Buenos Aires Económico // 21-07-09 // El rol de la agroindustria en la Argentina

Publicado en por Opiniones Creadas

Evidentemente existe ostensible animosidad contra la agroindustria. A veces las manifestaciones son directas, otras aparecen disfrazadas apelando a consideraciones con escaso sustento político, social y técnico, si se prefiere. No se me ocurre una actitud parecida en sociedades donde un segmento importante, quizá decisivo, de la actividad económica se vincula con un sector que por liderarla se convierte en estratégico. Pienso en los países fuertemente exportadores de petróleo, de minerales, de alimentos procesados, de industrias altamente competitivas, de servicios de alta calidad, etcétera. Tampoco presumo que en función de respetables quimeras dejen a la intemperie actividades comprobadamente ventajosas que nada tienen que ver con preferencias librecambistas.
 Los enfoques, porque no son objetivos, realistas, casi siempre comparten juicios descalificadores que tienen un significativo efecto amplificador, inspirados en anticuadas categorías políticas, cuando no en refutables proposiciones teóricas. La más sangrienta proviene del georgismo (1879), cuando concluye que vía impositiva a los productores hay que dejarles la cáscara (la nuez) y despojarlos del fruto o sea la renta. Lenin, después del experimento colectivista inicial, en 1922 debió ceder frente a la escasez de granos y de otros alimentos y sancionar cambios para enfrentar las hambrunas (1922). Éstas se repitieron en 1928 después de que Stalin volviera atrás como sucesor al jefe de la revolución de 1917.

HOSTIGAMIENTO. Resulta sorprendente que el mismo hostigamiento no se manifieste contra tantos sectores parasitarios de la vida nacional y más incompresible aún que no se exalte, con igual énfasis, al conjunto de compañías e instituciones públicas y privadas que han hecho contribuciones definitivas para jerarquizar la producción y las exportaciones argentinas, empleando ciencia, capital y recursos humanos. En los últimos veinte años la agroindustria, muchas veces con viento en contra, ha demostrado que supo duplicar las fronteras agrícolas, innovar en biotecnología y en rotación de cultivos y sanear el medio ambiente empleando una innovación que se exporta, como es la siembra directa, iniciada hace más de treinta años, entre muchas otras cosas.
Desde el punto de las tradicionales vulnerabilidades históricas argentinas, el agro ha sabido responder gallardamente a los requerimientos que le fue formulando la política económica. La asistencia al Tesoro y al mercado de divisas son testimonios incontrovertibles de ello. Las recaudaciones del sector agroindustrial han representado alrededor del 40% de la recaudación total y la cadena agroindustrial más del 50% de las exportaciones, en una atmósfera donde representa el 20% del PBI y contrata directa e indirectamente el 35% del empleo total (Nogues y Porto). Las comparaciones son odiosas, pero no pueden ocultarse si de lo que se trata es de acercarse a la verdad para resolver problemas. El sector es contribuyente neto de divisas. Sus importaciones sólo representan el 15-20% del total exportado. El sector industrial (MOI), en cambio, en el 2008 registró un déficit de u$s26.000 millones (Bein y Dal Poggetto) cuyo financiamiento genuino es inseparable del comportamiento externo del campo.
Si este enfoque objetivo y realista de la cuestión es correcto, sería mezquino y técnicamente incorrecto circunscribir la cuestión a una suerte de preferencia entre antípodas. Agro e industria deben ser, necesariamente, actividades complementarias. El arco industrial es amplio y diversificado y un eventual proyecto deberá contemplar, desde la interioridad de la economía real, cómo armonizar los intereses sectoriales en juego, pensando no sólo en incrementar la oferta para el mercado interno sino también aumentando el protagonismo en el mercado internacional, habida cuenta de que la oferta global puede superar holgadamente la demanda interna de una extraordinaria variedad de productos. Seguramente, como ya ha sucedido, contemplando esos aspectos se podrá repetir la expansión de la frontera agrícola y magnificar la demanda de bienes industriales ligada al sector y apuntalar la mejora de los niveles de empleo calificado, como ha venido sucediendo en los últimos lustros. Es decir impulsar los famosos eslabonamientos descriptos por Hirschmann, entre otros, hace más de medio siglo.

DESENCUENTROS. Los desencuentros registrados antes, durante y después de la 125 están presentes en las actuales circunstancias productivas, cuyas consecuencias superan los efectos de la sequía que, por lo demás no es un hecho nuevo en la historia. Golpearon en tiempos de Rosas y de Perón con recurrencias frecuentes. Después de esta prueba, la soja verá disminuida su cosecha en un 35%, al igual que el maíz y el trigo (Alvarado Ledesma), sin dejar de mencionar la crisis en la producción e industria lechera que el cierre de más de seis mil tambos testimonia elocuentemente. La fuerte contracción, producción, demanda y exportación de maquinaria agrícola en un contexto de considerables pérdidas de empleos y vaciamiento del paisaje rural, merece ser tomada muy en serio para formular un replanteo a la altura de las circunstancias, donde quedan pocas posibilidades de echar mano a la caja fiscal o a las reservas internacionales según se expresó.
Ahora se presenta otra oportunidad que no podemos volver a desperdiciar obnubilados por enfoques mezquinos o equivocados. Los veintisiete gobernantes reunidos en la reciente cumbre del G-8 en L’Aquila, Italia, acordaron aportar u$s20.000 millones para enfrentar el hambre y la inseguridad alimentaria, sobre todo en África. Si encaramos el tema con la debida responsabilidad, podríamos satisfacer las demandas emergentes, que no se limitan a granos, sino también a maquinaria, tecnología y asistencia. Por supuesto, hay competidores, inclusive en la región, pero a ellos les demandará más tiempo que a nosotros. La meta realista de 150 millones de toneladas de granos y recomponer y variar el stock ganadero tendría un formidable efecto multiplicador, con inmejorables ganancias fiscales y cambiarias. Sinceramente, la alternativa no la vislumbro. Aquí campo, industria, empleo y las solvencias gemelas podrían ir de la mano.

* Economista


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