Newsweek // 15-09-10 // Le hace el juego a la derecha

Publicado en por Opiniones Creadas

15-09-2010 /  La táctica de hombre duro y cínico del presidente francés, Nicolas Sarkozy, podría destruir su imagen; o lograr que lo reelijan.  Por Christopher Dickey
Karim boudouda era un auténtico chico malo, no hay duda de ello. Había apilado un montón de sentencias por robo a mano armada en 27 años, y cuando asaltó un casino en la pequeña población francesa de Uriage-les-Bains en julio, estaba armado con un subfusil Uzi y un rifle de asalto de manufactura suiza. Al huir de la policía, este ciudadano argelino nacido en Francia se dirigió a su territorio, un ruinoso complejo habitacional lleno de inmigrantes en las afueras de Grenoble.

En el tiroteo que siguió, Boudouda murió de un balazo en la cabeza. Durante tres noches, el barrio donde se refugió estalló con el tipo de violencia que se extendió por las barriadas en las afueras de diversas ciudades por toda Francia en 2005. Decenas de autos fueron incendiados mientras jóvenes matones insultaban a los policías, quienes acudieron por cientos.

Alguien disparó balas auténticas a la policía, lo cual es raro en un disturbio francés, pero nadie más murió. Ninguno de los policías fue herido. Esta vez no hubo una reacción en cadena. La violencia no se diseminó. Pero las secuelas continúan, y parece que dominarán la política francesa en estos días, dada la forma en que reaccionó el presidente, Nicolas Sarkozy, quien utilizó el tiroteo de Grenoble para buscar el apoyo de la extrema derecha de una forma que podría desacreditar para siempre su presidencia a los ojos del público francés. O bien hacer que lo reelijan dentro de un año y medio.

Diez días después de que se disipó el humo, Sarkozy viajó a Grenoble, buscando hacer un papel de duro, amante de la ley y el orden y antiinmigrante, una de sus actuaciones favoritas. Durante los disturbios de 2005, Sarkozy dijo célebremente que limpiaría la “escoria” de las barriadas con una manguera para barrer calles. Lo que hizo fue quitarle votantes en masa al partido de extrema derecha Frente Nacional, de Jean-Marie Le Pen. Ahora tiene la posibilidad de repetirlo.

Impondrá sanciones inéditas a los Boudoudas de Francia, y por si acaso empezará a cerrar los campamentos de roms (gitanos, quienes no hicieron disturbios), y los enviará de vuelta a Bulgaria o Rumania.

Sarkozy corría un riesgo; pero se lo vio  desesperado últimamente. Durante su primer par de años como presidente, consiguió cierto respeto como un pragmático realista que trataba de unir al pueblo francés en el centro. Pero no obtuvo los votos. Esta vez decidió romper con uno de los grandes tabúes de Francia: sugirió que a quienes fueron naturalizados como ciudadanos franceses se le retire la nacionalidad si los sentencian por ciertos crímenes.

El ejemplo específico que mencionó Sarkozy fue el de cualquiera que tratase de matar a un policía u otro representante del Estado. Ése es un grupo infinitesimalmente pequeño. Pero en política, por supuesto, no se trata de lo que se diga, sino que lo que importa es lo que uno sabe que la gente oirá. Y en caso de que alguien no lo hubiera entendido, el ministro del Interior, Brice Hortefeux, lo siguió al sugerir que los inmigrantes sentenciados por poligamia o “incitar” a la mutilación de los genitales femeninos también serían despojados de la nacionalidad francesa. La alusión a prácticas a menudo identificadas con musulmanes o africanos suscitó preguntas sobre cuán lejos llegaría la idea de revocar la ciudadanía, pero no dejó dudas de qué tipo de ciudadanos serían su blanco.

Luego la policía lanzó su campaña para sacar a los rom, cerrando veintenas de campamentos ilegales y apareciendo en los titulares por enviar a docenas de deportados “voluntarios” de vuelta a Europa Oriental, con boletos gratuitos y un poco de dinero si se iban tranquilamente. Pero agencias de la ONU, la Unión Europea y el Consejo de Europa rugieron con sus protestas. Y, de hecho, después de empezar un debate el año pasado sobre la “identidad nacional” y una campaña para prohibir los velos que cubren toda la cara y son usados por un puñado de mujeres musulmanas en Francia, Sarkozy y Hortefeux ahora cruzaban una especie de Rubicón del ala derecha.

