Contra Editorial // 02-06-09 // La otra Revolución de Mayo
02-06-2009 / Fue la sublevación obrera más grande de la historia. Organizaron clandestinamente el levantamiento, derrotaron a la policía, ocuparon la ciudad y marcaron el comienzo del fin de la dictadura de Onganía. Cómo fue la rebelión cordobesa. El papel de Tosco. Y el Rosariazo, según Tomás Eloy Martínez.
Por Miguel Russo y Diego Rojas
Los días en que ellos vivieron en peligro. A principios de 1969, la dictadura de Juan Carlos Onganía iba perdiendo aquellos aliados que, en su momento, había reunido cuando derrocó a Arturo Illia, allá por junio de 1966. Así como había ocurrido con Illia y las tortugas, el periodismo lo había comenzado a satirizar en forma de morsa. Muchos curas, reunidos bajo el nombre de Sacerdotes del Tercer Mundo, se negaron a celebrar misas y realizaron protestas durante la Nochebuena y Navidad del ’68. “La revolución es patrimonio de los jóvenes argentinos –decían en las conclusiones del Segundo Encuentro del Peronismo Revolucionario–, sólo hace falta que aquellos tengan lo que hay que tener, emprendan la lucha por la liberación, donde es necesario, quitar por la fuerza si fuera preciso, lo que los privilegiados se niegan a ceder por la razón”.
La CGT de Córdoba, que había transformado el equilibrio de poder en el movimiento obrero, repudiaba a los participacionistas y convocaba a nuclearse contra el gobierno militar. Entre los dirigentes, uno, de Luz y Fuerza, Agustín Tosco –que encabezaba la CGT de los Argentinos junto a Raimundo Ongaro–, señalaba que el tiempo había llegado. Los universitarios de todo el país se habían organizado para no soportar, como dos años atrás, otra Noche de los Bastones Largos.
Quizá no todos habían leído lo analizado por Lenin cuando señalaba las características necesarias para una situación revolucionaria: “1) La imposibilidad para las clases dominantes de mantener su dominio en forma inmutable. 2) La agravación de la miseria y penalidades de las clases oprimidas. 3) La intensificación de la actividad de las masas que en épocas pacíficas permite su expolio pero que en épocas turbulentas son empujadas a una acción histórica. Cuando a esos tres cambios objetivos, imprescindibles para una situación revolucionaria, se suma un cambio subjetivo, estamos frente a una revolución”. Lo dicho: quizá no todos lo habían leído; pero todos lo entendían.
En 1810, aquellas jornadas fundacionales de la Nación, vividas en otro mayo pleno, fueron comandados por su ala jacobina. Juan José Castelli, Bernardo de Monteagudo, Mariano Moreno y Manuel Belgrano se pusieron sobre los hombros la tarea de profundizar la revolución: expulsar a los realistas, afirmar el proceso de cambio, extender sus límites geográficos, divulgar los postulados revolucionarios, defenderlos con la violencia de las armas. En 1969, la clase obrera cordobesa, aliada al estudiantado, salió a las calles de modo masivo haciendo retumbar una consigna con una fuerza como no se vería luego en los agitados años que sobrevendrían: “Luche, luche, luche, no deje de luchar, por un gobierno obrero, obrero y popular”. Ambos momentos marcaron bisagras para la Historia: los dos procesos comenzaron del modo más potente, con la moral elevada y con combates victoriosos. El Cordobazo de 1969 marcó la posibilidad de la otra revolución de mayo.
Zeitgeist. La censura, la forma inquisitorial de manejar a la sociedad y las bestialidades eran moneda corriente del gobierno de Onganía. Rogelio García Lupo recuerda: “Yo escribía pero con seudónimo: Benjamín Venegas. Se había prohibido Bomarzo, la ópera de Manuel Mujica Lainez. Era el puritanismo católico de Onganía”. Un puritanismo que cargaba hasta contra los más insospechados. Incluso con Bernardo Neustadt: “Fui castigado por una tapa de Extra donde puse a Onganía de espaldas y el título: ‘De espaldas a la realidad’. Estuve un año sin trabajar. Onganía empezó lo que podemos llamar la salvajada cultural. A Nacha Guevara le pusieron una bomba en un teatro. La libertad de prensa fue relativa. Tenían libertad de prensa los grandes diarios como la tuvieron siempre: La Nación, La Prensa, Clarín”, contaba el periodista.
