Veintitres // 30-06-09 // La restauración conservadora
29-06-2009 / El triunfo del multimillonario en tierra bonaerense fue lo más rutilante de una elección signada por el regreso de los cruzados de la derecha. La amenaza neoliberal y el desafío del Gobierno: cómo salir fortalecido de la adversidad.
Por Adrián Murano
"La izquierda se hunde cuando imita a la derecha.” El título catástrofe pertenece a Público, el periódico español de izquierda, que resumió así la evaluación de catorce intelectuales que analizaron la dura derrota del progresismo en las elecciones europeas concluidas a principios de este mes. Tras la hecatombe –20 de las 27 naciones de la UE ratificaron sus mandatos conservadores–, el periódico se preguntó –y preguntó– por qué la derecha se había consolidado en medio de la debacle neoliberal. ¿Acaso no fue la derecha y sus recetas los que nos llevaron al peor de los mundos? ¿No fueron ellos, con sus petrodólares, Consenso de Washington, privatizaciones, Estado ausente y/o bobo los que provocaron una epidemia de hambre, explotación e injusticia social? En definitiva: ¿por qué, si ellos hicieron lo que hicieron, la sociedad ratificó el liderazgo de los perpetradores?
Con sus inevitables diferencias –la izquierda suele regodearse en ellas–, los consultados por Público coincidieron en el diagnóstico: el mérito de la derrota pertenecía a los derrotados. “En épocas de grandes crisis las fórmulas simplificadas y totalizadoras de la derecha tienen más recorrido y éxito que las propuestas complejas, moderadas y serias de la socialdemocracia”, concluyó el ex presidente español Felipe González, un paladín del progresismo moderado. ¿Será que, fiel a los postulados de la mercadotecnia, la derecha encontró en su propia crisis una nueva oportunidad? En la Argentina, al menos, las elecciones parecen evidenciar que sí.
En la edición 573 de Veintitrés una docena de candidatos, intelectuales, dirigentes y ciudadanos explicaron por qué el país no podía permitirse volver a la década del noventa. A riesgo de irritar a los lectores más fieles con la repetición, vale la pena resumir algunos de los motivos expuestos por los consultados:
- Prevenir una “nueva década infame”, dijo Margarita Stolbizer.
- “No subordinar el Estado a las corporaciones del poder económico y financiero”, sostuvo el socialista Héctor Polino.
- Evitar los “suicidios de hombres que tomaban esa decisión por la desazón que les generaba el cierre de fábricas, la falta de trabajo, la desesperación por no poder asistir a su familia”, recordó el sacerdote Luis Farinello.
- Porque “uno sería un cretino si quisiera volver a las AFJP, que fueron una estafa para los argentinos, dado que surgieron como una forma de apoderarse del ahorro popular”, sentenció el filósofo José Pablo Feinmann.
Todos los consultados, representantes de distintos sectores progresistas que incluso disputaron electoralmente entre sí, coincidieron en caracterizar a los noventa como el reinado de la derecha, pródigo en el despojo que concluyó con la eclosión de 2001-2002. En aquella oportunidad, fueron los sectores medios quienes salieron a las calles espantados por la confiscación de sus ahorros bancarios y la opresión de no poder pagar sus electrodomésticos en cuotas. Como casi nunca antes, esos argentinos acompañaron a los postergados del sistema, quienes aprovecharon las circunstancias para recordar su eterno desamparo. “Piquete y cacerola, la lucha es una sola”, cantaban. La confluencia de ambos sectores terminó con una veintena de muertes por represión policial y un presidente volando por los aires.
Tiempo después, y devaluación mediante, aquellos argentinos medios recobraron su capacidad de ahorro y olvidaron el cantito. O lo transformaron en otra consigna: “Todos somos el campo”. La rebelión de los patrones chacareros obtuvo la adhesión de los otrora caceroleros, quienes desempolvaron sus cacharros para solidarizarse con una causa ajena. Aunque esta vez, claro, no se trataba de pobres, sino todo lo contrario: los agropiqueteros protestaban por no poder utilizar la totalidad de su renta extraordinaria. Como resulta habitual, las clases medias habían enterrado el lapsus proletario de 2001 para recuperar sus aspiraciones burguesas. Y, agazapada, la derecha interpretó el gesto como una invitación.
A pocos meses de tomar posesión del gobierno, Cristina Fernández encontró una tormenta perfecta. Por un lado, los sectores medios urbanos y rurales –que habían sustentado la gestión de su marido– aportaron militancia y discurso a una oposición que hasta entonces adolecía de todo eso. Por otro, el desgaste de la gestión, el destrato y el sentido de la oportunidad empujaron a la vereda de enfrente a dirigentes peronistas que, formados en la destrucción del rival, se pusieron al servicio del mejor postor. O sea: del multimillonario Francisco de Narváez.
