponde el avance en el reconocimiento a los derechos humanos que hubo en estos años. Me parece que la mayoría en la calle, hoy, tiende a la reacción; ¿cómo puede ser que se caracterice al Gobierno como de izquierda por las retenciones, si es un mecanismo que usan todos los países? ¿Cómo puede decirse que avanzar en derechos humanos implica una simpatía por la lucha armada?

 

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