SUR // 05-07-09 // El factor aleatorio
05-07-2009 / Aún los grandes cambios se dan por conjunción de grandes fuerzas de la historia y pequeños detalles. en las crisis, las brumas no ayudan a diferenciar lo azaroso de lo esencial. Abundan los análisis de qué pasó en las elecciones del 28. Para todos los gustos
por EDUARDO ANGUITA
En su inmensa obra Los Miserables, Víctor Hugo dedica una cantidad de páginas a la batalla de Waterloo. Dicen que, en realidad, las coló en el texto aunque no tenían relación estricta con la trama, porque como los editores de entonces pagaban por página, de ese modo el autor romántico se ganaba unos francos extras. El relato tiene claramente el punto de vista francés. En él, Víctor Hugo cuenta que un factor aleatorio se le había escapado a Napoleón: las lluvias del día previo sobre el campo de batalla. Así, el traslado de los cañones se demoraba porque las cureñas se atascaban antes de llegar a las lomadas y el Pequeño Corso no podía contar con la precisión de su arma favorita, la artillería, en la que se había formado. Y porque, en el momento en que las hostilidades ya estaban en pleno desarrollo, la bruma que se elevaba en aquella mañana primaveral en los campos belgas les hizo creer a los observadores del emperador que quienes llegaban por un flanco eran los refuerzos del general Murat, cuando en realidad eran más batallones de Wellington. La descripción de Víctor Hugo sobre la suerte corrida por los coraceros de Bonaparte es muy impresionante. Las tropas de elite, las que lanzó al combate cuando todavía confiaba en poder ganar, fueron un fracaso: los corceles normandos se despeñaban y los jinetes, en vez de cargar sobre los ingleses, quedaban maltrechos en el piso antes de entrar en combate. Es difícil, en la lectura apasionada de esas páginas, dejar de preguntarse qué hubiera pasado si el terreno no hubiera estado embarrado aquel día de junio de 1815, cuando Napoleón quiso retomar la iniciativa y fue por todo. Quizá, como surge de la pluma de Víctor Hugo, la historia hubiera sido otra.
¿La historia? O, apenas (aunque Waterloo nunca parece “apenas”), la suerte de esa batalla. ¿Napoleón había cumplido un ciclo? ¿Sus generales estaban peleados tanto como para que hubiera desaliento entre sus bravos? ¿Sus adversarios, unidos, tenían que batir al emperador con pretensiones ilimitadas? La historia no es contrafáctica pero permite dejar flotando preguntas para saber qué fortalezas reales tenía cada bando y, en todo caso, cuántos factores aleatorios definieron la suerte para un lado o para el otro. Pero así como los historiadores y los políticos son afectos a internarse en preguntas del estilo de las formuladas más arriba, los financistas y los hombres de poder económico suelen ver la realidad de otra manera. En aquella misma jornada, la familia Rothschild, la más poderosa de Europa en aquellos años, que tenía sedes tanto en París como en Londres, Berlín y Bruselas, había encarado la batalla de Waterloo con otro ángulo: tenían fisgones que seguían a las tropas y que, llegado el momento del combate, se ubicaron en las alturas, sacaron sus catalejos y trataron de descifrar la suerte de las armas antes de que finalizara el entrevero. Una vez que supieron que el imperio francés se derrumbaría, los mensajeros de Rothschild galoparon hasta un puerto belga, subieron a un barco que los esperaba, atravesaron el canal de la Mancha y desembarcaron cerca de Londres para informar a Nathan Rothschild. Los operadores bursátiles de entonces seguían los pasos de los Rothschild, que siempre tenían información privilegiada. Nathan, entonces, mandó a los suyos a deshacerse de papeles ingleses. ¡Bonaparte ganó!, fue la interpretación generalizada. La psicosis posterior, ya prevista por los Rothschild, hizo lo suyo: se desplomaron las acciones de los aliados y se valorizaron las francesas. En el momento justo, en vez de sus coraceros al barro belga, Nathan mandó a comprar al por mayor los papeles depreciados. Al fin del día, cuando la noticia se supo en Londres, los Rothschild habían multiplicado varias veces sus millones de libras esterlinas.
Argentina, otro junio. Abundan los análisis de qué pasó en las elecciones del 28. Para todos los gustos. Más difícil que explicar qué le faltó al kirchnerismo y qué méritos tuvieron quienes le propinaron un golpe inesperado es evaluar cuántas cosas pueden –y deben– hacer los kirchneristas para recuperarse y, sobre todo, recuperar la iniciativa perdida. En un clima volátil, es cierto, los factores aleatorios pueden jugar para un lado o para el otro. Pero esto no fue Waterloo y la cancha no estuvo embarrada. Parece haber una pasión desenfrenada por sobredimensionar el papel de las eventualidades. En momentos de crisis –y ahora hay una crisis política– conviene apegarse a algunas verdades simples.
