Newsweek // 01-07-09 // La psicología del voto

Publicado en por Opiniones Creadas

01-07-2009 /  Los resultados de los comicios reflejan un rechazo al estilo de Kirchner. Pero también la tendencia a la trivialidad y a la transgresión del electorado argentino.
Por Narciso Benbenaste

"¡Ojalá supiera por qué la gente vota como vota!”, exclamaba al anochecer del domingo 28 Alejandro Dolina. “Temo que muchos de nosotros votamos por mecanismos imposibles de rastrear. No sé cuánta influencia tienen los medios en mí o en cualquier persona. No sé si somos capitanes de nuestros mismos barcos o podemos pensar y hacer análisis individuales. ¿Y si esa no es la mejor manera de votar? ¿Y si fuera mejor el voto emocional y visceral por los candidatos que nos caen bien?”.

En el búnker del Frente para la Victoria en Buenos Aires, cuando todo era confiada expectativa antes del recuento que reveló una derrota, Luis D’Elía arriesgaba una explicación “racionalista” del sufragio: “La gente piensa a la hora de elegir y mira las políticas concretas que les impactan día a día. Vota por la inclusión social, por el crecimiento económico con inclusión social, por la integración latinoamericana y por la calidad republicana”. En el festivo pabellón de la Unión-PRO, en cambio, admitían motivaciones más instintivas. “¿Qué muestran la urnas? ¡que estamos hartos del estilo de los Kirchner!”, repetían los militantes. “En lugar de escuchar propuestas que la aburren, hay mucha gente que prefiere ver a los políticos en ‘Gran Cuñado’”, lamentaba por su parte el diputado nacional de PRO Cristian Gribaudo, mientras a pocos metros se paseaban y bailaban al ritmo de “Arde la ciudad” los imitadores de Mauricio Macri y Francisco De Narváez.

Después de cada acto eleccionario, una necesidad clásica de la política es entender el sentido de la votación. Y por qué la gente votó como votó. Desde la óptica de la psicología política, puede decirse que influyeron factores que combinan características propias del estilo y la personalidad de Néstor Kirchner, quien quiso ser el centro de esta elección, con rasgos específicos de lo que puede denominarse una insuficiente madurez política de los argentinos.

Una primera línea de interpretación apunta al ex mandatario. Mientras Kirchner fue presidente, disfrutó de una etapa en la cual su imagen positiva crecía a la par de la economía, aún sin que se discriminara si esa situación de bonanza tenía que ver con factores externos o era atribuible a la idoneidad de su gestión. Una tendencia similar ocurre a nivel internacional: se deposita en los líderes lo bueno y lo malo que pasa en los respectivos países.

Kirchner nunca llegó a la idealización positiva o la empatía emocional que concitaron, en su momento, líderes como Raúl Alfonsín o Carlos Menem. Pero a cambio indujo una fuerte idealización negativa hacia ciertos enemigos, como los militares, el FMI o los políticos de la década del ‘90.

El problema es que no pudo “registrar” el cambio del humor colectivo. Y un estilo de gestión o conducción que le resultó funcional en un período, dejó de serlo en otro. Con los primeros signos de deterioro económico, emergieron a la luz pública aspectos negativos de Kirchner, como su tendencia a alimentar una permanente crispación de la sociedad. Y esta vez, no pudo transferir esa agresividad a otros.

La crisis con el campo, por la resolución 125, marcó un punto elocuente respecto a esta actitud de todo o nada. La población percibió que con su tozudez, en expresiones del tipo “los quiero arrodillados”, Kirchner era un líder que podía arrastrar al país hacia la destrucción en aras de lograr un manejo de poder.

Es indudable que es un líder inteligente y de mucha energía, pero le juega en contra cierto aspecto persecutorio. También, su sentimiento maniqueísta de la política: “o estás conmigo o en mi contra”. Y esa falta de elasticidad, que ahora se le reclama, resulta ser un rasgo de la personalidad muy difícil de modificar (aunque siempre queda la chance de que adopte esa posición con un sentido táctico).

El sociólogo alemán Max Weber, en su conferencia de 1919 “La política como vocación”, había distinguido entre una ética de las convicciones y una ética de la responsabilidad. Un político sube al poder con determinadas ideas, pero después se da cuenta de que hay muchas variables y está en su capacidad y en su arte ver de qué manera acomoda sus convicciones a la situación. Pero si ese político persiste de manera obcecada en la ética de las convicciones, transforma esa convicción en un dogma. La ética de las convicciones, en Kirchner, no parece considerar la ética de la responsabilidad.

Otra motivación del voto que, al igual que la idealización, le jugó en contra a Néstor Kirchner es que no logró presentarse como la mejor opción para satisfacer un rasgo regresivo del electorado argentino: la expectativa de un Estado paternalista. Ese rasgo surge con claridad a partir de estudios que venimos realizando desde 1998 tanto en la UBA como en la Universidad Nacional de Lomas de Zamora, y para los que contamos con una base de datos de 40.000 participantes. Pero en estas elecciones, en muchos partidos del Conurbano, el paternalismo de Estado orientó más votos y cortes de boletas hacia los intendentes que hacia el ex presidente.

