22/04/09 // Las venas abiertas y los lobbies

Publicado en por Opiniones Creadas

Estados Unidos ha cambiado”, dijo Barack Obama a otros 32 mandatarios latinoamericanos reunidos en la quinta cumbre. “No ha sido fácil, pero ha cambiado. Y ahora creo que es importante recordar a mis queridos líderes que no es sólo Estados Unidos el que tiene que cambiar. Todos tenemos la responsabilidad de mirar hacia el futuro”. Para todos los asistentes, la ausencia de Cuba fue una herida abierta. Sin embargo, para ninguno, el famoso Air Force One, esta vez al menos, transportó el mal del continente. Obama, en esta presentación continental, sepultó buena parte de la doctrina de su antecesor, George W. Bush. La foto de la sonrisa y la mano distendida entre Obama y el venezolano Hugo Chávez es algo más que un gesto de salón. Porque Chávez está dispuesto a retomar las relaciones diplomáticas con Estados Unidos que rompió en septiembre pasado cuando echó al embajador de ese país que, por cierto, se había metido hasta el caracú en asuntos internos. Porque, además, Chávez tuvo la extraordinaria idea de homenajear a Eduardo Galeano, uno de los genuinos intelectuales comprometidos con el rescate de las identidades diezmadas de este continente: al regalar a Obama Las venas abiertas de América Latina está planteando la profundidad de lo que debe cambiar en el gran país del Norte, más allá de la frase impactante del nuevo presidente norteamericano.
Las venas abiertas… son la radiografía del saqueo, tanto de la conquista española como la de la norteamericana con la doctrina Monroe. Pero ese libro fue el símbolo o quizás el preámbulo de lo que Chávez le entregó tanto a Obama como al resto de los presidentes allí reunidos. Porque antes de ir a la cita de Trinidad y Tobago, Chávez reunió los días previos, a pocos kilómetros de esa isla, a los mandatarios del ALBA, que incluyó por supuesto a Cuba, y también a Nicaragua, Honduras, Dominica y Bolivia, y a la que se sumó ahora Ecuador.
El documento del ALBA tiene un diagnóstico crudo, tanto como el texto que Galeano hizo 38 años atrás. Ese diagnóstico, y no cuestiones de enojos pasajeros, es lo que frenó la firma de una declaración conjunta de un documento final. Entre otras cosas, el texto dice: “El capitalismo está acabando con la humanidad y el planeta. Lo que estamos viviendo es una crisis económica global de carácter sistémico y estructural y no una crisis cíclica más. Están muy equivocados quienes piensan que con una inyección de dinero fiscal y con algunas medidas regulatorias se resolverá esta crisis. El sistema financiero está en crisis porque cotiza valores en papeles por seis veces el valor real de los bienes y servicios que se producen en el mundo. Hasta ahora, la crisis económica provoca 100 millones más de hambrientos y más de 50 millones de nuevos desempleados y estas cifras tienden a aumentar”. Por otra parte, señala que el G-20 triplicó los recursos del FMI, en cambio de establecer un nuevo orden económico y financiero.
“Los países desarrollados han destinado no menos de 8 millones de millones de dólares para rescatar la estructura financiera que se ha desplomado. Son los mismos que no cumplen con destinar pequeñas cifras para alcanzar las Metas del Milenio o el 0,7% del PIB para la Ayuda Oficial al Desarrollo. Nunca antes se había visto tan al desnudo la hipocresía del discurso de los países ricos”.
La comunidad de países de el ALBA no es sólo un conjunto de declaraciones duras. Y así como Venezuela puede fondear proyectos gracias al petróleo, Cuba provee, entre otras cosas, médicos a los países vecinos. Por caso, Trinidad y Tobago tiene un gobierno bastante distante de Chávez; sin embargo, como comparte una cuenca marítima petrolera con su vecino Venezuela, cambia combustible por sanidad con Cuba. El ALBA puso en marcha un sistema único de compensación regional, que fondea proyectos y empezó a constituir empresas regionales en lugares donde los lobbies impidieron históricamente el desarrollo industrial, base del absurdo retraso que posterga a esos países a ser pobres por más esfuerzos políticos que se hagan.

ARGENTINA. Metidos en la vorágine electoral y en la polarización no siempre estimulante de las luchas entre candidatos, los argentinos difícilmente podamos dimensionar la importancia de esta cita continental. No sólo porque puede ser el principio del fin del escarnio contra Cuba sino porque pone en sintonía política –no económica– a los dos hemisferios de América. Todavía es común para muchos argentinos hablar de “los americanos” para referirse a los estadounidenses. Ni siquiera norteamericanos. Y qué decir del celo de la mayoría de los analistas y académicos que mueren por un cóctel en “la residencia del embajador” (como si fuera el único) con entrada en la calle John F. Kennedy (nombre cambiado a medida) cuando llega el 4 de julio. Todavía retumban los editoriales contra la presencia de Cristina Fernández en La Habana ¡justo el día de la asunción de Obama! 
Los muros no se caen. Los desmoronan o los tiran abajo los que sufren su presencia. Se repite una necia historia sin sujetos, sin protagonistas, cada vez que se insiste con que cae tal o cual muro. Si Estados Unidos decide levantar el embargo a Cuba y si la OEA decide invitar a ese país (casi una vergüenza que no se termine con una organización americana que vivió la mayoría de su vida negando a uno de sus hermanos) es porque están triunfando algunas ideas. Que no son precisamente que “los Estados están ganando espacio” ante el fracaso del neoliberalismo. Porque eso es poco menos que una aberración intelectual. Los Estados estuvieron muy presentes en los años de la expoliación.
Leer a Galeano, entre otros desde ya, sirve para recuperar el sentido: los Estados defienden intereses que, en general, están a tono con quienes tienen el poder económico. Salvo excepciones. Y este momento es interesante porque muchos intereses populares, unidos al protagonismo social y al voto democrático, permiten esperanzarse con un cambio en serio y sin violencia. Pero para eso se precisa de mucha paciencia y de no aceptar espejitos de colores a cambio de nuestras riquezas. Para eso, qué mejor que desplegar la historia completa de la región, la que permita interpretar que la culpa no la tienen, para nada, las multinacionales. La culpa la tienen los sistemas perversos, de corrupción y autoritarismo local, así como de colonialismo cultural que, a través de lobbies e intereses locales, les otorgan privilegios a esas compañías multinacionales. Si no, hay un ejercicio rápido: buscar durante el siglo XX cuáles fueron los lugares de los bancos, las petroleras, las alimentarias o los laboratorios –por mencionar algunos– cada vez que hubo un golpe militar o de mercado. Es un ejercicio interesante –no tan excitante ni tan pasional– para hacer antes de ir al cuarto oscuro.

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