Porque, no hay que olvidar que el sistema sigue y hay otros, financistas precisamente, aunque no tengan el talento de los Rothschild, que se encargan de sacar provecho de cualquiera de los escenarios futuros y que, además, apuestan a todos ellos. Entonces, con miras a salir de esta situación, y aún más allá de 2011, para el kirchnerismo no es beneficioso llegar con el peronismo debilitado. Pero esto también es cierto para otros que se sienten ganadores y hasta el día antes eran aliados. Si ellos colaboran con el Gobierno tienen más chances. Ahora, si el Gobierno no colabora con ellos, se cierra caminos. Para eso, tiene que hacer cambios. ¿Cuáles? ¿Quiénes tienen que salir del gabinete y quiénes pueden reemplazarlos? Es difícil prever qué medidas tomará la Presidenta. Tiene a su favor que el resultado electoral no fue contra el modelo y en contra que sí fue contra el modo. Y quienes tienen años de compromiso dentro del Gobierno, si están convencidos, tienen que decir sin tapujos que, por ejemplo, hay que cambiar el Indec. Y poner un ministro de Economía de un perfil más alto. Porque, si no, van a llamar al Consejo Económico Social y los funcionarios no van a tener autonomía. Tendrán que esperar la palabra presidencial. Y no es momento para eso. Lo mostró la pandemia de gripe A N1H1: la ministra Ocaña no podía decidir nada, ni siquiera transmitir las cifras de la pandemia. Si el diálogo y el acuerdo entre distintos actores funciona, y los factores aleatorios no imponen otro rumbo, parecería que el Gobierno sale de la crisis. Pero si los que quieren desmarcarse del kirchnerismo apuestan a su fracaso, están sentenciando su propia suerte. Porque, entre apoyar a los auténticos (Cobos, Macri) o las copias de ocasión, los ciudadanos opositores prefieren a los originales.
El factor climático. Es difícil saber cuánto juegan los ciclos políticos y cuánto los actores de poder económico en coyunturas críticas como ésta. A las grandes corporaciones no les gusta, por norma, la continuidad de un poder político que no forma parte de sus intereses primarios. Sin embargo, tampoco están a la carga extrema. No era cierto que o triunfaba el kirchnerismo o venía el caos. Porque la sociedad no quiere volver al Estado bobo, porque la gripe A N1H1 pone a prueba más allá de las ideas la necesidad de un Estado serio y porque la situación económica del país tiene indicadores interesantes de que no estamos en recesión.
Este escenario, no generoso pero no demasiado hostil, indicaría que los cambios se impondrán. Algunas veces por causas aleatorias. Otras deberían ser fruto de decisiones. Nada indica que el gabinete “tenga que seguir” y que los cambios sean “entregar banderas al adversario”. Por otra parte, el kirchnerismo, más que operaciones de sumas y restas de propios y aliados en el Congreso, debería consensuar y definir una agenda parlamentaria, tanto para antes como para después del 10 de diciembre.
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Blog Opiniones Creadas http://opinionescreadas.over-blog.es/
por EDUARDO ANGUITA
En su inmensa obra Los Miserables, Víctor Hugo dedica una cantidad de páginas a la batalla de Waterloo. Dicen que, en realidad, las coló en el texto aunque no tenían relación estricta con la trama, porque como los editores de entonces pagaban por página, de ese modo el autor romántico se ganaba unos francos extras. El relato tiene claramente el punto de vista francés. En él, Víctor Hugo cuenta que un factor aleatorio se le había escapado a Napoleón: las lluvias del día previo sobre el campo de batalla. Así, el traslado de los cañones se demoraba porque las cureñas se atascaban antes de llegar a las lomadas y el Pequeño Corso no podía contar con la precisión de su arma favorita, la artillería, en la que se había formado. Y porque, en el momento en que las hostilidades ya estaban en pleno desarrollo, la bruma que se elevaba en aquella mañana primaveral en los campos belgas les hizo creer a los observadores del emperador que quienes llegaban por un flanco eran los refuerzos del general Murat, cuando en realidad eran más batallones de Wellington. La descripción de Víctor Hugo sobre la suerte corrida por los coraceros de Bonaparte es muy impresionante. Las tropas de elite, las que lanzó al combate cuando todavía confiaba en poder ganar, fueron un fracaso: los corceles normandos se despeñaban y los jinetes, en vez de cargar sobre los ingleses, quedaban maltrechos en el piso antes de entrar en combate. Es difícil, en la lectura apasionada de esas páginas, dejar de preguntarse qué hubiera pasado si el terreno no hubiera estado embarrado aquel día de junio de 1815, cuando Napoleón quiso retomar la iniciativa y fue por todo. Quizá, como surge de la pluma de Víctor Hugo, la historia hubiera sido otra.