El aire se tornaba irrespirable. Sin embargo, el clima político posterior a la Revolución Cubana, el Mayo Francés, la Primavera de Praga y la resistencia vietnamita a la invasión estadounidense insuflaban de ánimos a la población ya que demostraban la potencial realización de otra perspectiva. Grupos guerrilleros comenzaron a actuar, volcados a la concreción del foco rural. En 1968, ya bajo el onganiato, un grupo de militantes del Peronismo Revolucionario, liderado por Envar El Kadri, proclamó el levantamiento en armas en la localidad tucumana de Taco Ralo. Pero fueron detenidos al poco tiempo. Los primeros núcleos del PRT comenzaban sus “expropiaciones” a bancos con el objetivo de recabar fondos para financiar la guerra prolongada en la selva o las montañas. De cualquier manera, la alternativa del foco rural no encontraría asidero ni se asemejaría al formidable despliegue de fuerzas de combate urbanas y callejeras que estallaría a fines de mayo de 1969.
Se viene el estallido. La situación se agravó después de que Adalbert Krieger Vasena se hiciera cargo de la economía del país. Con él, el control del aparato económico estatal pasaba a manos liberales. Su plan de corto plazo para erradicar la inflación tuvo el apoyo del FMI con un préstamo de 125 millones de dólares en marzo del ’67 y otro del gobierno norteamericano por 75 millones. En contrapartida, había que garantizar una tasa de crecimiento alta, sinónimo de congelamiento de salarios. El peso se devaluó en un 40 por ciento y el dólar permaneció estable por casi dos años.
Como señaló Rogelio García Lupo: “Así comenzó el verdadero conflicto, la puja por el modelo económico. Aparece un patriarca del neoliberalismo en la Argentina, que era Krieger Vasena, y se produce una definición del gobierno de Onganía. Simultáneamente, va creciendo el descontento frente a las medidas que se toman en otras áreas, como por ejemplo en el campo universitario, donde se produce una catástrofe”.
La primera chispa fue el aumento en el precio de las raciones de los comedores universitarios. Un aumento imposible de pagar para las familias obreras, que vieron así derrumbarse las carreras de sus hijos. Los estudiantes salieron a la calle. El 15 de mayo la policía reprimió violentamente una manifestación estudiantil en Corrientes y murió el estudiante Juan José Cabral. Dos días después, en Rosario, estudiantes que se movilizaban para repudiar el crimen de Cabral fueron enfrentados por la policía. El oficial Juan Agustín Lescano extrajo su arma y asesinó al estudiante Adolfo Bello, de 22 años. El hecho produjo la indignación de los rosarinos que se manifestaron masivamente. El 21 de mayo la policía volvió a reprimir y a cobrarse una nueva víctima, Luis Norberto Blanco, de 15 años.
La situación se agravó y las calles de Rosario fueron ocupadas por obreros y estudiantes que levantaron barricadas y encendieron fogatas para contrarrestar los efectos de los gases lacrimógenos alimentadas con mesas, sillas, cajones, cartones y papeles arrojados por los vecinos desde sus balcones para colaborar con los manifestantes. El Rosariazo fue el primer estallido de una larga lista que expresaba el descontento popular con la dictadura de Onganía.
Un día de fuego en La Docta. En Córdoba existía una estrecha relación entre los estudiantes y los obreros de las grandes fábricas instaladas en el cordón industrial, ya que muchos trabajadores estudiaban en la Universidad de Córdoba. Este hecho, sumado a la constitución de un movimiento obrero muy combativo, surgido con posterioridad al peronismo, llevaron a que el proceso de politización creciera notablemente tanto en las fábricas como en las facultades.
Durante mayo de 1969, el Poder Ejecutivo Nacional había dictado un decreto derogando los regímenes especiales sobre los salarios en las regiones de Mendoza, San Juan, Tucumán y Córdoba y eliminado el “sábado inglés”, que permitía trabajar cuatro horas los sábados y cobrar ocho. El decreto dispuso también el congelamiento de los convenios colectivos y de los salarios. En Córdoba, las regionales de SMATA, Luz y Fuerza y UTA convocaron a una asamblea general. Esa jornada terminó con un enfrentamiento con la policía y un llamado a paro general para el 29 de mayo.