Debe distinguirse entre los conceptos de Estado paternalista y de Estado responsable. El paternalista es aquel que da pero genera dependencia de los necesitados hacia quienes aparecen como los dadores, por lo que el Estado no aparece diferenciado de los políticos de turno que ejercen el gobierno. Ese modelo propicia la demagogia. El Estado responsable, por el contrario, trata de asistir cuando la situación lo requiere, pero busca crear condiciones para que los necesitados evolucionen y en el menor plazo posible no necesiten depender de los dadores.

La representación de un Estado paternalista y la tendencia a idealizar, ya sea positiva o negativamente, son dos de los rasgos hallados en buena parte de la población, tal cual reflejan nuestros estudios. Esa disposición facilita que políticos la usen y tiendan a perpetuarla por su rédito electoral.

Otro rasgo de una importante parte de la población que denominamos regresivo es la tendencia a la anomia. Somos una sociedad reconocidamente anómica (sin respeto a las normas o a lo público). La persona anómica no se siente confiada en su capacidad de producir, y entonces tiende a no establecer relaciones claras y constructivas con los otros: intenta sacar provecho, es oportunista, busca la debilidad del otro. Ahora bien: esa actitud anómica también tiene efectos sobre el comportamiento político. En este sentido, en parte de la población no es clara una conciencia republicana. No manifiesta un vigoroso repudio cuando la clase política altera o manipula las normas, o cuando la Justicia no presenta la independencia deseable. Así, en las últimas elecciones, la gente no reaccionó con vigor antes las “maniobras” de campaña, como las denominadas candidaturas testimoniales, el uso de recursos del Estado para promover candidatos oficialistas o la millonaria cantidad de dinero usada en publicidad por un candidato aun antes del tiempo legalmente prescripto para las campañas electorales.

Por lo general, el electorado no decide su boleta a partir de un análisis racional de las alternativas y las propuestas. La gran mayoría de los votantes no sólo no conocía ni comparaba plataformas, sino que ni siquiera conocía a los candidatos de las listas que seguían al primero. La política no entusiasma. Y varios factores lo explican. Uno es que ya poca gente vota por tradición familiar-partidaria. El segundo es que no aparecen líderes políticos que susciten alta idealización. Un tercer factor, que contribuye a definir el perfil psicológico de la población en su comportamiento público, es una propensión a la trivialidad. Esa importancia de lo trivial es mostrada por el tipo de consumo cultural y en particular el éxito de programas como “Gran Cuñado”, al cual algunos analistas llegaron a asignar un efecto de un 15 por ciento en la intención de voto.

El domingo 28, el día de las elecciones, lo más visto en televisión abierta fue “El último pasajero”, un programa de entretenimientos conducido por Guido Kaczka, seguido por la película “Si tuviera 30”, con Jennifer Garner. El análisis de las elecciones, por Canal 13, recién aparece en tercer lugar. Los candidatos han registrado ese desinterés por la política y, a veces, sin estar dispuestos, tuvieron que prestarse al show ante la perspectiva de quedar relegados en la visualización de la población. El programa de Marcelo Tinelli apareció cumpliendo, por así decirlo, dos funciones. Por una parte, la idea de ver a los candidatos en “Gran Cuñado” equivale a decir: “Los políticos no me resultan serios, su lugar es ése, haciéndonos divertir”. Pero a la vez, ese programa aparece como el bálsamo para la gente que se contrapone al cansancio por la tensión permanente que impuso Kirchner.

Muchos referentes de la oposición piensan que el voto del 28 puede reflejar una voluntad de cambio y el despertar de una mayor conciencia política. No estoy seguro de que sea tan así, y, en todo caso, puede serlo de una manera indirecta. Que la gente haya votado por hastío contra el estilo “K”, o que haya optado por De Narváez porque aparecía con un estilo no conflictivo pero a la vez (como millonario) investido con una imagen de poderoso, y no por un análisis racional de las plataformas, puede producir efectos positivos más allá de la voluntad del votante. El Congreso, por lo pronto, va a adquirir más relevancia por la pérdida de hegemonía del oficialismo, con lo cual se insinúa un cuadro algo más republicano.

Weber lo enunciaba con frecuencia: hay una indeterminación ética en la política. Las intenciones positivas pueden acarrear efectos negativos, y las intenciones negativas pueden generar un relativo avance republicano. Veremos si esta jerarquización del Congreso se acompaña de algunos acuerdos operativos para el desarrollo económico, con inclusión de los menos favorecidos, a la vez que abre una oportunidad para consolidar las instituciones.               
* Benbenaste es doctor en Psicología y director del posgrado a distancia en Psicología Política y Económica de la Facultad de Psicología (UBA).
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