¿La historia? O, apenas (aunque Waterloo nunca parece “apenas”), la suerte de esa batalla. ¿Napoleón había cumplido un ciclo? ¿Sus generales estaban peleados tanto como para que hubiera desaliento entre sus bravos? ¿Sus adversarios, unidos, tenían que batir al emperador con pretensiones ilimitadas? La historia no es contrafáctica pero permite dejar flotando preguntas para saber qué fortalezas reales tenía cada bando y, en todo caso, cuántos factores aleatorios definieron la suerte para un lado o para el otro. Pero así como los historiadores y los políticos son afectos a internarse en preguntas del estilo de las formuladas más arriba, los financistas y los hombres de poder económico suelen ver la realidad de otra manera. En aquella misma jornada, la familia Rothschild, la más poderosa de Europa en aquellos años, que tenía sedes tanto en París como en Londres, Berlín y Bruselas, había encarado la batalla de Waterloo con otro ángulo: tenían fisgones que seguían a las tropas y que, llegado el momento del combate, se ubicaron en las alturas, sacaron sus catalejos y trataron de descifrar la suerte de las armas antes de que finalizara el entrevero. Una vez que supieron que el imperio francés se derrumbaría, los mensajeros de Rothschild galoparon hasta un puerto belga, subieron a un barco que los esperaba, atravesaron el canal de la Mancha y desembarcaron cerca de Londres para informar a Nathan Rothschild. Los operadores bursátiles de entonces seguían los pasos de los Rothschild, que siempre tenían información privilegiada. Nathan, entonces, mandó a los suyos a deshacerse de papeles ingleses. ¡Bonaparte ganó!, fue la interpretación generalizada. La psicosis posterior, ya prevista por los Rothschild, hizo lo suyo: se desplomaron las acciones de los aliados y se valorizaron las francesas. En el momento justo, en vez de sus coraceros al barro belga, Nathan mandó a comprar al por mayor los papeles depreciados. Al fin del día, cuando la noticia se supo en Londres, los Rothschild habían multiplicado varias veces sus millones de libras esterlinas.
Argentina, otro junio. Abundan los análisis de qué pasó en las elecciones del 28. Para todos los gustos. Más difícil que explicar qué le faltó al kirchnerismo y qué méritos tuvieron quienes le propinaron un golpe inesperado es evaluar cuántas cosas pueden –y deben– hacer los kirchneristas para recuperarse y, sobre todo, recuperar la iniciativa perdida. En un clima volátil, es cierto, los factores aleatorios pueden jugar para un lado o para el otro. Pero esto no fue Waterloo y la cancha no estuvo embarrada. Parece haber una pasión desenfrenada por sobredimensionar el papel de las eventualidades. En momentos de crisis –y ahora hay una crisis política– conviene apegarse a algunas verdades simples.
Porque, no hay que olvidar que el sistema sigue y hay otros, financistas precisamente, aunque no tengan el talento de los Rothschild, que se encargan de sacar provecho de cualquiera de los escenarios futuros y que, además, apuestan a todos ellos. Entonces, con miras a salir de esta situación, y aún más allá de 2011, para el kirchnerismo no es beneficioso llegar con el peronismo debilitado. Pero esto también es cierto para otros que se sienten ganadores y hasta el día antes eran aliados. Si ellos colaboran con el Gobierno tienen más chances. Ahora, si el Gobierno no colabora con ellos, se cierra caminos. Para eso, tiene que hacer cambios. ¿Cuáles? ¿Quiénes tienen que salir del gabinete y quiénes pueden reemplazarlos? Es difícil prever qué medidas tomará la Presidenta. Tiene a su favor que el resultado electoral no fue contra el modelo y en contra que sí fue contra el modo. Y quienes tienen años de compromiso dentro del Gobierno, si están convencidos, tienen que decir sin tapujos que, por ejemplo, hay que cambiar el Indec. Y poner un ministro de Economía de un perfil más alto. Porque, si no, van a llamar al Consejo Económico Social y los funcionarios no van a tener autonomía. Tendrán que esperar la palabra presidencial. Y no es momento para eso. Lo mostró la pandemia de gripe A N1H1: la ministra Ocaña no podía decidir nada, ni siquiera transmitir las cifras de la pandemia. Si el diálogo y el acuerdo entre distintos actores funciona, y los factores aleatorios no imponen otro rumbo, parecería que el Gobierno sale de la crisis. Pero si los que quieren desmarcarse del kirchnerismo apuestan a su fracaso, están sentenciando su propia suerte. Porque, entre apoyar a los auténticos (Cobos, Macri) o las copias de ocasión, los ciudadanos opositores prefieren a los originales.
El factor climático. Es difícil saber cuánto juegan los ciclos políticos y cuánto los actores de poder económico en coyunturas críticas como ésta. A las grandes corporaciones no les gusta, por norma, la continuidad de un poder político que no forma parte de sus intereses primarios. Sin embargo, tampoco están a la carga extrema. No era cierto que o triunfaba el kirchnerismo o venía el caos. Porque la sociedad no quiere volver al Estado bobo, porque la gripe A N1H1 pone a prueba más allá de las ideas la necesidad de un Estado serio y porque la situación económica del país tiene indicadores interesantes de que no estamos en recesión.
Este escenario, no generoso pero no demasiado hostil, indicaría que los cambios se impondrán. Algunas veces por causas aleatorias. Otras deberían ser fruto de decisiones. Nada indica que el gabinete “tenga que seguir” y que los cambios sean “entregar banderas al adversario”. Por otra parte, el kirchnerismo, más que operaciones de sumas y restas de propios y aliados en el Congreso, debería consensuar y definir una agenda parlamentaria, tanto para antes como para después del 10 de diciembre.
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