“Se exigía respeto a la soberana voluntad, la normalización institucional para que el gobierno fuera elegido por decisión de la mayoría de la población, sin persecuciones para con las ideas y doctrinas de ningún argentino. Se exigía que se aumentaran los salarios en un 40 por ciento, que era lo que había crecido el costo de vida; la defensa del patrimonio nacional; la creación de nuevas fuentes de trabajo, para eliminar la desocupación; la reincorporación de los cesantes y el levantamiento de las sanciones por haber hecho uso del derecho constitucional de huelga; se exigía una universidad abierta a las posibilidades de los hijos de los trabajadores y consustanciada con los intereses del país”, señalaba Tosco en sus escritos sobre el Cordobazo.
Lucio Garzón Maceda, que fuera abogado de los principales sindicatos combativos cordobeses, analizó la situación de aquellos años: “Las tres personas que indudablemente conducían la CGT cordobesa eran Elpidio Torres, de SMATA, que sería la infantería del Cordobazo; Agustín Tosco, de Luz y Fuerza, por su trascendencia del campo sindical y su vinculación con los medios universitarios, y Atilio López que, como dirigente del transporte, aseguraba la movilización o paralización de la ciudad. Como preámbulo del Cordobazo hay dos hechos, la UTA hace un paro de 24 horas con gran éxito. Paraliza el transporte de la ciudad, lo que implicaba, para los sindicatos de Córdoba, restablecer la alianza objetiva que venía de 1957. Esos tres gremios constituyen lo que se dio en llamar el fenómeno de la CGT de Córdoba, una vanguardia política y social. Ahí se comienza a analizar que la lucha social y sindical de Córdoba podía pasar a una etapa superior pese a la represión organizada por el gobierno. Pero ocurre un segundo hecho, unos días después, que es la represión feroz de parte de la policía a una asamblea general de SMATA en el Córdoba Sport Club. Había seis mil trabajadores y la policía irrumpió para reprimir esa asamblea con gases lacrimógenos, lo que derivó en una marcha violenta por el centro de la ciudad entre las 7 y las 9 de la noche. Ese día, en Córdoba, se demostró que Onganía era vulnerable”.
Los dirigentes sindicales prepararon el paro con precisión de relojeros: “El día 26 de mayo, por medio de los dos plenarios realizados, resolvimos un paro general de actividades de 37 horas a partir de las 11 horas del 29 de mayo y con abandono de trabajo y concentraciones públicas de protesta. Los estudiantes adhieren en todo a las resoluciones de ambas CGT. Todo se prepara para el gran paro. No hay espontaneidad. Ni improvisación. Ni grupos extraños a las resoluciones adoptadas. Los sindicatos organizan y los estudiantes también. Se fijan los lugares de concentración, cómo se realizarán las marchas. La gran concentración se llevará adelante frente al local de la CGT en la calle Vélez Sarsfield 137”, detallaba Tosco.
Christian Rath, dirigente del Partido Obrero y en ese momento delegado de la fábrica mecánica Thompson Ramco, señala: “Los protagonistas del Cordobazo fueron los obreros peronistas que habían hecho una experiencia con Vandor y la burocracia participacionista y que, aún siendo peronistas, no se sentían representados por esas direcciones que los conducían a la derrota. Era una clase obrera enormemente concentrada en siete fábricas mecánicas que evolucionó políticamente gracias a la elaboración que realizaba a través de sus cuerpos de delegados”. Para Rogelio García Lupo “el movimiento sindical casi por completo se pasa a la oposición pero para convencer a los dirigentes sindicales tuvo que reventar Córdoba. Córdoba estaba a punto de estallar. Los principales sindicalistas cordobeses se reunieron para planificar la lucha contra Onganía”.