Hijo dilecto de los noventa, habitué de la fiesta menemista en Punta del Este, cara frecuente de Caras y hábil especulador, De Narváez invirtió una fortuna para convertirse en el líder de la restauración conservadora. Y lo consiguió. Acompañado por los medios afines –La Nación fue su más fiel vocero–, los empresarios amigos –la Mesa de Enlace nunca ocultó su simpatía– y los compinches de Unión-Pro, el broker obtuvo la victoria rutilante en una jornada electoral cargada se sonrisas conservadoras. A saber:
- En la ciudad de Buenos Aires festejó el intendente y ex alumno del Cardenal Newman, Mauricio Macri, heredero de una de las mayores fortunas del país. Si bien el triunfo de su pupila, la feligresa del cardenal Bergoglio Gabriela Michetti, no fue tan holgado como se preveía, la cifra alcanzó para que ambos reeditaran el bailecito, el cotillón y los confetis Pro.
- En Mendoza ganó el vicepresidente “no positivo” Julio Cleto Cobos, quien se consolidó como faro político de la provincia más conservadora del país.
- En Santa Fe, el ex gobernador Carlos Reutemann arañó un triunfo que, si bien tuvo gusto a poco, servirá para ubicarlo en la pole de los candidatos “moderados” que tanto agradan a los pregoneros de los-países-serios-que-atraen-inversiones.
- En Neuquén repitió el Movimiento Popular, célebre por gobernar la provincia durante el crimen del docente Carlos Fuentealba, entre otras represiones a las protestas sociales.
Si bien el mapa electoral evoca a un país políticamente fragmentado y plural, en los distritos de peso se impusieron candidatos de estirpe liberal. La excepción fue Córdoba, donde ganó el ex intendente Luis Juez. Sin embargo, la elección del pintoresco candidato del Frente Cívico, de tinte progresista, tuvo más de revancha que de definición ideológica: Juez se había quedado a las puertas de la gobernación tras un polémico recuento de votos en 2007.
La multiplicación de candidatos conservadores tuvo su correlato en las urnas debido a una combinación de errores oficiales y genética nacional. El Gobierno contribuyó con el primer rubro desacertando en la comunicación de sus intenciones, no sólo electorales, sino también de gestión. Si bien es cierto que el concepto de “modelo” entró en crisis planetaria, ni la Presidenta ni su marido lograron explicar con exactitud los lineamientos que guiarán los próximos dos años de mandato. La invocación de un “proyecto industrial con inclusión social” no cuajó en un electorado que, al decir de Felipe González, esperaba escuchar las “fórmulas simplificadas” y mágicas de la derecha antes que las “propuestas serias y complejas” de la socialdemocracia. En los electores bonaerenses caló más profunda la vacuidad directa del discurso “segurista” del Pro que los erráticos llamados a “defender un proyecto” que, en el último año, ya había sufrido algunas mutaciones.
Una de ellas fue el regreso K a la cápsula pejotista. En sus días iniciales, el kirchnerismo había promovido la “transversalidad”, una propuesta que ligaba a los movimientos sociales y a las fuerzas progresistas con el peronismo como eje y la “justicia social” como objetivo integrador. Pero la puja por la resolución 125 primero –con el voto contrario del “transversal” Cobos–, y el advenimiento de las elecciones después, dinamitaron la experiencia. Absorbido por el PJ, Kirchner transitó una campaña plagada de simbolismo peronista que ahuyentó a los sectores progresistas de pelo en pecho, brazos y corazón.
Del mismo modo que la presencia de los “barones del conurbano” provocó alergia entre los ex electores K de la provincia, los “progres” de la ciudad de Buenos Aires ejercitaron su tradicional antiperonismo de un modo curioso: encumbraron a Fernando “Pino” Solanas, un peronista pura sangre que, sin embargo, cautivó a un electorado proclive al estereotipo romántico del antihéroe.
Por cierto, el Gobierno no debería tomar la elección de Solanas como una mala noticia. Aunque con un perfil crítico, el cineasta respaldó en público algunas medidas clave del oficialismo, como la estatización de Aerolíneas Argentinas y las AFJP. Si la gestión K, luego de asimilar la derrota en suelo bonaerense, decide retomar con énfasis el sendero del progresismo sin atajos, es probable que encuentre en Solanas un valioso compañero de ruta. Y el derechazo del 28 J será apenas eso: un golpe de aquellos que, cuando no matan, fortalecen.
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