Ventitres // 16-09-10 // Empresarios: ¿por qué son así?

Publicado en por Opiniones Creadas

Por José Natanson

 

El abogado cegetista y diputado Héctor Recalde presentó un proyecto de ley que apunta a hacer efectivo el artículo constitucional que establece la participación de los trabajadores en las ganancias empresarias: toda empresa con más de 300 empleados deberá repartir entre sus empleados un 10 por ciento de sus ganancias, calculadas sobre la utilidad anual declarada, menos impuestos e inversiones realizadas.

La reacción fue la previsible: “El verdadero camino para mejorar la distribución del ingreso requiere políticas públicas que promuevan la formalización de empleos y la mejora de los ingresos de los trabajadores en el resto de los sectores de la economía, y no proyectos que, en definitiva, van a atentar contra la inversión y la producción, fomentando el aumento de la economía informal, con resultados contrarios a los que se proclaman”, afirmó la Unión Industrial Argentina (UIA) en un comunicado, aunque la nota la dio su titular, Héctor Méndez, que dijo que con este tipo de iniciativas la Argentina corre el riesgo de parecerse a Cuba.

El cruce de declaraciones pone una vez más en el centro del debate público el rol de los empresarios nacionales. Se ha dicho hasta el cansancio, y se lo repite por estos días, que la Argentina carece de una auténtica burguesía nacional y que su clase empresarial es incapaz de llevar adelante su “tarea histórica”: ampliar el mercado interno, empujar la economía, obtener ganancias de productividad y, en definitiva, contribuir innovadoramente a dinamizar el cambio económico y social. El contraejemplo más citado son los poderosos empresarios del ABC paulista, que no paran de crecer y cuyos tentáculos se expanden por todo el mundo.

Pero lo interesante, más allá de la acusación, es preguntarse por qué los empresarios argentinos se comportan de esta manera.Comencemos por el principio.

Para los fundadores de la Argentina moderna, la clave residiría en los elementos culturales y sociales propios de la colonia y consolidados en las primeras décadas de guerras post-independencia: Alberdi, por ejemplo, creía que la población nativa era incapaz de lograr el progreso material del país –el gaucho como prototipo del vago– y que por lo tanto era necesario fomentar la inmigración europea. Sarmiento, gran admirador del modelo norteamericano, contraponía el espíritu emprendedor de las anglopotencias a la desidia y la falta de innovación de los españoles, cuya sociedad criticó con dureza en sus Viajes por Europa, África y América.

En el documento de la CEPAL “Empresarios, instituciones y desarrollo económico: el caso argentino”, el economista Andrés López parte de estas primeras miradas idiosincrásicas para analizar las dos perspectivas clásicas acerca del fracaso de los empresarios argentinos: la heterodoxa, que los señala como burgueses ávidos de ganancias excesivas, y la ortodoxa, que pone la carga en el Estado, al que se lo acusa de frenar el desarrollo empresarial mediante una intervención asfixiante en la economía.

Con inteligencia analítica y una prosa que supera largamente a la de la mayoría de sus colegas, López explica que los capitalistas argentinos no son en sí mismos más rentistas ni más propensos a la corrupción o al abuso de posiciones dominantes que los de cualquier otro país, y que, como todos, se mueven básicamente en torno a un objetivo: ganar dinero.

¿Por qué, entonces, son distintos?
Como cualquier rasgo profundo de un país, este también se explica en base a procesos históricos complejos. En primer lugar, y aunque el origen de muchos de ellos es la inmigración, los empresarios argentinos se articularon desde el inicio con las oligarquías rurales de la Pampa Húmeda, en un complejo entramado que ha ido cambiando con los años pero que les dio un sesgo rentista ausente en otras latitudes.

Pero quizá la explicación más convincente haya que buscarla en las características del proceso histórico. La trayectoria económica argentina es una montaña rusa plagada crisis terminales y sorprendentes recuperaciones: alcanza con mencionar que el último tramo de nuestra historia, el que se inicia con la recuperación de la democracia, incluye tres crisis mayúsculas (la de la deuda, la de la hiperinflación y la de la convertibilidad).

Este entorno macroeconómico enloquecido, que ha variado de forma permanente a lo largo del tiempo, consolidó un empresariado con mirada de corto plazo, decidido a capturar ganancias rápidas antes de que todo vuele por los aires, naturalmente poco inclinado a la inversión de largo plazo y la innovación productiva. Y como las instituciones y las reglas económicas no son platos voladores que bajan del cielo sino construcciones sociales, este mismo empresariado ha ido contribuyendo a este tipo de dinámica económica, en un círculo dañino pero difícil de desarmar.
Un ejemplo interesante es el de los ’90. En momentos en que se suponía que se estaban creando reglas de juego estables para un crecimiento permanente, sin violación de los contratos y garantizando el derecho de propiedad, no se avanzaba demasiado: las privatizaciones, por ejemplo, se realizaron sin establecer marcos regulatorios claros y consolidando monopolios (privados en lugar de públicos), lo cual alimentó el modelo de empresario rentista y poco innovador que supuestamente se buscaba combatir.

El Estado ha sido parte de esta dinámica destructiva. Permanentemente sometido a los vaivenes bruscos de la historia, carece de una burocracia profesional y técnicamente competente y ha encontrado serias dificultades para desplegar políticas de desarrollo de largo aliento: el contraste con el BNDES brasileño, que viene asistiendo a los empresarios desde su creación por Vargas en 1952, es notable.

Todo esto afianzó un sector empresarial oxidado y escasamente schumpeteriano, cuya imagen social, como demuestran las encuestas, no alude a emprendedores dinámicos y agresivos sino a ricachones rentistas acostumbrados a vivir del Estado. Las declaraciones de Méndez y el comunicado de la UIA refuerzan esta sensación: a ningún empresario le gusta que le toquen las ganancias, pero incluso los más miopes deberían percibir que su supervivencia depende del consumo sostenido y de un mercado interno fuerte.

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