A contrapelo de otros levantamientos populares, el 29 de mayo no estuvo caracterizado por la espontaneidad. Dice Lucio Garzón Maceda: “Se iba a combatir a la policía. La decisión mayor que caracteriza al Cordobazo es el deseo de una rebelión popular frente a las fuerzas del orden. El Cordobazo no tuvo nada de espontáneo: fue preparado en sus menores detalles. La gente de SMATA no sale como para ir a hacer una manifestación, sale encolumnada desde adentro de las plantas de Santa Isabel, de IKA Renault. Habían preparado unas armas mortíferas: hondas de 40 y 60 centímetros, de hierro doblado, con bulones, y con sus guantes de cuero. Por otro lado, en el camping del SMATA y en el patio de su sede capitalina grupos de delegados de Luz y Fuerza y SMATA hicieron ejercicios con bombas molotov. Uno de los artífices de esas clases prácticas fue Tosco”. Rath cuenta el recorrido de las columnas: “Desde las distintas fábricas comenzamos a marchar hacia el centro, a la sede de la CGT. Desde Villa Revol, los obreros de Luz y Fuerza; desde el camino a Alta Gracia, columnas de Grandes Motores Diesel y Thompson Ramco; desde Santa Isabel, la más grande, la de IKA Renault y la de Transax y desde el camino a Pajas Blancas, las de Ilasa y Perdriel. A las columnas se sumaban trabajadores de talleres más chicos, vecinos y estudiantes organizados. Comienza la lucha de posiciones en toda la ciudad: se forman barricadas, se ganan calles.
Alrededor del mediodía, la policía se enfrentó con la columna de Renault y cayó muerto el obrero Máximo Menna. La noticia se esparció por toda la ciudad y se radicalizó toda la situación. Así, comenzaron las victorias en la lucha de calles que condujeron a la ocupación de Córdoba, al desarme de los policías en las barricadas y la confiscación de sus armas, a la constitución de un territorio liberado en la ciudad que duró hasta el ingreso del ejército”. A las doce treinta, la caballería atacó la columna principal, que estaba dirigida por Elpidio Torres y venía de la planta de IKA Renault. Desde un caballo blanco, un policía disparó a mansalva al cuerpo de Menna, que quedó tendido en el suelo, muerto. Los obreros, ante la constatación de su primera baja fatal, arreciaron con furia e hicieron retroceder a la caballería. La mayor rebelión popular organizada que vivió la Argentina había comenzado. Garzón Maceda relata: “En la avenida Olmos había casas de ventas de automóviles. La gente entró a los salones, sacó los automóviles a la calle, algunos fueron incendiados pero lo más importante fue que tomaban todas las carpetas de las prendas de los automóviles, las incendiaban y anunciaban públicamente: ‘Fulanito de tal no debe nada’”.
“Cuando se quemó la División de Rentas se sabía que se estaban quemando, además, las deudas de los vecinos de la ciudad –añade Rath–. Una cosa que llamaba la atención era la nutrida participación de universitarios en todo el conflicto, pero aún más, que buscaban la orientación de los delegados obreros y activistas obreros. Se habían subordinado a la dirección obrera de manera armoniosa.” Cuando se quemó la tradicional confitería La Orquídea, un manifestante explicó: “El dueño de este lugar es un oligarca, un estanciero que explota a nuestros hermanos del campo y con esa plata puso las dos más grandes confiterías de Córdoba”.
Al tomar el Círculo de Suboficiales, se quemaron sus muebles tirados a la calle. Sobre un piano, un manifestante tocaba melodías alegres mientras las letras se burlaban de los militares. Unos estudiantes se “enfrentaban” en un duelo con los sables descolgados de las paredes para luego destrozarlos. Las calles se adornaban con el fuego de las barricadas y el humo de los autos y los muebles quemándose. Se incendiaban comisarías y se desarmaba a los policías. Cada cuadra ganada era festejada con cánticos contra la dictadura, mientras se repetía ese “luche, luche, luche, no deje de luchar, por un gobierno obrero, obrero y popular”.
