Veintitres // 30-06-09 // Golpismo del siglo XXI

Publicado en por Opiniones Creadas

29-06-2009 /  El polémico presidente Manuel Zelaya, que viró del conservadurismo al populismo de izquierda, fue derrocado por un golpe de Estado. Desde Barack Obama hasta Hugo Chávez, pasando por la Unión Europea, reclaman el respeto a la democracia. ¿Puede la movilización popular reponerlo en su cargo?
Por Diego Rojas

Contracara dramática del rumbo democrático que vive Latinoamérica, el mismo día en que se realizaban comicios en la Argentina y Uruguay, los militares hondureños decidieron mostrar la peor cara de sus tradiciones reaccionarias: mediante un golpe de Estado destituyeron al presidente Manuel Zelaya. Este mismo domingo estaba prevista la realización de un referendo para decidir la convocatoria a una Asamblea Constituyente en el país centroamericano. Una operación comando durante la madrugada fue el puntapié inicial de las operaciones sediciosas respaldadas por los sectores que ostentan el poder desde siempre en el país centroamericano. De manera intempestiva, un grupo de militares detuvo a Zelaya, lo trasladó a una base militar y luego lo deportó hacia Costa Rica. Allí, aún en ropas de cama debido a la rapidez y sorpresa con que se produjo su secuestro, el mandatario constitucional hondureño denunció el golpe, responsabilizó a los sectores oligárquicos y a la Iglesia: “Sigo siendo el presidente”, afirmó.

Enfrentado con los poderosos de su país, “Mel”, como le gusta que lo llamen, había llamado a un plebiscito para poner en marcha una Asamblea Constituyente para reformar las bases de la nación. El proceso contaba con la oposición de todo el arco político tradicional: incluso horas después del golpe, la Cámara de Diputados nombró como nuevo mandatario a Roberto Micheletti –que presidía el Parlamento–, tras votar la destitución de Zelaya por “violar reiteradamente” la Constitución. En la Cámara se exhibió una carta de renuncia del presidente depuesto, cuya existencia Zelaya negó desde Costa Rica. El paradero de la canciller Patricia Rodas no se conoce y el presidente nicaragüense Daniel Ortega denunció su desaparición. Varios miembros de su gabinete se encuentran detenidos, mientras la primera dama pasó a la clandestinidad. El mandatario depuesto había denunciado durante los últimos días que estaba en marcha el proceso golpista y llegó a destituir al jefe del Estado Mayor y al ministro de Defensa debido a su oposición a la Asamblea Constituyente. La Corte Suprema también había manifestado su rechazo al proceso de cambio.

La reacción internacional rechazando la tentativa golpista no se hizo esperar. El más virulento en el repudio al golpe fue Hugo Chávez, quien al ser informado que el embajador venezolano había sido agredido por militares, no descartó el uso de la fuerza armada en contra de los sediciosos hondureños. Chávez anunció una “batalla continental” para reponer en su cargo a Zelaya. En una línea que difiere con la tradición del Departamento de Estado norteamericano, el presidente Barack Obama dijo sentirse “consternado” frente al golpe. “Estoy profundamente consternado por informes que salen de Honduras sobre la detención y expulsión del presidente Zelaya –señaló Obama en un comunicado–. Tal como lo hizo la Organización de Estados Americanos el viernes, pido a todos los actores políticos y sociales en Honduras que respeten las normas democráticas, el imperio de la ley y los fundamentos de la Carta Democrática Interamericana”. Si las palabras del líder estadounidense se confirman en hechos de respaldo a la democracia, se comprobaría un gran viraje, ya que el gran país del Norte no sólo fue prescindente respecto de la defensa de los gobiernos legítimos en su patio trasero latinoamericano, sino que fue un organizador activo de las asonadas militares más relevantes de la historia contemporánea.

Los presidentes del ALBA (Alianza Bolivariana para las Américas), integrada por Venezuela, Bolivia, Nicaragua y Ecuador decidieron una reunión de urgencia en Managua para discutir las acciones en respaldo de Zelaya. Es la misma ciudad que eligió el Sistema de Integración Centroamericana, que agrupa a los presidentes de la región. A la misma reunión se dirigía el chileno José Miguel Insulza, secretario general de la Organización de Estados Americanos, que decidió condenar el golpe y no reconocer a otro presidente que no fuera el depuesto mandatario. La Unión Europea también reclamó la restitución en su cargo a Zelaya. El repudio a la asonada militar es unánime. Sin embargo, además de la importancia del repudio internacional al golpe, la situación se decide en las calles hondureñas. En abril de 2002, un golpe de Estado desalojó del poder a Chávez, en Venezuela. En las siguientes cuarenta y ocho horas a la asonada, la movilización popular y la rebelión de los estratos bajos del ejército reinstaló al presidente en el poder.

En Tegucigalpa hubo movilizaciones durante toda la jornada. Las más numerosas se reunieron en las afueras de la residencia presidencial, donde quemaron neumáticos y reclamaron el regreso de su presidente y pedían a los soldados que se rebelen contra la dirigencia golpista. A pesar de que los medios estatales de comunicación fueron tomados por los sediciosos y que los medios privados no informaban sobre el desarrollo de los acontecimientos, en varias zonas de la ciudad se llevó a cabo la votación plebiscitaria sobre el llamado a la Asamblea Constituyente, unos comicios que, aunque reducidos, el golpe no pudo detener.

El proceso liderado por Zelaya se caracterizó por virajes sorprendentes. Elegido presidente por el conservador Partido Liberal, una vez en el poder su gestión viró hacia la izquierda a tal punto de proclamar que su gobierno sería socialista, a la vez que estrechó vínculos con Hugo Chávez. Su familia es de origen terrateniente, es católico practicante y el uso de sombreros de ala ancha lo asemeja a un ranchero carismático. Para consolidar el giro que le impuso a su gobierno, tejió alianzas con los sectores tradicionales de la izquierda hondureña, a la vez que se alejaba de sus antiguos correligionarios liberales. Las centrales sindicales discutían al cierre de esta edición el llamado a la huelga general para exigir la reposición del presidente Zelaya en su cargo. La expectativa sobre su posible restitución muestra en estos hechos posibilidades sólidas. Sucede que el presidente, a tono con el proceso de cambios en Latinoamérica, supo ganarse una base popular que nadie hubiera sospechado.
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