La idea de retirar la ciudadanía a cualquier persona francesa, ya sea que haya nacido con ella o no, y sin importar la ofensa, antes era menos que impensable. Ciertamente es casi inconstitucional. En el panteón de los “valores republicanos” de Francia, la ciudadanía es el de más alto nivel, el epítome inexpugnable de la libertad, la igualdad y la fraternidad; tanto es así que, una vez que se obtiene, el Estado tiene explícitamente prohibido hacerle alguna pregunta sobre su origen nacional, religioso o étnico. Por más de 200 años, con una breve excepción, ningún Gobierno francés se atrevió a distinguir entre una especie de ciudadanos de clase A y otra de clase B. Y después de los comentarios de Sarkozy en Grenoble, los analistas de izquierda fueron rápidos en hacer analogías con el único Gobierno que impulsó tales medidas: el régimen francés de Vichy, que colaboró con los nazis en la Segunda Guerra Mundial.

De hecho, Sarkozy sólo es un sobreviviente político, y un cínico. Ahora está claro que sus intentos de apertura con la izquierda que emprendió después de asumir el cargo, en 2007, no dieron frutos. Tal vez haya dado la apariencia de estadista al colocar en su Gabinete a algunas de las figuras más conocidas del Partido Socialista o acudir a ellas para consultas. Pero no hizo nada para atraer votos a su partido, la Unión para un Movimiento Popular. Con su índice de aprobación a veces cayendo hasta la veintena, y con un desempleo por encima de un 10 por ciento, impuestos a punto de aumentar y un escándalo por recaudación de fondos que no da muestras de acabar, Sarkozy tuvo que apuntalar su posición con la derecha extrema.

En esa esquina del mundo político, el indeseable Le Pen pronto se retirará y su cada vez más popular hija, Marine, podría surgir como una seria aguafiestas en la política nacional. Entonces, con un lenguaje apenas velado —y negaciones frecuentes de que haya deseos de “estigmatizar”—, Sarkozy y Hortefeux abrazaron la idea de que los inmigrantes o sus descendientes son la clave del problema de la “inseguridad” en Francia. Sarkozy declaró que ésta es “una guerra que decidimos entablar en contra de los traficantes y criminales”.

Los múltiples críticos del presidente dicen, de hecho, que él es como el niño que gritaba: “Ahí viene el lobo”, sólo que él grita “guerra”. El cáustico, satírico e investigador semanario Le Canard enchaîné señala que como ministro del Interior, en 2002, Sarkozy declaró la “guerra a la inseguridad”; en 2005, durante los disturbios por toda la nación, fue una “guerra contra la escoria”.

Como presidente, en 2008, dijo que entablaría una guerra contra los “traficantes”, y en 2009 contra “las pandillas”. A pesar de todos estos pronunciamientos belicosos, las estadísticas oficiales muestran que de 2003 a 2009 —cuando las “guerras” de Sarkozy aparentemente estaban resolviendo el problema— los asaltos y otros crímenes violentos contra individuos aumentaron un 16,3 por ciento.

El semanario izquierdista Marianne publicó una encuesta diciendo que casi el 70 por ciento de los franceses piensa que las políticas de seguridad en el curso de los últimos ocho años, lo cual significaría con Sarkozy como ministro del Interior o presidente, fueron “ineficaces”.

Pero lo que horroriza a la izquierda es que otras encuestas muestran que la terapia de choque de Sarkozy está dando frutos. Un sondeo efectuado por el diario conservador Le Figaro contó una aprobación masiva a retirar la nacionalidad a “criminales de origen extranjero” si tratan de matar a un policía (70 por ciento a favor), o por la poligamia o la mutilación de genitales (80 por ciento). Desmantelar los campamentos rom obtuvo una aprobación de 79 por ciento. Este tipo de cifras Sarkozy no las ha visto para sí mismo ni para cualquiera de sus ideas —de derecha, izquierda o centro— en muchísimo tiempo.

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