Tiempo Argentino // 30-09-10 // Medios y miedos hegemónicos

Publicado en por Opiniones Creadas

Por Andrés Molteni
Lic. en Psicología y en Ciencias Políticas.
 
Para dominarla, es necesario una sociedad asustada, y los medios hegemónicos difunden permanentes peligros potenciales. Ya no hace frío: una alarma meteorológica anuncia que nos azotará una ola de frío polar. El peligro más reciente es el de la pérdida de la libertad.
  Pensaba Nicolás Maquiavelo allá por el 1500 ¿Qué tiene más valor, ser amado o temido? Y le aconsejó al príncipe: “Nada mejor que ser ambas cosas a la vez; pero puesto que es difícil reunirlas y que siempre ha de faltar una, declaro que es más seguro ser temido que amado.”(El Príncipe Cap. XVII)
Para dominarla, es necesario una sociedad asustada, y los medios hegemónicos difunden permanentes peligros potenciales. Ya no hace frío: o una alarma meteorológica anuncia que nos azotará una ola de frío polar, o serán los motochorros, o el flagelo de las salideras, los piratas del asfalto, una narcomodelo, y hasta los mosquitos son de temer, posibles portadores de dengue. El año pasado pudimos ver gente con barbijo deambulando como en una película de ciencia ficción, y quien estornudara en un lugar cerrado era mirado con recelo por ser un potencial agresor viral. ¿Cómo nos ve el mundo? ¿Qué pasa con la inseguridad jurídica que ahuyenta inversores generando catástrofes económicas? El mundo nos estaría mirando todo el tiempo, y mirando mal, muy mal. ¿Y el riesgo país?
El último peligro, mejor dicho, el más reciente es el de la pérdida de la libertad. “La embestida oficial que va por el control de los medios.” Y todo esto se repite y se repite creando y reforzando la ola de inseguridad. Este clima mediático de inseguridad general no es neutral. La información se ha convertido en un instrumento y en una mercancía. Para los medios hegemónicos, cuando no son los desastres naturales, la inseguridad la generan básicamente los pobres. Los pibes chorros, los drogadictos, los chicos de la calle, los piqueteros, Chávez y este gobierno si se mete con el nuevo dios, el mercado. Esta estigmatización dispara ideas como la de mayor represión, justicia por mano propia, pena de muerte, ideas que invitan a la ejecución sumaria de estos peligrosos delincuentes.
Quienes anuncian estos peligros son siempre personas de bien, de saco y corbata, a veces aconsejados por expertos que los legitiman con explicaciones pseudocientíficas. Los profesionales del miedo son siempre prestigiosos. Criminólogos, economistas, médicos, constitucionalistas. Miedo, consumo y control social. Control social para los pobres o los que se oponen al poder, y libertad para los poderosos, para que el poder siga como está, para que la “brecha” entre ricos y pobres –usando el eufemismo de los medios para designar la indigna explotación y marginación de los más vulnerables– continúe o aumente. Para garantizar la rentabilidad de las corporaciones y los privilegios de las élites.
Los medios hegemónicos invisibilizan temas y crean “climas”. En realidad, se han apropiado del sentido común. Desde la cárcel, Gramsci definió a la hegemonía como la dominación y mantenimiento del poder que ejerce una clase social sobre el conjunto de la sociedad en clave de persuasión: impone sus propios valores, creencias e ideología. La clase social subordinada adopta las concepciones de la clase dominante, aun en contra de sus propios intereses, lo que llega a convertirse en su “sentido común”. Distingue dos formas, la dominación y la hegemonía. La dominación se impone con el uso de la fuerza, la hegemonía es más sutil, se ejerce a través de la persuasión. Estamos asistiendo en estos días a la evidencia de cómo estas dos formas de dominación se sucedieron en la Argentina.
Primero, la asociación directa de los grandes medios de comunicación con la dictadura para alcanzar una posición monopólica. Luego la hegemonía de esos medios de comunicación durante la última dictadura y en la post-dictadura, donde reproducen valores del privilegio, es decir, del poder real.
En 1986, se publicó un libro importante y estremecedor: Efectos psicológicos de la represión política. Sus autoras, Diana Kordon y Lucila Edelman describen los métodos de la dictadura: “Consideramos el problema de los desaparecidos como una cuestión que afecta al cuerpo social de la nación y que no atañe solamente a los familiares. Es un ciclo aún abierto, con efectos duraderos y a largo plazo. Su resolución definitiva está unida a lo que haga el conjunto del pueblo, y del modo como se produzca depende en gran medida el curso futuro de la historia argentina.”  
Estas afirmaciones se publicaban hace ya 24 años. Hoy se está jugando ese futuro. Entre los objetivos de la acción psicológica de la dictadura, las autoras mencionan la inducción al silencio, al sentimiento de culpa, a considerar la disidencia política como enfermedad mental, al olvido y a la dilución de responsabilidades. Es decir silencio, olvido e impunidad.
A pesar del intento de desmovilización social de la dictadura, el trabajo tenaz de las Madres, las Abuelas y ahora los Hijos, nos ha hecho recordar la verdad negada. Se ha ido rompiendo ese silencio, se ha ido llenando el olvido, esos olvidos que como lagunas, como ausencias, habitan tanto la memoria colectiva como nuestra memoria personal. Con su andar incesante han zurcido la desgarrada trama de nuestra memoria colectiva. Esos hechos ocurrieron, esas personas “desaparecidas” existieron. Hubo una dictadura que violó, secuestro, torturó, asesinó, ocultó e intentó hacernos olvidar. Es doloroso recordar lo traumático, pero es necesario y liberador. Integrar el carácter monstruoso de nuestra historia es difícil, nos empuja a la evitación, a no tomar contacto con él. Sin embargo, por difícil que pueda resultarnos, es indispensable. No sólo para que los hechos aberrantes no se repitan, sino para poder elaborar el trauma. El terror restringe o elimina nuestra capacidad de ver, de sentir, de pensar, de actuar. El “sálvese quien pueda” del terror elimina lo humano de la humanidad. La memoria, la posibilidad de hablar del tema tabú, de saber, de compartir experiencias, de conocer la verdad es indispensable para poder integrar lo innombrable, el horror, lo traumático. El juicio justo, con plenitud de garantías, aun para los más aberrantes miembros del terror, permite elaborar, sanar, integrar. Así como la sentencia de la ley. Una “novedad” que se está difundiendo en estos días es que el terror no correspondió solamente a la tranquilizadora versión de un grupo de militares locos, sino a un plan cívico-militar con intereses claros. Parte de la sociedad civil estuvo involucrada, como cómplice, como simpatizante, como testigo paralizado, como resistencia. Es la irrupción de lo siniestro. Para poder elaborar lo traumático es necesario comprender lo que pasó. Que lo aberrante haya sido parte de un plan le da sentido y actualidad. Ese plan persiste. Se expresa con otros medios, pero ese plan, aquel plan, es hoy. El darse cuenta del engaño, el desnudar los hilos del poder de los medios hegemónicos y de los poderes que representan, la participación de la población, es la mejor terapia, aunque duela, aunque asuste, y está sucediendo. La Ley de Medios Audiovisuales, recientemente reglamentada, al aumentar las voces, las miradas, las perspectivas, va a enriquecer la experiencia y la memoria colectiva. Va a poner en acción a muchas voluntades, a muchas subjetividades que puedan construir una contra-hegemonía. Una visión crítica y plural que se acerque más a la variedad de identidades, a los intereses de todos los sectores, a la sanadora creatividad de todo el pueblo.

 

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