La clase media se sumó al levantamiento refugiando a los manifestantes, abriéndoles las puertas de sus casas para que escaparan de la policía. Cada columna que llegaba al lugar de encuentro previsto realizaba un pequeño acto relámpago donde los oradores gritaban consignas contra la dictadura, llamados a la unidad obrera y que culminaban, indefectiblemente, con el “luche, luche, luche...”. Los piquetes se comunicaban con un elaborado sistema de correos que se transportaban en motos para informar sobre las bajas, las novedades y transmitir las instrucciones de los dirigentes. Se tomó el Barrio Clínicas y las luces fueron cortadas para entorpecer el accionar policial. Desde las terrazas de los edificios, francotiradores populares disparaban contra los represores. “Se usaban las armas incautadas a los policías que se rendían y también pistolas que dormían desde que habían sido usadas por los comandos civiles del ’55: un uso gorila que se transformó con el tiempo. Los francotiradores fueron muy útiles a la hora de permitir el repliegue hacia sus barrios de obreros que habían quedado en la ciudad cuando ya el Ejército retomaba el control de Córdoba”, señala Rath.
Los días después. Ante la magnitud de la movilización, Onganía ordenó que las Fuerzas Armadas se hicieran cargo de la represión. Intervino el Ejército, y recuperó el control luego de fuertes enfrentamientos. El 31 de mayo se restableció el orden. Murieron unas catorce personas, según lo declarado oficialmente, y muchas otras fueron heridas y detenidas. “Me han hecho esto los obreros mejor pagos del país”, declaró Krieger Vasena antes de presentar la renuncia a Onganía. “No sólo los mejor pagos, sino los más cultos, los que podían estudiar, leer periódicos y volantes con atención. ‘Estoy asombrado por cómo dimos vuelta el país’, me dijo un compañero de la fábrica luego del 29. Ese espíritu es indescriptible, es el momento en que una persona se sabe dueña de un destino social colectivo”, reflexiona Rath.
“El saldo de la batalla de Córdoba es trágico. Decenas de muertos, cientos de heridos. Pero la dignidad y el coraje de un pueblo florecen y marcan una página en la historia argentina y latinoamericana que no se borrará jamás. En las fogatas callejeras arde el entreguismo, con la luz, el calor y la fuerza del trabajo y de la juventud, de jóvenes y viejos, de hombres y mujeres. Ese fuego que es del espíritu, de los principios, de las grandes aspiraciones populares, ya no se apagará jamás”, señalaba Tosco después de los incidentes. El 16 de junio, el gobierno intervino Córdoba. El Cordobazo tuvo un gran valor simbólico y práctico que marcó el principio del fin del gobierno de Onganía. La fuerte etapa de movilización social que se inició con la insurrección mediterránea se expandió luego a todo el país y se expresó de maneras diferentes, sobre todo a través de un auge de conflictos obreros. “El Cordobazo fue la culminación de un proceso de acumulación de fuerzas sociales por parte de sindicatos cordobeses que se constituyeron en una vanguardia colectiva del conjunto de la sociedad en su lucha contra la dictadura”, concluye Garzón Maceda.
Como en 1810, los jacobinos de mayo de 1969 habían ganado la preponderancia política. La clase obrera que –en sus cantitos, en su programa, en su rumbo de acción– se postuló durante esa jornada al ejercicio del poder marcaba el punto más elevado de la conciencia de las masas del período. Pero también, como en 1810, el curso de la historia tomó otros caminos. En aquel entonces Moreno murió sospechosamente en alta mar, Belgrano terminó sus días en la soledad y la pobreza, Castelli perdió la lengua antes de fallecer y Monteagudo cayó asesinado en circunstancias no aclaradas. El proceso independentista continuó, pero por otros medios, con diferentes objetivos.
Luego del Cordobazo, los agitados años que sobrevendrían no tuvieron como programa mayoritario uno que señalara la centralidad de la clase obrera. La guerrilla montonera y la lucha por el regreso de Perón y la acción foquista del PRT-ERP ocuparon ese lugar. A pesar de todo, una diferencia mayor se abre entre los dos procesos. La gesta independentista, con sus tiempos y vaivenes que la construyeron, culminó con el nacimiento de la república. En cambio, el proceso abierto en las convulsionadas jornadas de fin de mayo de 1969 fue truncado por la dictadura. Las tareas que iniciaron aquellos hombres y aquellas mujeres en las calles encendidas de Córdoba aún permanecen inconclusas.
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