Pagina/12 // 09-09-10 // La dictadura sin tabiques

Publicado en por Opiniones Creadas

Por Mario Wainfeld

 

El sacerdote Orlando Yorio testimoniaba en el Juicio a las Juntas militares. Contaba que, tras ser secuestrado, se lo llevó a un lugar desconocido. Le vendaron los ojos, lo maniataron, le pusieron grilletes en las piernas. No le dieron comida ni agua, no lo dejaban moverse ni para hacer sus necesidades. De vez en cuando, entraban desconocidos para insultarlo o amenazarlo de muerte. Permaneció, según su cálculo, dos o tres días. Un camarista le preguntó: “¿lo torturaron?”. Este cronista asistía, como público. En un plazo infinitesimal se dijo “¿cómo le puede preguntar eso?”. Pero, antes de que Yorio retomara la palabra (menos de un segundo, quizá), intuyó que su duda no era del todo adecuada. Intuyó lo que contestaría Yorio: “No –dijo–, no me torturaron”. Tortura, en la acumulación de historias ya conocidas eran el submarino, la picana, los tormentos físicos.
El cronista recordó la anécdota anteayer cuando Rafael Ianover, prestanombre de David Graiver, contó que fue detenido en 1977, llevado a un campo de concentración, sometido a interrogatorios kafkianos, eventualmente con los ojos vendados. Pero, remachó dos veces, no lo torturaron.La percepción de las víctimas expresa algo, que es la magnitud del terrorismo de Estado y el modo en que trastrueca escalas de valoración. Un detenido que salía vivo era, en el marco del horror, un “privilegiado”. En los primeros tiempos, hasta un sospechoso para sus compañeros.Ese contexto de supresión de las garantías legales básicas y hasta de negación de la humanidad regía a partir de 1976. Afrenta a la inteligencia ignorarlo, pretender que una transacción estratégica para la Junta Militar podía realizarse con visos de normalidad, de equilibrios contractuales, de libertad en casi cualquier sentido de la palabra. Máxime si se trataba del patrimonio de un empresario intrépido, judío para mayor incordio, que tenía buen diálogo con el ex ministro José Ber Gelbard (a quien se había privado de derechos, ciudadanía y patrimonio mediante un bando fundacional) y con la organización Montoneros. Cuando políticos relevantes dicen “las empresas no presionaron”, dan por comprobados hechos tangibles que no conocen. Y, de mala fe, soslayan un dato evidente, ineludible: había un gobierno genocida (dueño de vida, muerte y bienes) que presionaba por ellas, por sus socias deseadas.
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